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En defensa de las vacaciones en yate

Ahora que llegan las vacaciones, ¿por qué echar el ancla en un único lugar pudiendo estar en todos? ¿Por qué atarse a un resort en tierra, de los de pulsera con todo incluido y buffet de panga y macarrones? ¿Qué gracia tiene pelearse a diario por las hamacas del hotel? ¿Cómo preferir el tedio de tierra firme a una singladura llena de placeres y aventuras? ¿Quién prefiere ser el tibio residente de un hotel playero antes que una mezcla de capitán Ahab y Cristiano Ronaldo en Ibiza o Cayo Coco? En GQ estamos por el mar, por el chapuzón libre lejos de la muchedumbre, por sortear la masificada línea de costa, por bailar con los delfines, como le gustaba a Sergio Dalma. Corazón con corazón, abrazadísimos los dos, sintiéndonos la piel. Hay que soltar amarras, romper ataduras.

El ideal tendería a ser el de Sonny Crockett, de ‘Corrupción en Miami’: vivir en un barco bautizado como ‘El Baile de San Vito’ con un caimán llamado Elvis. Pero las ataduras laborales nos fijan a la tierra. Nos cautiva también el carisma zumbón de Dodi Al-Fayed zascandileando en la eslora de su barco, el ‘Jonikal’, con una despechada princesa melancólica. Un barco es libertad. Sentir que a uno nadie le manda. Las vacaciones son el momento ideal de embarcarse en dicha aventura.

Lo primero que necesitas es el yate, si es que no lo tienes ya. Compra o alquila, según tus necesidades. Damos por hecho que el dinero no es el problema, y que tienes el título de patrón de yate, que según Fomento faculta para el “gobierno de embarcaciones de recreo a motor de hasta 24 metros de eslora, y navegar en la zona comprendida entre la costa y una línea paralela a la misma trazada a una distancia de 150 millas náuticas”. Si no es el caso, contrata a alguien. Por desgracia, todo está ya muy profesionalizado y ya no es necesario dejarse caer por cantinas portuarias buscando un patrón abrazado a una botella de ron.

¿Cómo organizarse? En primer lugar, el equipaje. Pese a tratarse de modalidades de transporte distintas, haz tuyos aquellos versos de Machado: “Yo, para todo viaje (…) voy ligero de equipaje”. Han transcurrido más de cien años, y no viajarás precisamente sobre la madera de tu vagón de tercera (sino sobre la fibra de vidrio, el ferrocemento, el acero o el aluminio del barquito con que surcarás el océano), pero te será de utilidad ese mandato de llevar poco equipaje. Preferiblemente, en bolsas y mochilas flexibles, pues una maleta rígida de ruedines estorbará más de lo necesario al no poderse guardar fácilmente en cualquier sitio. ¿Qué llevar? Sigue aquí las instrucciones de José Luis Perales: “una camisa, un pantalón vaquero y una canción”. Si tienes una visión más ambiciosa (y si estás leyendo esto, damos por hecho que es así), encontrarás inspiración el dress code de James Bond: esmoquin, traje de buzo y bañador turbo con vaina para cuchillo.

Puede que asocies los náuticos a la estética normcore, pero su nombre no es azaroso: son el tipo de calzado recomendable para desplazarte por un barco. O, en su lugar, calzado de suela clara (para no dejar marcas) y suela rugosa (para agarrarse bien). No queremos que te caigas y te conviertas en la merienda de un tiburón. En el mar además hace frío, así que mete algo de abrigo. No estaría de más contar con un chubasquero amarillo del tipo de los anuncios de varitas de merluza. Si fondeas en una calita, quizá quieras desplazarte a tierra firme para sandunguear en una discoteca de moda. Te hará falta un buen look de fiesta. Eso es lo grande del barco: puedes pasar la noche bajo las estrellas o dejarte caer por los antros más exclusivos de Ibiza o Split.

Decide de antemano tu itinerario consultando los pronósticos del tiempo. Si vas a amarrar en algún puerto exclusivo, necesitarás reservar con mucha antelación.En el Port Hercule de Mónaco los amarres llegan a costar 8.000 euros al día durante el Gran Premio de Fórmula 1. Capri, Puerto Banús, Ibiza Magna o Miami Beach no son tampoco destinos baratos, pero descender de la cubierta con tu camiseta marinera de rayas, sin descontextualizar dicha prenda, es un placer que te debes a ti mismo.

Date un capricho este verano y agénciate un yate. Compagina una actitud hemingwayesca ante la vida con un lifestyle sofisticado. Disfruta del placer exclusivo de navegar por lugares poco transitados o mojar el cucu sobre la fosa de las Marianas. Torremolinos no puede compararse a Bora Bora. Este verano, cambia Cullera por el refinamiento de Isla Mauricio. Cannes es preferible a un apartamento en La Manga del Mar Menor. Recorrer los cayos perdidos del Caribe, perderse en las islas de la Polinesia. A bordo de tu barco te sentirás a salvo de los paparazzi, una sensación que los mortales sólo experimentan cuando cogen la tabarquera de Santa Pola. Estarás por fin legitimado a pasarte el día en traje de baño, enseñando six pack, ligando bronce, con la patente de corso de un marino alegal del siglo XVI.

Veranea en yate. Descubrirás que se puede vivir sin secador de pelo y lo fácil que se atasca el inodoro a bordo. No tires nada al retrete que no hayas comido previamente. Defenderás la necesidad de ahorrar agua. Disfrutarás de tener poca cobertura, desconectando realmente de la rutina. La gente que se lo pasa en grande no corre a contarlo en Instagram. Será una lección de vida. Y, además, recuerda que un barco te da los dos días más felices de tu vida: el día que lo compras… y el día que lo vendes.

 

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