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Ángel Nieto o el triunfo del español normal

  • Fue el primer gran piloto cuando ni siquiera se escribía sobre grandes pilotos.

  •  Recordémosle como la estrella que fue. Uno de los nuestros. Ese hombre normal que podría haber llevado la neverita a la playa. Dentro, filete empanado y un montón de medallas.

  •  Respeto para Ángel Nieto, él transitó las calles antes de que las estrellitas se imprimieran en el asfalto.

¿Saben cuando una persona encuentra SU pelo y se queda con él? No les crece de otra forma que no sea esa. Le pasa a Bryan Ferry, a Pedro Almodóvar. Aunque lo cortes, tiene memoria y vuelve al sitio, como un Terminator T 1000. Ángel Nieto tenía pelo (corto de arriba, largo de atrás, onda en medio) de falso actor de cine quinqui, de padre de familia de los años 70. Ese hombre bajito y endomorfo, de señor de caña y plato de cacaos. Ángel Nieto era muy España y mucho España. Un pelo único.

Nieto, humilde como su familia, le echó valor a la vida. Electricista, carpintero, buscavidas. Y al final, piloto. Pero piloto tipo punk, de arreglos en un garaje de Vallecas y carreras en El Retiro. Las manos echas polvo y las heridas mezclándose con el aceite. Se subió a ciento treinta y nueve pódiums, ganó noventa grandes premios y tiene 12 títulos mundiales y uno extra colgados en las paredes de la habitación de la leyenda. Fue el primer gran piloto cuando ni siquiera se escribía sobre grandes pilotos. Cuando no existían. Una vez contó una anécdota en la que afirmaba haber ido en moto con botas de boxeador. Si eso no es ser un fenómeno qué lo es. Vamos a ver, montó una discoteca en su barrio. Era amigo y socio de Julio Iglesias.

Sin embargo, parecía un tipo normal. Con pantalones demasiado anchos y siempre largos, la puntita del zapato asomando; con un polo a rayas para el domingo por la mañana; un collar de cuero con un colgante de plata y un pulserita. Una de la zona Vip de Pachá, quizá. El hombre normal desmontando cualquier atisbo de épica pero viviendo en un escenario estético maravilloso. Motos, décadas pasadas, cuero, colores estupendos y máquinas bien hechas. Un sofá de skai en el salón.

Qué maravilla ese mono azul de cuero con Ducados bordado en blanco. Y esos cascos con las gafas enormes arriba, como si fuera aquello un remake de ‘The Rocketeer’. Corrían junto a la moto, que parecía una nave retrofuturista, y se subían en marcha. Y Ángel, con los ojos un poco achinados, “entornados hasta alinearse con el horizonte”, como dice la canción, y la mandíbula cuadrada merendándose rivales. “Los tengo con los nervios en alto”, dijo en una entrevista a RTVE, con una camisa estampada imposible remangada hasta el codo. Thierry Mugler, que no tiene absolutamente nada que ver con Nieto, diseñó en 1992 un corsé con manillar de motocicleta y retrovisores porque la estética clásica del motor le fascinaba. No nos extraña.

En 1972, cuando ganó en dos categorías diferentes, llevaba un mono de piel en rojo y negro de esos con botón pequeño en el cuello, un bolsillo de cremallera a la altura del pecho y un montón de perforaciones, como círculos cortados, en los laterales. Estilo sin pensar siquiera qué es el estilo. También tenía un casco blanco con el logo de Fundador con letras que parecían mal escritas. En el pódium, se bajaba el mono hasta la cintura y se colgaba una corona de laurel. De repente aparecía subido en la Bultaco y en la manga un ‘España’ así de grande.

Ángel Nieto contó una vez que lloró de alegría cuando, tras una caída, vio que no se había matado. Y también que, a veces, al final de su carrera, le daba miedo subirse a la moto. Así que decidió que no tenía que hacerlo más. Qué difícil es darse cuenta de cuando hay que irse, sin ruido, de la fiesta. Tal vez por esa honestidad consiguió ser uno de esos pocos referentes que todos tenemos, sea por la razón que sea, en nuestro imaginario pop. Un campeón de todas las cosas. Por eso da tanta rabia que todo haya terminado en una moto que no era una moto.

Recordémosle mejor como la estrella que fue. Uno de los nuestros. Inalterable como algunas mareas. Ese hombre normal que podría haber llevado la neverita a la playa. Dentro, filete empanado y un montón de medallas. Respeto para Ángel Nieto, él transitó las calles antes de que las estrellitas se imprimieran en el asfalto. Y no nos sabemos tantos pelos de memoria.