Portada ‘El dragón y el lobo’ se sumerge en el clímax final de ‘Juego de Tronos’, polémicas incluidas
Cine Cultura

‘El dragón y el lobo’ se sumerge en el clímax final de ‘Juego de Tronos’, polémicas incluidas

Revista Zero

 

Cuando Taylor Swift lanzó hace unos días su nuevo tema, ‘Look What You Made Me Do’, en los análisis de casi todos los medios de comunicación se insertaron referencias a ‘Juego de Tronos’. Su oda a la venganza, inspirada en sus rivalidades con estrellas como Kanye West o Katy Perry, parecía escrita por la mismísima Arya Stark, incluidos sus guiños medievales (¿la Boda Roja?) y una lista de nombres tachados con rojo sangriento. Es como si ‘Juego de Tronos’ estuviera en todas partes. La cultura popular se ha juegodetronosizado como ya lo hizo la política. La relación entre la serie y la forma en que vemos a nuestros líderes es curiosa; el éxito de la adaptación de HBO sería incomprensible sin nuestro momento político clave, y a la vez es imprescindible para explicarlo y entenderlo. ‘Juego de Tronos’ se ha convertido en el gran fenómeno de nuestra década por ser puro espectáculo, pero también pura actualidad: cómo asumimos el peso de la Historia, la imposibilidad de superar las rencillas por un futuro mejor, la caída de las viejas estructura ante la llegada de nuevos héroes y de nuevas amenazas…

Todo eso ha estado en la controvertida séptima temporada de ‘Juego de Tronos’, y también en su episodio final, ‘El dragón y el lobo’. Aunque la estructura narrativa de la serie ha mutado en las últimas entregas, este capítulo se ha dedicado de nuevo al retrato de los personajes y a la asunción de las consecuencias de la penúltima emisión, y las anteriores. ‘Más allá del muro’fue la definitiva constatación de una Gran Guerra inminente, y estos últimos minutos, escritos por D. B. Weiss y David Benioff y dirigidos por Jeremy Podeswa, abordan la imposibilidad de una coalición contra el Rey de la Noche. La reunión entre Daenerys Targaryen, Jon Nieve y Cersei Lannister, en unas ruinas de Desembarco del Rey donde se encadenaba a los dragones (con todos los mensajes que implica eso), ha sido uno de los momentos dramáticos y dialécticos más intensos de la ficción, también uno de los más frustrantes, marca de la casa. A pesar de todo lo que sugerían esos esperados encuentros (geniales las escenas entre Cersei y Tyrion, y luego Cersei y Jaime), la Leona promete una traición que se desplegará en la temporada octava.

 

Podríamos decir que Cersei Lannister ha sido de nuevo la protagonista indiscutible, como ya lo fue en el insuperable ‘Vientos de invierno’. Aunque ‘El dragón y el lobo’ no ha deparado grandes muertes ni revelaciones sorprendentes, es justo alabar cómo los guionistas han encajado las piezas en la construcción de sus personajes, con especial interés en los femeninos. La Reina Lannister renuncia a una tregua con tal de mantener el poder para su futuro hijo (al contrario de lo que parece lógico: elegir la vida frente a los Caminantes Blancos), y por fin sabemos que el duelo entre Sansa y Arya Stark tenía un propósito, unir a las hermanas en un crimen que sabe más a justicia que a venganza, aunque la línea entre una y otra vuelve a difuminarse: Meñique muere degollado por todas sus traiciones a los Stark. Ya incluimos algunos apuntes sobre esto en la primera crítica de la temporada: frente a la heroicidad vacía de sus figuras masculinas, son las mujeres las que representan la única Revolución política en Poniente. Aunque no estemos de acuerdo con sus decisiones, son ellas, valientes, oscuras y falibles, quienes han roto la rueda.

La séptima temporada de ‘Juego de Tronos’ también ha demostrado que el camino para pulir esos arcos narrativos es muy titubeante; la rivalidad entre Sansa y Arya, que se ha pintado con brocha gorda, y el tratamiento de la testarudez de Daenerys son casos de estudio. De hecho, es frustrante que la personalidad de Dany se haya domesticado a favor de obviedades heroicas (incluso románticas) espoleadas por los personajes masculinos. Tyrion ha destacado por reprobar en todo momento la conducta de Madre de Dragones (con razón, sí, pero, si ya intuimos que es impulsiva y que está equivocada, ¿por qué señalarlo así?), y al final se la castiga con la muerte de Viserion, una crisis emocional que la termina empujando a los brazos de Jon. Esta penúltima secuencia de ‘El dragón y el lobo’, cuando se resuelve la tensión entre la Targaryen y el Rey en el Norte, a la vez que Sam y Bran narran su parentesco (el bastardo es hijo legítimo de Rhaegar Targaryen y Lyanna Stark y heredero del Trono de Hierro, gran conflicto de futuro), es un ejemplo perfecto de lo peor de esta entrega. Se premia una heroicidad superficial en lugar de sugerir los claroscuros morales y personales, habituales en la serie, tras cada decisión.

 

Han sido estas concesiones a la hora de escribir situaciones importantes y completar el desarrollo de los personajes lo que más recelos ha despertado de ‘Juego de Tronos’, y no las polémicas elipsis. La rapidez con la que se han sucedido los acontecimientos de la séptima temporada, en ocasiones de forma inverosímil, no son tanto el resultado de abandonar la senda de George R. R. Martin como de habernos sumergido de lleno en el último acto de la historia. Los largos viajes a los que la serie nos tenía acostumbrados (recordemos la inmovilista quinta entrega; no todo ha sido ideal en su trayectoria) eran también una excusa para motivar el crecimiento de sus protagonistas, arcos narrativos ya prácticamente completos. Esta recta final ha sido algo más descuidada, pero también más espectacular, a la altura de sus mejores momentos; quizá no al nivel de la anterior, la casi redonda sexta entrega, pero tal vez sí al de la tercera, otra aventura explosiva y clave en la serie. Pisar el freno ahora es imposible, y además sería incoherente e innecesario. Así funcionan los clímax, y ‘Juego de Tronos’ ha entrado en el suyo siendo no solo fiel a sus grandes conflictos de actualidad, de épica y de moralidad, sino dando a sus espectadores lo que llevan años esperando: una Guerra en la que todo está en juego.

Mercedes-Benz