Portada Alberto Esposito se folla al doctor Santi Noguera a pelo en su consulta
Relatos gay

Alberto Esposito se folla al doctor Santi Noguera a pelo en su consulta

Hay doctores que de tan guapos y tan buenos que están, terminan convirtiéndose en toda una fantasía. En Estados Unidos tienen a los doctores macizorros de Anatomía de Grey, maduritos, alguna cana interesante, fuertes y musculosos, que anda que no habremos soñado veces que nos empotraban contra la pared. Aquí en España tenemos un doctor que no lo es sólo en la ficción, sino también en la realidad y que está más rico que todas las cosas.

Si uno entrase a la consulta del doctor Santi Noguera se le curaban todos los males al instante. Es más, haríamos como que nos ponemos malos y que nos duelen sitios específicos del cuerpo sólo por sentir su presencia cerquita, su aliento y el contacto de sus manos. Es imposible no imaginarle detrás de ti, oscultándote la espalda y después pasándote el brazo por delante para hacer lo propio con el pecho, con su boca cerca de tu cuello, pegadito por detrás rozándote el culo con el paquete, abriéndote la boca y metiéndote el palo para ver la profundidad de tu garganta, diciéndote que te bajes los pantalones sabiendo que la tienes bien dura bajo los calzones, agarrándote de los huevos mientras te dice que tosas.

Alberto Espósito quizá finge su dolor en las pelotas para conseguir el favor del médico. Acude a la consulta diciendo que le duelen los huevos y ante la pregunta del doctor contesta que puede ser de follar porque le gusta follar duro, una buena carta de presentación de intenciones. Cuando Santi le hace quitarse la ropa y se ponen a hablar un poco para estrechar relacciones doctor-paciente, los gestos de Alberto ya denotan que es un guarrete de pro y es fácil imaginarlo follando todo el puto día, comiendo pollas, dando y dejándose dar por el culo, tiene pinta de ser un tio con un vicio increíble.

El doctor tiene claro el diagnóstico de ese paciente: está calentorro y le duelen las pelotas porque las tiene a rebosar de leche. Antes de darle la medicina lo pone de espaldas poniéndose cachondo con sus músculos y desplegando su portentoso culo a dos manos abriéndole el ojete. Lo hace voltearse sobre la camilla y le planta la mano en los huevos apretándolos con suavidad. Instintivamente la mano pasa de sus cojones a la polla, pajeándosela con la misma suavidad mientras nota cómo se pone dura entre sus manos.

En cuestión de segundos, con un poco de pajeo y unos besos con lengua, Santi comprueba que ese hombre tan grande tiene también una polla bien grande. Menudo rabaco, de cogerla blandita y dormida como estaba antes, ahora echa la vista abajo y ve cómo ha crecido la muy puta, un platanaco largo y algo curvado que le llama poderosamente a gritos, cayendo en la tentación de tragárselo hasta sentir el cipote penetrándole la garganta y dejar caer toda la saliva encima.

Entre mamada y mamada, al doctor se le ocurre preguntar a Alberto, con todos los morros llenos de saliva y sabor a polla, que si le gusta su atención. No contesta con un claro ““, pero ya lo hace con un gemido asintiendo a su manera, porque está concentrado en la paja y la mamada que le está haciendo. Cuando Alberto se sienta en la camilla para que Santi se arrodille y le siga comiendo el trabuco, se da cuenta de que el doctor también va bien armado. A cada calada que le pega al nardo, ladea un poco la cabeza para ver cómo le rebota el pollón enorme y muy morenote entre las piernas. No debería haber mirado, porque ahora le duelen más los huevos, aunque Santi le procure cuidados metiéndose la polla hasta el fondo y pegándole unos lametones sobre los cojones.

Ese paciente es un auténtico y lujurioso cabrón. Poco a poco va tomando el mando de la consulta y no conformándose con agacharse y comerle el pepino al doctor a caladas, digiriendo su rabo hasta el mismísimo fondo, lo pone a cuatro patas sobre la cama con el culo abierto, le planta los morros y le hace una de las más maravillosas comidas de culo que se le puede hacer a alguien, de auténtica locura. Se lo come con tanta hambre y tanta energía que se puede escuchar el chapoteo de la lengua en el interior del ojete, mientras se lo embadurna de una gran cantidad de saliva que le va cayendo por la raja del culo y entre las piernas como si fuese lefa. Un baño de saliva con lengua por el culo de los mejorcitos de la historia.

Sin duda Alberto Esposito redefine el término de lo que supone follarse a un hombre con la boca y sabe hacerlo de puta madre. El doctor ya puede darse por servido, al menos de momento, tomando de nuevo su lugar e intercambiando posiciones con el paciente, que es el que ahora hinca las rodillas sobre la cama con su gran pandero mirando a la cara de Santi, que no sabe por dónde empezar con ese culazo tan grande. Lo primero que se le ocurre es sumergir la cara en la raja para disfrutar como loco y después le hace una guarrada para ponerse cachondo, sacando la lengua y pegándole un lametón desde la punta de la polla hasta el ojete.

Santi sabe que el tratamiento contra el dolor de huevos sólo hay una forma de curarlo, así que para que su paciente se cure es necesario que se abra de piernas sobre la camilla. Alberto continúa en su línea de vicio infinito y sin colocarse condón ni nada, completamente a pelo, deposita el capullo de su rabo justo en la abertura del ojete del doctor. Con el cipote lo tienta un par de veces y cuando está seguro se la enchufa dentro, metiéndosela por el culo hasta las bolas.

Hace unos minutos su paciente le estaba diciendo que le dolían los huevos porque le gusta follar duro y ahora lo estaba comprobando en vivo y en directo, un tiarrón grandote, fuerte y musculoso rompiéndole el culo a pollazo limpio. Y el doctor, que de eso sabía un rato, era consciente de que ese pollón era pura medicina o más bien casi una droga, porque en cuanto se la sacaba del culo, la necesitaba con tantas ganas que hasta él mismo alargaba el brazo para buscarla y reconducirla hasta su agujero. Síndrome de abstinencia puro y duro.

Al principio era su mano la que pajeaba el rabo, ahora Santi le estaba pajeando la polla con el culo, haciendo sentadillas sobre su paciente que descansaba boca arriba. Era la presión de la leche deseando salir de los huevos lo que le causaba el dolor, pero toda cura requiere una vacuna y su misión era crear más leche en sus huevos para que terminasen de reventar. Aquella enculada, pivotando sobre su rabo, fue su movimiento final antes de dejar salir la leche.

El doctor le enseñó cómo tenía que hacerlo, cogiéndose el rabo con la mano, formando un hueco alrededor de su polla, apretando fuerte y desplazando el puño hacia arriba y abajo a velocidad constante. El paciente siguió sus consejos y así lo hizo, mientras el médico permanecía con la cara pegada al rabo y la lengua por fuera esperando recoger las muestras. Y vaya si las cogió, al vuelo, experiencia tenía, degustando uno tras otro los chorrazos hasta acabar con los morros blancos y mojados. Con la boca llena de lefa fue a por más, comiéndose el rabo, y después lo compartió con su paciente, dándole unos jugosos besitos pasados por leche, para que viese que sus males ya estaban curados. ¿Ya se te ha calmado el dolor de huevos?

Santi Noguera