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¿Deberías decir que tienes VIH en Grindr?

Max Emerson

¿Deberías decir que tienes VIH en Grindr?

Desde hace poco más de un año, Grindr añadió una nueva categoría en la descripción de los perfiles. Se llama “salud sexual”, y sucede a la sección llamada “estadísticas” (que incluye el peso, la altura, el rol sexual, el origen étnico, la complexión o la situación amorosa) y a la sección “identidad”, donde se permite incluir el género con el que uno se identifica. En ella, se puede introducir el “estado de VIH” de cada persona y la fecha del último análisis para detectar la enfermedad. Sin mucha reflexión, puede parecer una opción idónea, pues es una aplicación que se utiliza para tener sexo y para ligar y claro, está bien contar con esta información previa sobre la persona con la que vamos a quedar. Pero, ¿no hay en esta categoría un peligro de discriminación?

¿Peso, altura, complexión, salud sexual?

Al cotillear un perfil ajeno, lo primero que observamos (inmediatamente después de la imagen) es una serie de datos que parecen crear una definición de la persona. Funcionan casi como una traducción verbal de ciertos signos que ya vislumbramos en la foto principal. Prolongan la primera impresión que uno se crea con ella. Y en ellos se incluye la altura, el peso o la complexión como una manera de decir “vale, las fotos no engañan”. Como una confirmación de lo visto. Pero, ¿es necesario incluir la información sobre el VIH junto a las categorías de peso y altura, o de rol sexual o de género? Mientras las primeras pertenecen al orden de los datos físicos y mensurables, las segundas pertenecen al orden de los deseos y de las elecciones. Pero el estado de VIH no es visible ni elegible.

¿Es comprensible equiparar en esta “ficha policial” de la persona su estado serológico? Todos los datos que incluimos en la aplicación son susceptibles de crear identidad, y la posibilidad de inscribir en el perfil (y, por lo tanto, en la superficie de la imagen que nos representa) el estado de VIH convierte a este virus, también, en un estado identitario. Pero, ¿es el VIH una identidad? O mejor dicho, ¿no es un problema convertir el VIH en una identidad? Y no lo es tanto por sí mismo sino por la serofobia que reina en la sociedad, por el miedo y marginalización que se crea en el mundo homosexual en torno a las personas seropositivas. Desde esta óptica, una persona con VIH es, antes que hombre (o mujer), antes que una profesión, antes que un sujeto, una persona con VIH. Es, a veces, una identidad que devora al resto de rasgos identitarios. ¿Acaso en Grindr escribimos que somos neuróticos o depresivos? Ahí reside el problema: en una sociedad con serofobia, ofrecer la posibilidad de escribir esta biografía de la salud de un sujeto puede conllevar a la marginalización. Y si alguien decide no inscribirlo o la última prueba del VIH es antigua, siempre surge la desconfianza, la idea de ”éste no quiere decirlo” como telón de fondo.

Es preciso advertir que una persona con VIH que toma la terapia antirretroviral no puede contagiar el virus. Nunca lo puede hacer. Estudios como PARTNER, realizado en 75 clínicas de 14 países, lo ponen de relieve: en él se realizó un seguimiento del virus en 1166 parejas serodiscordantes que realizaban sexo sin protección. El miembro portador del virus tomaba antirretrovirales, por lo que su carga viral era indetectable. El resultado del estudio fue rotundo: nadie fue contagiado por el virus. Por ello, si alguien decide no nombrar su estado serológico y toma las medidas necesarias ante cualquier acto sexual, no se le puede culpar de nada. La culpa proyectada nace de tu miedo, pero su actuación es ética y parte de una serie de estudios científicos que corroboran su conducta. Porque la ciencia ha creado, al menos, un hecho verificable: cuando el virus es indetectable, no es posible que se contagie.

 

Al tratarse de ser un virus que se transmite de forma sexual, se culpa de él a la persona portadora, y no al propio virus. Y como si fuese una especie de redención, se ha creado una especie de obligación moral de hacer público el estado serológico de cada persona. Pero el estado del VIH es un dato que pertenece a la intimidad de cada sujeto, que nadie tiene el derecho de exigir a nadie y cuya privacidad se ha de respetar. Mostrarlo o no es una elección. Y el problema no está aquí sino en el otro lado, en quien es portador del VIH y no lo sabe, y puede decir misa en el perfil de Grindr a la hora de redactar su categoría de “salud sexual”. Aquí entra la necesidad de pruebas periódicas para detectar el virus después de haber realizado una práctica de riesgo.

¿Normalización o marginalización?

La otra contrapartida de esta patologización de la identidad es la posibilidad de normalización que ofrece esta nueva categoría del perfil. Poder generar un orgullo de lo que socialmente se considera una negatividad, el VIH. Foucault nos enseñó cómo algunas categorías que hoy son de lucha, como la homosexualidad (por entonces sodomía) nacieron desde la psiquiatría. Se inscribió la sodomía en ciertos cuerpos como una esencia (y no como una práctica) y se creó un colectivo diferenciado del resto de la sociedad; más tarde, este colectivo pudo re significar su apelativo y hacerlo motivo de reivindicación y de lucha. Lo mismo ha de hacerse con esta categoría inscrita en Grindr. Si ya está instalada, hay que aprovechar sus cauces y convertirla en un arma, en una forma de combate.

Ante esta situación, queda una doble opción: que nadie haga uso de esta opción del perfil, o que se use como forma de visibilización y de reivindicación. Como manera de hacer ver que un sujeto no es, únicamente, su estado serológico. Luchar contra la esencialización del VIH y, a la vez, hacerlo visible como una posibilidad de un sujeto en la sociedad. Y, sobre todo, usarlo como forma de derrotar los prejuicios que subyacen en la serofobia. En este aspecto, quizá incluir algo más de información sobre salud sexual por parte de Grindr sería una ayuda suplementaria a este combate del que todos debemos formar parte.