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Relatos gay

Barnardino El Violento

Nunca confíes en los “Cara de Ángel” nunca pero nunca confíes en nadie, algún día esa persona puede traicionar incluso una verdadera amistad. No creí que Bernardino, mi amigo fuera capaz de tremenda atrocidad.

 

Fin de semana, como recompensa de toda una semana de estudio me daba el lujo de salir con mis amigos, unos muchachos mayores, Víctor, Juan, Andrés y Bernardino, tenían entre 19 y 26 años de edad, unos chicos que para desgracia de mi madre congeniaban por alguna extraña razón muy bien conmigo, ellos saben de mi preferencia sexual, aún así con eso tengo su respeto, aceptación, de hecho han conocido a uno que otro enamorado mío. Al igual que la mayoría de los de nuestra edad beben alcohol, fuman cigarrillos pero a diferencia de mi, ellos consumen drogas de manera cotidiana.

La noche llegó, el antro estaba a su máxima capacidad, las luces eran fenomenales, todos bailaban al ritmo de la música, en general ese era un buen lugar para pasarla bien, la noche transcurría, mi temor se cumplía una vez más, al entrar al sanitario me percato que mis amigos consumen drogas como de costumbre, yo lo sabía, respetaba su decisión pero no me agradaba andar con ellos mientras estaban bajo ese efecto, así que decido ir a casa a descansar.

Dormía plenamente en casa, me cubría del frío que azotaba aquella noche. El reloj marca las 03:54 a.m. el sonido de mi teléfono irrumpe en mi tranquila noche invernal, la pantalla indica una llamada entrante, una llamada inesperada con el nombre de Bernardino (el mayor de mis amigos), contesto confundido sin saber lo que pasa, Bernardino del otro lado de la línea se escucha muy mal, la voz se le entrecorta, de pronto me alarmo pensando en que le ha pasado algo malo.

-¿Estás bien, puedo ayudarte en algo?- pregunto mientras me preparo para revivir la peor de las noticias.

-Estoy a fuera de tu casa, necesito que me ayudes. Mis padres no me han dejado entrar a la casa, se dieron cuenta que me he drogado. ¿Puedo quedarme esta noche contigo?- dice.

Estoy en graves aprietos, mis padres no aceptarán que él entré a estas horas de la madrugada, al ver el estado en que está se armaría una trifulca.

Me dirijo directo a la ventana, puede que sea una mala broma de él, pero me equivoco, es cierto, puedo ver que trata de cubrirse de la lluvia y el frío, me da mucha pena decirle que no, pero si lo hago no sé cuál puede ser su suerte.

No soy el tipo de hijo que desea disgustarse con sus padre, no me gustan los problemas, pero tampoco puedo dejar sólo a un amigo cuando más me necesita.

-Claro que sí we, puedes quedarte en mi casa, dame un minuto, ahora salgo.- respondo al mismo tiempo que bajo las escaleras para salir a abrirle el portón.

Bernardino se ve muy mal, está temblando de frío, -No sé como sus padres pudieron tener el corazón para dejarlo fuera con el este mal clima-.

-Pasa al baño para que te quites esa ropa y ruega para que mañana no amanezcas con un resfriado.- le digo mientras le doy una toalla seca.

A pesar de la calefacción la habitación se siente fría, no sé a cuantos grados estamos, pero podría jurar que estamos a menos de cinco grados centígrados.

-Leo, ¿Dónde puedo poner la ropa mojada?.- pregunta en voz baja.

Por instinto al escuchar su voz volteo hacia él, al hacerlo quedo ¡mpactado, mi celebro no puede creer lo que mis ojos ven, Bernardino está ahí parado en la puerta del baño secando su cabello con la toalla, no posee prenda alguna, no hay nada cubriendo su cuerpo, la oscuridad de la noche funge como vestimenta pero es traicionada por los relámpagos que entran de forma violenta por la ventana.

Estoy en shock, el ritmo cardíaco se dispara, por alguna extraña razón siento la boca seca y mis ojos se abren más de lo normal. No sé que me pasa al ver ahí completamente desnudo a Bernardino me da morbo, me da excitación. Logro captar cada rasgo de él, ahora veo su cuerpo de una manera distinta a lo cotidiano, él es alto, cabello castaño, rasgos faciales masculinos, pero ahora le veo unos hombros anchos, pectorales ligeramente marcados, sus tetillas algo arrugadas por el frío, lo que más me ha impacto es, claro sus genitales, me ha robado el aliento, me sorprende que a pesar del frío, el tamaño de su pene no se ha vuelto afectado. Doy una bocanada de aire, trago saliva, esta escena me tiene inquieto, no quiero ver a Bernardino de una manera distinta a la de un amigo.

-Sobre el lava manos, puedes dejarla ahí.- digo mientras trato de parecer normal, intentó esconder una improvisada erección espontánea. Me recuesto en la cama dándole la espalda intentando alejar de mi vista su cuerpo tentador.

El cansancio me vence, ya ha pasado unos minutos después de esa escena, trato de no pensar en eso.

-Leo, quiero tenerte, quiero estar dentro de ti, quiero probar ese “culito”.- me susurra una voz en lo profundo de mi sueño.

No distingo la realidad de la fantasía, esta duda se esclarece con rapidez. Abro los ojos y de inmediato me siento confundido, Bernardino está de pie frente a mi, a un costado de la cama, con su pijama hasta las rodillas.

-Esta noche sabrás lo que es un hombre de verdad, no como tus “noviecitas”.- susurra.

Permanezco acostado tratando de asimilar las palabras que acabo de escuchar, algo no cuadra muy bien, ¿Porqué Bernardino me habla de esa manera? ¿Se ha dado cuenta de la forma que le he mirado?. Las neuronas trabajan marcha forzada, no puedo deducir su comportamiento.

-¿Te sientes bien, puedo ayudarte en algo?.- le intento preguntar cuando soy interrumpido por él mismo.

-¡Cállate! El que habla aquí soy yo.- dice al mismo tiempo que me toma de los cabellos con lujo de violencia.

Me toma de los cabellos con sus dos manos dirigiéndome fuera de la cama, me esta lastimando, me hace daño, pero parece que eso a él no le importa. Hace que me arrodille frente a él. Frente a mi tengo una vista espectacular, mis ojos ahora pueden apreciar de cerca a un hombre majestuoso, a un hombre que hasta este momento jamás le había apreciado su amplia perfección humana, no le veo imperfección alguna, pero si unos grandes, tersos y desarrollados genitales, coronados por un pequeño montículo de vellos rizados.

¿Alguna vez han visto la reacción su mascota al servirle el alimento?, bueno algo así me sentí, algo dentro de mi se desató, no me reconozco, parece no poder controlar mi ansiedad, pierdo el control, me lanzo sobre esas canicas colgantes, tomo entre mis labios sus testículos, abro la boca para introducirlos, me encanta la textura que tienen, una textura extremadamente suave, son cálidos, intento recolectar sabores al sacar la lengua de la boca, los lamo como sí fueran un par de caramelos, no lo son pero en ese momento parecen serlo.

La conciencia me hace una mala jugada de pronto la vergüenza me empapa, entro en cuenta de lo que estoy haciendo, me detengo en lo que hago recapitulando en mi mentó los últimos minutos. -¿Acaso estoy demente, por que me comporto como una prostituta?.- pregunta mi conciencia.

-¿No me digas que ya no quieres comerme?. Ahora te la tragas toda.- dice mientas me toma de los cabellos para guiarme hacia su gran orgullo, su magnífica polla.

El aire me hace falta, siento desvanecer. La garganta es obstruida por un gran trozo de carne, Bernardino me asfixia con su pene. De manera espontánea experimentó arcadas provocadas por su glande. En la desesperación logro quitarme dejando fuera su miembro viril, doy una bocanada de aire, respiro con desesperación tratando de compensar los segundos sin respirar.

Me repongo por completo. Él sigue frente a mi con una postura dominante, el pantalón sigue en la misma altura, sus genitales al aire libre con una erección descomunal me sorprende, debo estar demente, a pesar del trato que me ha dado no dejo de tener atracción hacia ese miembro, me reincorporo lamiendo de abajo hacia arriba todo ese falo viril, no puedo evitar disfrutar cada centímetro de piel erógena, me ayudo de una mano retrayendo el prepucio con lentitud, -Quiero sobornar cada parte de él.- pienso mientras lo pongo en práctica. De pronto un sonido llega de imprevisto, Bernardino parece que se estremece con cada lamida que le doy, entro en cuenta haciéndolo ahora más frecuente.

Bernardino ha dejado de ser el hombre dominante para ahora ser el dominado, los papeles cambian. Lamo, lengüeteo y vuelvo a lamer, eso parece que le enloquece. No para de gemir, las piernas le tiemblan cada que ves que le succiono la punta del pene, eso parece ser su punto débil, le succiono de menos a más, lo hago con delicadeza y de pronto lo sorprendió con violencia.

-¡Detente!, para por favor, no sigas más que me estoy volviendo loco.- dice mientras su cuerpo extasiado se desmorona a pedazos ante mi.

¿Quien lo hubiera pensado? Hace unos momentos me humillaba de la manera más vil y ahora me pide compasión por él. Venganza, es la única forma de cobrar la deshonra que me ha causado.

No creo que se merezca tanto placer, rozo a propósito los dientes contra su miembro como muestra de mi ahora mando sobre él.

-¿Qué te pasa imbécil? No quieras hacerte el chistoso conmigo.- dice dándome una bofetada.

Me ha pegado con tal fuerza que me ha estampado contra el borde de la cama. -Abre la boca.- ordena.

Creí que me había ya degradado lo suficiente.

De un sólo tajo me introduce con fuerza y lujo de violencia su verga dentro de la cavidad bucal.

Sé que pensarás que estoy loco, pero no puedo ocultar que me encanta como me trata, me siento una prostituta de la más baja calaña, él me hace sentir como ningún otro hombre me ha hecho sentir.

Nuevamente me falta el aire, no puedo respirar, Bernardino sólo se limita a un par de gemidos, unos graves gemidos que se clavan dentro de mi mente. Trato de apartarlo, pero él es más fuerte, la desesperación se apodera de mi, y de pronto él retira un poco, lo suficiente para poder pasar aire hacia mis pulmones.

Prisionero estoy en mi propia habitación. Me alojo entre la cama y la polla de Berna.

Entra, sale y vuelve a entrar, Bernardino me está follando por la boca, un movimiento de vaivén me aprisiona aún más, cada centímetro de de ese mástil humano que se introduce en mi me deja un gran sabor, una delicada porción de secreción seminal, me encanta la consistencia.

Cada envestida es más y más fuerte, sus gemidos, la fuerza con la que me folla anuncia que el momento cumbre está por ocurrir.

-¿Quieres de mi leche verdad? Pues te voy a dar el gusto, abre bien la boca.- dice exhausto.

Me toma de nuevo de los cabellos, me tiene aprisionado contra su miembro totalmente eréctil, un miembro ya bastante excitado. Una última envestida hace que su pene entre casi por completo a mi organismo, puedo sentir como la cabeza de su verga está en mi garganta, un dolor tremendo invade mi cuerpo, Bernardino se estremece, él se contrae una y otra vez, sus testículos ascienden de un tirón, y su verga expulsa con chorros a presión una cantidad de fluidos, unos fluidos calientes. Yo sólo me quedo inmóvil gozando cada envestida que me da, de pronto a él se le escapa un último gemido, un gemido que puedo casi jurar que mis padre pudieron haber escuchado.

Todo ha terminado, trago cada gota de semen dentro de mi boca, el de él es delicioso, me doy el lujo de limpiar con mi lengua todo el semen embarrado en su polla, lo hago con delicadeza, casi como agradecimiento.

-Que suerte tienes al probar “mi lechita”.- dice mientras se guarda su verga semi-erecta.

En la habitación ni una palabra se pronuncia, como puedo me reincorporo a la cama para acostarme. Trato de no pensar, sólo en descansar.

Agotado, humillado, golpeado pero con su semen dentro de mi…

Tu Amigo Mexicano Leopoldo Diga.

Esta historia tiene continuación, sígueme y no te la pierdas.

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