Portada Cuerdas invisibles
Actualidad

Cuerdas invisibles

Va a salir bien —le recordó Cris, con esa voz calmada que siempre empleaba cuando perdía el control.

Esta vez, sin embargo, no parecía surtir efecto el abrir y cerrar de las manos y el sudor descontrolado que lo acompañaba, mientras tamborileaba con la pierna de forma inconsciente.

—Víctor —Cris pronunció su nombre y colocó las manos sobre sus mejillas. Su novio se detuvo un instante y enfocó la mirada en él. «Bien, vamos mejorando», pensó con una sonrisa—: va a salir bien.

—Es un discurso importante. Si lo hago mal puedo perder inversores.

Cris lo observó con detenimiento, consciente de las dudas en sus ojos, del miedo que hacía que sus palabras surgieran sin el aplomo que requería para una ocasión así. No había nada del Víctor que él conocía, el seguro de sí mismo, el fuerte, el que resistía horas en la misma posición y atado de pies y manos, consciente de que solo así era más libre que nunca.

Con disimulo, consciente de las personas que los rodeaban en la sala, entre canapés y bebidas burbujeantes de tonos dorados, Cris dirigió las manos al cuello de la camisa de Víctor.

—Tienes mal colocada la corbata —le dijo en un tono más crudo. Sintió cómo los músculos de Víctor se tensaban bajo el traje cuando él apretaba el nudo en torno a su cuello; cómo el aire se escapaba de entre sus labios en un gemido tan leve que solo él, a esa distancia, podría oír—. Vas a salir y vas a dar un buen discurso.

Víctor asintió. La tensión en sus brazos, en sus piernas… como cuerdas invisibles recorriendo su cuerpo de arriba abajo. El nudo preciso a media espala estiraba sus hombros hacia atrás. El roce de la cuerda contra la piel que le erizaba y le hacía mantenerse atento. Aquel pequeño gesto, el ligero ajuste de la corbata, abrió entre ellos una conversación completa, una conversación de miradas, de palabras dichas con las manos, de confidencias en rojo sobre la piel, escritas en tinta de algodón y seda.

Porque Cris sabía que solo cuando Víctor notaba la constricción, se sentía seguro; solo cuando la tirantez era suficiente, se mantenía erguido. Solo con los movimientos limitados, Víctor se sentía libre.

Cuando se separó de él y se dirigió al estrado, Cris lo contempló con fascinación. La misma fascinación que le embriagaba por las noches cuando observaba los nudos que recorrían su piel; cuerda negra sobre piel clara e impoluta, un dibujo rojizo allí donde la soga había rozado para asegurar la atadura; sometido a él, lo liberaba con cada embestida, con cada penetración salvaje a través de la red que lo envolvía, como una crisálida.

Y allí estaban, invisibles para el resto pero totalmente reales para ellos: nudos que apretaban el torso de Víctor por encima del traje de chaqueta, cuerdas que ataban sus manos y que las mantenían con firmeza al atril, igual que se mantenían fijas al cabecero de la cama, igual que se mantenían juntas, cuando Cris las ataba con el simple pero efectivo nudo mariposa. Nudo mariposa del que nacían las alas que ansiaba.

Cris no había visto nada tan hermoso como el cuerpo de Víctor en ese momento, atado de pies y manos, expuesto delante de todos, con esas maromas de las que solo ellos dos eran conscientes. Porque Víctor era suyo, tan suyo que no necesitaba de sogas físicas para apretar el nudo que lo mantenía en el estrado y le permitía pronunciar el discurso con una perfección sin mácula. Como inmaculada era su piel, esa piel que Cris trenzaba con cabos y hacía suya.

En los ojos de Víctor brillaba la intensidad de la seguridad sumisa que lo tenía cautivado. Y no solo a Cris, porque cuando acabó sus palabras, la sala irrumpió en un aplauso ensordecedor.

Quizá ellos no vieran lo que él veía, pensó Cris. Quizá no serían conscientes de los nudos y las sogas, de las cuerdas que recorrían el cuerpo de Víctor, pero sin duda habían visto la misma belleza que Cris conocía tan bien.

A través de la multitud, sus miradas se cruzaron. Y Cris supo que Víctor sí veía la belleza todos esos nudos. Porque Cris se sabía amante y liberador cuando lo penetraba, cuando lo ataba. Porque Víctor palpitaba con cada atadura, con cada embestida, transformándose en una criatura única y libre. Y Cris deseaba liberarlo, de nuevo, esa misma noche en la habitación del hotel.