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El culo helado

Y ahí estás, sentado en el váter mientras tecleas furiosamente. Se te han dormido las piernas pero nada importa. Necesitas compartir toda esa bilis que te sale de dentro. Pontificar desde tus redes sociales. Decir lo que está bien y lo que está mal, lo que hay que leer y lo que hay que obviar, dónde hay que ir, qué hay que hacer y con quién. Toqueteas la pantalla con rapidez, pasando de un párrafo a otro, sin estructura, total, ¿para qué? Se tragarán lo que sea. Le darán al like, alguien lo acompañará con unos emojis de aplausos y te sentirás realizado. Poco importa si puedes haber ofendido a alguien. Que no te siga, que es tu muro y ahí haces lo que quieres. Recular no es una opción. Si no les gusta, que te dejen de seguir. ¿O acaso tú no lo has hecho cuando te han llevado la contraria?

Repasas con satisfacción el post que piensas compartir. Si alguien se atreviese a hacerlo contigo… Pero eso no pasará. Eres intocable. Todo el mundo te alaba, te piropea, te ensalza. Tampoco tienes muy claro por qué, pero lo llevas con orgullo. Das de comer al haterismo ajeno. Dices lo que ellos no se atreven a decir y te sientes estupendamente. Reproduces tus discursos en voz alta y todavía te sientes mejor. Joder, es que ya era hora de que alguien lo dijese. Fulano es lo peor. Qué vergüenza da, qué grima, qué espanto todo lo que produce. Tienes el culo helado y los calzoncillos por los tobillos. Dejas el móvil en la repisa, estiras los pies y te levantas. Te lavas las manos mientras miras de reojo como llegan los primeros me gusta. Otro éxito. Lo has vuelto a conseguir. Menuda panda de pringados, te repites mientras tiras de la cadena. ‘Sabía que hoy iba a petarlo’.

Fuente: Cortesía El Hombre Confuso