Portada EL CAMBIO… 23. Relato gay
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EL CAMBIO… 23. Relato gay

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Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

 -Descansa. Toma una ducha y aprovecha bien el tiempo en tu cama después de la cena, disfrútalo mucho. –le guiña un ojo con picardía y sale.

   Jeffrey no quiere pensar en la sensación de abatimiento que le alcanza, ¿había querido que se quedara un rato? No era eso, ¿cierto? Toma una larga ducha con agua tibia para relajar sus músculos, frotándoselos con jabón, sintiéndolo delicioso a nivel físico. Notaba sus músculos grandes, duros, sensibles. Sus tetillas se llevan  un buen rato de enjabonadas, provocando un cosquilleo automático en las pelotas. Sus genitales también, le encanta el tamaño de sus bolas, el de su pene, aunque… Si, ahora que piensa en ello, lleva rato sin tener una buena erección. Pero lo olvida cuando enjabona su trasero y vuelve a experimentar todas esas sensaciones incrementadas un mil por ciento. Le pica la entrada del agujero, le arde más adentro. La frente contra las baldosas, bajo la lluvia de agua fría ahora, las gruesas piernas separadas, se lo tantea lentamente, recordando lo que le hiciera a Larry y que este tanto disfrutara. Aunque si, ya lo sabía, él mismo lo había experimentado y…

   Se resiste a continuar por esa ruta. Aún lucha, así que lo deja de ese tamaño. Sale de la regadera, húmedo, mirándose al espejo mientras se seca. ¡Se veía genial! Sonriendo abre el botiquín médico, otro bikini lo espera allí, azul claro. Entra en él, disfrutando la presión contra su piel. Este parece de talle más bajo, la parte trasera más corta. No puede evitar sonreír vanidoso mirándose el trasero apenas cubierto. Sus nalgas eran duras masas redondas. A cualquiera le gustaría…

   Tragando en seco ante la idea vuelve a la pieza, congelándose. Sobre la mesa está la cena, con las pastillas, el coctel y un tubo de crema en ungüento. Sobre la cama… Un rojo y lustroso consolador. Era grande, mayor que su verga cuando Larry le masturbara, y más que la forma de una, parecía un tubo de goma de base gruesa que va adelgazando hacia la punta, con tres abultamientos tipo pelotas regularmente esparcidas. Esas bolas, esos globos, especialmente el último… era imposible que pasaran por un esfínter, ¿verdad?

   Por un segundo no puede procesar lo que ve. ¿Uno de esos juguetes sexuales para metérselo por el culo?, ¿una de esas vainas que usaban los maricones? ¿Quién coño…? ¡Larry O’Donnell, por supuesto! Pero, ¿por qué se lo dejaba? ¿Pensaría que…?

   -Aprovecha bien el tiempo en tu cama después de la cena, disfrútalo mucho. –con un estremecimiento poderoso, Jeffrey recuerda lo que le dijera.

   Arruga la frente joven. No, ¡no haría eso! ¡No era un maricón! Lo botaría. No, lo guardaría en una gaveta donde no ofendiera su vista y mañana se lo haría tragar al médico de pacotillas. Realmente indignado se tiende, sintiendo la presión del ajustado bikini sobre sus genitales y la curva de sus nalgas, tomándolo. Y en cuanto lo tiene en su mano se paraliza, recordando vívidamente el dedo en su culo, también los gemidos de placer de Larry cuando lo penetrara con dos de los suyos. Su culo, la entrada, sufre un violento espasmo, su interior se llena de un ardor increíble. Tiembla con el juguete sexual en la palma, mirándolo fijamente, tragando en seco. Era tan diferente a una verga real, aunque imagina que serviría perfectamente a sus propicitos, “consolar” un agujero necesitado. Y lucha por no imaginar un culo subiendo y bajando sobre él mientras un tío gritaba.

   Tras el cristal, Larry O’Donnell sonríe, brazos cruzados sobre su pecho. El acondicionamiento, en dos vías, estaba a punto de probarse si funcionaba o no. A la orden implantada subliminalmente durante el sueño, afectando su mente y comportamiento, la acompañaban las modificaciones físicas que el “enema” debía estar produciendo en el joven marine.

   El ardor parecía ir incrementándosele, no lo nota conscientemente pero Jeffrey medio bailotea sus recias piernas; las nalgas redondas y firmes moliéndose entre ellas bajo el bikini azul claro, la verga creciéndole un poco más, morcillona, pero no dura todavía. Ese juguete… Lo atrapa con las dos manos, fascinados; tan consistentes, la cabecita tan chica y roma, tan abultado más abajo. Seguro que forzaría bastante los labios de un culo. Se sorprende apretándolo, acariciándolo con una mano de arriba abajo, el pecho subiéndole y bajándole con esfuerzo, la boca seca, su esfínter bien irritado y necesitado de un dedo que alivie la comezón. Mira hacia la mesa, la cena, el ungüento… Se acerca sin soltar el juguete. Era un lubricante, reconoce sin sorpresa pero estremeciéndose. Lo toma, no tiene ninguna marca comercial, tan sólo dice eso, lubricante.

   No tiene ninguna idea clara cuando deja el dildo en la mesa, destapa el tubo y deja fluir un corto chorro de una gélida sustancia cristalina, untándola en sus dedos índice y medio. Y traga aún más en seco, luchando consigo mismo;  no, no debería hacer eso, pero tomando otra vez el consolador, apretándolo en puño, lleva la mano a su espalda, la mete dentro del bikini, erizándose por el roce, separando las piernas, junto a la mesa donde reposan sus alimentos, y unta la entrada de su rasurado culo con esa sustancia, recorriéndolo de arriba y abajo.

   -Hummm… -deja escapar un gemido ronco de alivio, el picor sede un poco.- Ohhh… -tensa las piernas cuando medio dobla el índice y mete la primera falange, su esfínter abriéndose, dándole la bienvenida.- ¡Ahhh! –grita cuando siente un ramalazo de placer que parece más bien avivarle un fuego interno, el esfínter cerrándose violentamente sobre su dedo cundo lo mete todo. No, no, debía parar aquello, detenerse, se grita.- Oh, Dios, si… -chilla lloriqueante cuando comienza un  lento pero decidido saca y mete de su dedo, boca muy abierta. Dentro del bikini la mano agitándose, el dedo saliendo casi hasta la uña y enterrándose otra vez en sus ardientes interioridades, empujándole los pliegues del ano.- Hummm… -chilla en la gloria.

   Los ojos nublados fijos en el juguete sexual.

CONTINÚA…

Julio César.

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