Portada Alergia al pene
Sexualidad

Alergia al pene

LONDON, ENGLAND - JUNE 14: A model walks the runway during The Superdry SS15 Event on June 14, 2014 in London, England. (Photo by David M. Benett/Getty Images for Superdry)

«Fuimos demasiado lejos con demasiado pene». Esa fue la conclusión del director y productor Judd Apatowcuando en 2007 más de una veintena de espectadores salió despavorida en un visionado de prueba de su película Walk Hard: The Dewey Cox Story ahuyentados por una vergaNo soportaron el larguísimo plano deJohn C. Reilly rodeado por un —más que modesto— miembro que pendulaba en torno a su cabeza mientras él hablaba por teléfono. Tras la estampida, Apatow transigió y acabó recortando la duración de la escena en la cinta (que para más sorna en español se tradujo como Dewey Cox: una vida larga y dura) pero arrancó su cruzada personal de liberar al vigésimo primer dedo masculino del ostracismo cinematográfico: «Juro que en todas y cada una de mis películas habrá al menos un pene», dijo. Y a fe que en ello sigue.

Más o menos un año antes, el cómico Louis C. K. andaba en negociaciones con la HBO. No era, ni mucho menos, el renovador del humor ni el pelirrojo mimado del cable que es hoy. De hecho, estrenaba su primera serie con la cadena, Lucky Louie, que dirigía y protagonizaba, pero todavía eran los ejecutivos televisivos quienes marcaban el paso. Le demandaron «algo más de carne», sin explicitar —porque no hacía falta— que se referían a Pamela Adler, su esposa en la ficción. Él sonrió y cumplió la solicitud con escrupulosa literalidad, y en el segundo capítulo Louis salió en un ortopédico plano frontal con el badajo al aire. La HBO le exigió que se tapara las vergüenzas y que aquello no se volviera a repetir. La serie (acertadamente) no pasó de una primera temporada. Por si acaso.

Y como estas, cien historias más de quienes ha pretendido darle planos a tan noble parte y se han ido con el ídem entre las piernas. En ocasiones ahuyentados por los mandamases, a veces por el propio espectador. Hablamos de cine y televisión de órbita hollywoodiense, se entiende. Desaparecida la entrañable figura del censor ladino, ahora la mojigatería opera al calor de la amenaza de «clasificación R», de la que todo aquel que quiera pagar las facturas huye como de la peste. Y no, no es que un pene sea sinónimo de destierro fílmico inmediato, porque haberlos haylos. Pero por si acaso algún despistado se lanza a esgrimir que el desnudo masculino y el femenino son la misma cosa y si los realizadores no enseñan más anatomía masculina es sencillamente porque no se les antoja, recordaremos que en 2010, en respuesta a las quejas suscitadas por la película Bruno, la Asociación de Cinematografía de Estados Unidos varió sus términos para que cuando hubiera un «desnudo masculino» quedase claramente tipificado, para evitar sofocos. Un precavido acuse de recibo que ningún pubis ni pecho femenino han necesitado nunca. Rabos sí, pero con preaviso.

El desequilibrio de la desnudez entre sexos es una de esas polémicasGuadiana de Hollywood, que emerge de tanto en tanto, coincidiendo con la exhibición de algún falo que causa especial revuelo. Ocurrió con Shame y elFassmember, que a buen seguro fue el causante de que el actor irlandés-alemán se quedara sin nominación al Óscar, precisamente el mismo año que sus colegas Rooney Mara o Salma Hayek también enseñaban sus cositas a la cámara sin que eso obstaculizara la carrera por la estatuilla. Más recientemente, Kevin Bacon (cuya genitalia es revisable desde Juegos salvajes El hombre sin sombra) encabezó una jacarandosa campaña que delataba la hipocresía de su industria, demandando una libertad para el pene similar a la que tiene la vulva. «En muchas películas y series de televisión hay gran cantidad de desnudos femeninos y eso no mola. Bueno, sí que mola. Pero no es justo para las actrices y no es justo para los actores, porque nosotros queremos desnudarnos», decía. Otros intérpretes se adhirieron a sus reivindicaciones, desde Chris Pratt a Natalie Dormer Kit Harington, espoleando un poco más la polémica en un año especialmente indicado para echar leña al fuego sobre el boobs mandate y el páramo de rabos de nuestras pantallas. Y es que quien esperara visualizar la herramienta de Christian Grey en la adaptación cinematográfica del best seller de porno para mamás se quedó con un palmo. De narices.

Qué feo es el pene

Fue el propio protagonista de Cincuenta sombras de GreyJamie Dornan, quien brindó al pueblo la explicación de su no desnudo en la película, que tan profusamente se había descrito en la novela —al que me soplan que se refería en exclusiva como «miembro», en un ejercicio de pobreza lingüística acorde con la preescolar E. L. James—. Dornan, a quien le dio repeluco pronunciar «paquete» en la entrevista, aseguró que no habría full frontal del príncipe del bondage (mientras que podríamos memorizar las aureolas y la ingle brasileña de supartenaire Dakota Johnson) porque, sencillamente, el pene es una cosa fea que es mejor no mostrar. El de todos, no el suyo, que sepamos. «La intención es llegar al máximo de audiencia posible sin asquearles. No quieres hacer algo gratuito, feo y gráfico», pretextó el zagal.

Ya lo decía Lady Chatterley el siglo pasado en la novela de D. H. Lawrence: «¡Qué cosa frágil y fácilmente herida es un cuerpo de hombre desnudo; de alguna manera inacabado, incompleto!», o Silvia Plath y tantos otros a los que la visión genital masculina les causaba más desagrado que hambre. Y en su derecho están. Pero tal y como recogía inmejorablemente Josep Lapidario en sus «Memorias del falo», el arte no ha escapado al embrujo del pene y las representaciones del mismo —explícitas o figuradas— demuestran que tan fea no será la cosa cuando ni el más telegráfico repaso de cualquier disciplina artística resiste sin referirse a miembrosgargantuescos o más amables.

Entonces, ¿qué ocurre con el cine y la televisión? Pues exactamente lo que se figuran, no vamos aquí a revelar ninguna conspiración oculta. Que siglos de mirada masculina —y heterosexual— sobre el erotismo han atrofiado nuestro llamado instinto escoptofílico (el placer de observar al ser humano como objeto erótico) reduciendo el erotismo a las formas femeninas. Lo explicó inmejorablemente Laura Mulvey en Placer visual y cine narrativo, y en términos generales el estado de la cuestión sigue por esos derroteros descritos en los setenta, llegando a modificar la forma en la que nuestro cerebro procesa las imágenes de desnudos femeninos y masculinos. Si muchos consideran que el soperío de tetas y coños imperante es perfectamente asumible para el espectador pero una sola verga «fea, asquerosa y gratuita» dinamitará el disfrute es porque se ha trabajado duro en esa dirección. No es de extrañar que directores como Oliver Stone autocensuren su propio metraje, como el de Alejandro Magno, donde suprimió el plano en el que Colin Farrell exhibía la gloria de su imperio: «Oliver no quería estropear un momento tierno con la visión de un aparato jodidamente enorme con dos bolas inmensas», dijo el actor, que ya sabemos por filmes anteriores que no va precisamente descalzo.

Y no, no es cuestión de tamaño, de erección o del fresquete que hace en los rodajes y la injusta aprensión. Más que nada porque es sobradamente conocida la distinción (y la magia) de los grower y los shower, y ya sabemos que lo que muestra la pantalla no es una réplica exacta de cómo lucirá el asunto cuando reciba la orden de ponerse a trabajar. Recuerden el ejemplo de Tom Hardy en Bronson y el de él mismo en otras circunstancias más hidráulicas.

Lo que va a ser más difícil rememorar son escenas en las que el cuerpo masculino se muestre (íntegramente o no) como una consecuencia de coherencia narrativa o  para el disfrute erótico del respetable. En general, cuando los hombres se desnudan es por razones artísticas, no salaces, dentro de un marco de camaradería entre hombres (300) o de humor (American Pie o Resacón en las Vegas). Las excepciones de directoras que dispensan igual trato a ambos desnudos (como Jane Campion o Pascale Ferran) son eso, excepciones; y la mirada masculina prevalece. Lo mismo que el cine comercial lejos de las fronteras estadounidenses, que históricamente no ha tenido los mismos reparos en diseminar trancas aquí y allá sin que nadie se arranque las córneas por ello. Que al celuloide hollywoodiense el pene le da bastante alergia no es ningún secreto, pero el tabú comienza a resquebrajarse, dejando entrever un manojito de esperanza con o sin rasurado.

Televisión: reducto fálico para la esperanza

Si hay motivos para albergar la ilusión de que el full frontal masculino deje de ser cosa de europeos, cine queer o cintas experimentales, están en la pequeña pantalla, regida por sus propias normas. En su versión de pago, claro está. Aproximadamente desde que HBO abrió la veda hace casi una década con la imprescindible serie Oz, los penes han ido emergiendo tímidamente del calzoncillo hasta conquistar posiciones, si bien no en los primeros planos, si en lógicas panorámicas generales en las que si dos hombres se miden el lomo en unas duchas públicas no usan una mano para cubrirse la entrepierna. Y aunque la cadena lleve la delantera en lo que a desestigmatizar el falo se refiere, la balanza está aún desequilibrada, como le recordó una campaña deCollege Humor hace unos años en la que un grupo de mujeres se arrogó la portavocía de un sentir mayoritario: «Es hora de igualar el marcador. No decimos “no más tetas”, tan solo creemos que deberíais mostrar pollas», demandaban, después de recordar —y celebrar— la pléyade de mujeres desnudas de producciones comoDeadwoodBoardwalk Empire o Juego de Tronos. En esencia, no hacían más que subrayar la ridícula incongruencia de la cadena, que rubricó una serie sobre un semental con atributos de empotrador (Superdotado) al que nunca, jamás, se le adivinó ni siquiera un pedacito del tegumento escrotal en más de treinta episodios. «¿Quizá os preocupa que una polla erecta sea demasiado explícita?», inquirían. «¿Habéis visto la Boda Roja? ¿Mostráis a una mujer embarazada que es apuñalada justo en el vientre y no enseñáis una inocente polla dura?».

El problema de Juego de Tronos con las pollas es lacerante. Incluso el espectador casual habrá detectado esos bruscos escorzos de cámara cuando la entrepierna de un actor iba a entrar en juego, protegiendo la inocente sensibilidad del público que puede encarar las decapitaciones, las vísceras y desmembraciones pero probablemente acabará respirando en una bolsa de papel si una polla emerge con pujanza y lastima su atildada delicadeza. De hecho, los escasos frontales masculinos que contiene la serie —célebre por sus ninfas desnudas y con el fantasma del sexposition siempre rondando— se producen desprovistos de lujuria, encajándolos directamente en el ridículo o en la tortura más sórdida. Y las muestran flácidas. Como la prótesis que le colocaron al muy entrañable Hodor, la polla decapitada de Theon Greyjoy o el comerciante que es torturado tras traicionar a Daenerys Targaryen. Pero liberar a Willy para el disfrute no, qué ocurrencia. Cambia el plano y enfócale el pubis a esa.

Decíamos que progresivamente se va invirtiendo la tendencia, y es cierto. Los estudiosos del asunto sitúan 2015 como una buena cosecha de nabos: en The LeftoversFlesh and BoneOutlander, Sense8, Shameless, Togetherness, The AffairBlack Sails y Penny Dreadful ha habido hombres exhibiendo el soldadito ante la cámara, y eso es algo que festejar.

Pero tanto o más llamativa que los falos resulta la reacción suscitada por la exposición genital. Después de cada episodio, invariablemente se suceden siempre una cascada de artículos, tuits y titulares pretendidamente picarones pero vergonzosamente pacatos: «¡Hay un señor en una serie al que se le ve el pene, paren las rotativas!», arreciaban las risitas hasta convertirse en un grito. La prensa llegó a catalogar una escena de la serie The Affair, en la que los actores Maura Tierney y Josh Stamberg compartían confidencias postfrungimiento, como «el desnudo que conmocionó a América». Y por muy desgraciados que ustedes sean, han visto penes mejores que ese, se lo garantizo.

Al contrario que las gónadas femeninas, el pene al aire sigue cumpliendo los parámetros de lo noticiable: es raro, infrecuente y crea expectación. ¿Qué fue lo más comentado de una película de un director oscarizado, basada en un best seller laureado por crítica y público? Exacto: el pene de Ben Affleck. Al actor se le escapó —bueno, más o menos— antes del estreno que en Perdido tuvo que mostrarse como dios le trajo al mundo y pasó eso que el cliché resume en que «internet ardió». Más de seis millones de entradas en Google, guías prácticas de cómo encontrarlo y posteriores GIF y hasta tertulias imaginarias con penes amigos. Affleck hizo de su órgano sexual el mejor reclamo de marketing de la historia. ¿Funcionaría con Eva Green, por ejemplo? No, y tampoco con Ewan McGregor, a quien le tenemos el bajo vientre más que escrutado.

Ya lo saben, ejecutivos, creativos, showrunners y demás profesionales del asunto. La lectura es bastante sencilla: queremos ver penes, no importa cuán inanes o majestuosos sean. No nos asustan, para elegir ya tenemos conexión a internet. Solo queremos que la credulidad no quede suspendida en el ridículo, y, si ellas se desnudan, ellos correspondan. Pero incluso más allá de eso, querríamos que las pollas dejaran de ser noticia, y si nadie en sus cabales destacaría en un titular que en su última película Paz Vega enseña hasta las corvas, quizá no estemos pasándonos de exigentes demandando que, a fuerza de exponer, todo esto se naturalice y no se nos escape una risita colegial después de cada polla que nos muestren.

Aunque no va a bastar con una buena ración. Habrá que desplazar esa línea que divide el arte y la pornografía, que ahora está demarcada por la exposición de un pene. Es una frontera cultural, pero podremos rebasarla —ya lo hicimos con las pelambreras, ¿no?—. Desoigan a los gazmoños e ignoren a quienes apuntan que la exhibición y celebración del órgano sexual masculino es una metáfora de la rendición de América.

No se rinde, se empina hacia la gloria. Y allí no hay alergias que valgan.

 

Mercedes-Benz