Portada Así perdí la virginidad, relato de un homosexual que salió del armario
Relatos gay

Así perdí la virginidad, relato de un homosexual que salió del armario

Las manos me sudaban, el corazón me palpitaba con fuerza, comprendí, mientras almorzábamos, que ese día perdería mi virginidad. También entendí que mi inclinación sexual era distinta a la de mis padres, que no quería formar una familia con una mujer y que posiblemente nunca tendría hijos. Tenía 16 años y no me arrepiento de lo que pasó esa tarde.

El 2016 ha sido de buenas noticias para la comunidad LGBTI, comunidad a la que orgullosamente pertenezco. En abril y después de muchas luchas, la Corte Constitucional señaló que los jueces y notarios no pueden negarse a realizar uniones de parejas del mismo sexo. Fue una victoria legal aunque no social. Aún hay gente que no aceptan que somos normales, nos enamoramos y queremos formar una familia.

Se celebró el Día Mundial contra la Homofobia y para conmemorar esta fecha, decidí dejar la vergüenza a un lado para contarles cómo perdí la virginidad. Lea: Álvaro González, el directivo que cree que el “homosexualismo es una enfermedad muy contagiosa”

Todo sucedió hace seis años, estaba en el colegio cursando grado décimo. Era una edad en la que todos tenemos las hormonas alborotadas.

Estudié en un colegio privado, en uno en el que abundan las niñas bonitas, las mejor habladas y bien vestidas, pero nunca me llamaron la atención, nunca las vi como algo más que amigas.

Los niños, en cambio, llamaban mi atención. Buscaba la forma de estar cerca a ellos, de preguntarles cosas intimas para saber si estas inclinaciones eran “normales” a esa edad.

 

Siempre terminaban hablando de niñas, de lo que les gustaba de ellas, de cual se ponía más bonita con el tiempo, cual tenía más busto o cola. Esas conversaciones me aburrían y prefería irme por ahí a caminar. Estar solo.

Cuando pasé a décimo, entró un nuevo profesor que se encargó de la clase de música, se convirtió en mi clase favorita. El profe tenía barba, ojos color café, no era muy alto, aunque si más de lo que yo era en ese momento. Su apariencia era fresca, joven, encantadora.

*Manuel (el profe) era muy buena gente con todos, en ese momento me parecía que tenía la sonrisa más pícara del mundo, su trato con los estudiantes era amable. Pensé que su trato amistoso era normal.

En marzo, cuando llevábamos casi dos meses de clase, empecé a notar que el profesor me trataba diferente. Hablábamos siempre después de clases y de vez en cuando nos mandábamos mensajes de texto, aunque nada era muy comprometedor. Eso no lo hacía con ningún otro estudiante; cosa que me encantaba.

Me volví su monitor, por fortuna, pasaba más tiempo con él. Finalmente me invitó a su casa porque “íbamos a revisar los trabajos de fin de periodo de mis compañeros”, sabía que era una excusa para estar solos, pero no me molestó la idea.

Le dije a mi mamá que iba hacer un trabajo con mis compañeros, me daba miedo decirle que iba para la casa de un profesor, no quería que ella pensara mal y que arruinara el plan.

Cuando llegué a su casa, en un barrio del norte de Bogotá, lo primero que noté fue una foto familiar: Él, su esposa y sus dos hijos posaban felices. Los niños tendrían casi mi edad. La decepción me llegó de inmediato, me sentí bobo por creer que un hombre casado y de su edad se podría fijar en un niño como yo.

Creo que notó mi tristeza y trató de consolarme. No dijo una sola palabra, solo me tomó de la mano y me guió al comedor, fue a la cocina y regresó con dos platos de comida.

– “Lo preparé especialmente para ti”, me dijo.

Los nervios volvieron, me sentí halagado. Mientras comía los espaguetis me temblaban las manos, coger el tenedor era difícil, si mal no recuerdo lo boté dos veces.

La charla fue tranquila, me pregunto por mi familia y mi vida, ahora que lo pienso siempre esquivó mis preguntas sobre su esposa. Me preguntó por mis aspiraciones futuras.

Por alguna razón, me pregunto si tenía novia: Obvio no, a veces me pregunto si en verdad me gustan las niñas, le dije.

El tiempo pasó volando, no recuerdo en qué momento terminamos la comida o cuando nuestras sillas se juntaron. Tomó mi mano y me dijo que me tranquilizara, que él sabía que yo era un niño tímido y que no me juzgaría por mis inclinación sexual insegura.

Perdí la noción del tiempo, pero cuando reaccioné, me sentí más vivo que nunca, mi boca había tocado la suya, mi sueño se había hecho realidad, solo sentía su barba picando mi rostro, me excité de inmediato, lo bese fuerte, tome sus manos, las solté y recorrí su pecho con mis dedos temblorosos.

Me invitó a conocer su casa, en ese momento supe que su cuarto era el destino final. Me invitó a sentarme con él en la cama y sin pronunciar palabra alguna nos volvimos a besar, le quité el saco con torpeza, es obvio que estaba nervioso, aunque nunca había estado tan feliz, él me quitó el saco del uniforme que no me cambie antes de salir de casa para no levantar las sospechas de mi mamá.

Tenía calor, sentía que las manos me sudaban, como pude le desabroche el pantalón y al bajarlo, vi como su pene erecto se asomaba, nunca me había sentido tan nervioso, tampoco había imaginado que era posible sentir tanto placer sin haber iniciado el acto sexual.

Volví a perder la noción del tiempo, pero era algo bueno, no sé en qué momento terminé sin ropa, él tampoco llevaba nada puesto en ese momento, no sé qué hora era exactamente, pero pensé que serían las cuatro de la tarde. Mi mamá me estaba esperando en la casa, pero esta era una oportunidad que no podía desaprovechar.

Un dolor profundo me inundó, los ojos se me aguaron, él me había lubricado con un tarrito de vaselina que sacó de un cajón, pero aún así cuando me penetró sentí que algo se rompía por dentro. Había leído varias veces relatos de esto, pero no pensé que el dolor fuera así.

Fue solo cuestión de segundos, o tal vez minutos, pero sentí que fue una eternidad. El dolor se convertía en placer.

“Es cuestión de encontrar la posición adecuada”, leí alguna vez en un foro. Estábamos en su cama matrimonial y esperaba que lo que había leído antes me ayudara a disfrutar el momento.

El dolor pasó y el placer fue infinito, los nervios se convirtieron en pasión, poco a poco cogí su ritmo y logramos ir al unísono.

Sentí algo caliente. Supe que él había llegado al orgasmo. Fue extraño y nunca me ha vuelto pasar, pero de solo pensar en su orgasmo tuve uno de inmediato. Caí sobre la cama y él sobre mi, no estoy seguro pero según recuerdo, respirábamos al tiempo, sentí el cuerpo húmedo; mi sudor se combinaba con el suyo.

Cinco o diez minutos pasaron antes de que alguno realizara algún movimiento, Tomé la iniciativa. Me asuste porque noté que estaba oscuro. Pregunté la hora y el profe, mi profe, me dijo que eran más de las seis de la tarde.

Me vestí en cuestión de segundos, le di un beso de despedida y salí corriendo para mi casa.

Por primera vez entendí lo que decían todo el tiempo mis amigas “malditos hombres, solo quieren sexo”, Manuel nunca me volvió hablar, en frente de todo el mundo dijo que ya no era necesario tener monitor. Lloré en mi cuarto cada noche durante una semana, en ese momento me sentí usado.

Hoy, a mis 22 años, reafirmo que no me arrepiento de lo que hice, en su momento sentí tusa, la misma de la que hablaban mis amigos cuando terminaban con sus novias.

Pero no guardo rencor; aprendí mucho de esa experiencia porque la disfrute. Antes de que pasara, soñé con ese momento que podía pasar y pasó.

A *Manuel le agradezco porque gracias a él y a mis posteriores experiencias con mujeres, comprendí que era gay, que a las mujeres las respetaba pero no deseaba.

 

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