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Cuidador de mascotas

Hay que agitar la llave hasta coger el punto exacto, pero al final consigo abrir la puerta. Uno de los gatos me está esperando justo al otro lado de la puerta. Pero al ver que soy yo y no mi amiga, su ama, se da la vuelta y desaparece por el piso. Entro y cierro la puerta. Dejo mis cosas en la mesa de entrada.

Me siento raro, como si estuviera haciendo algo ilícito.

Pongo más comida seca en su cuenco, les cambio el agua, limpio la bandeja de arena que está en el baño.

Me ha pedido mi amiga darles cariño también: eso es el parte que me hace sentir más raro. Me siento en su cama, imaginando que vendrán. Supongo que tardarán su tiempo. Mientras espero, miro por la habitación. Tiene una cesta para la ropa sucia, y encima de todo hay unos calzoncillos masculinos. Son de su novio, con quien está ahora de viaje a Patencia para pasar la Semana Santa con sus padres. Los gatos no vienen. Me pongo de pie y me acerco a la cesta. Levanto los calzoncillos, los levanto a la nariz: sí, aún huelen a él. Ese olor agradable del sudor dulce de los huevos.

Tengo la polla tiesa. Inhalo de nuevo, tocándome el paquete.

Cuando abro los ojos, los dos gatos están delante, mirándome.

Menos mal que no podrán contarle nada a mi amiga.

Autor: Lawrence Schimel.