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Relatos gay

El drama del día

España se ha vuelto loca con el tongo de Eurovisión. Es el drama del día. No importa el tema, no importa el momento, no importan ni siquiera los protagonistas. Necesitamos algo sobre lo que hablar -en redes sociales, que por la calle la cosa cambia-, un estandarte para abanderarnos, una excusa para dejar claro que aquí hay que tomar posición. No valen las medias tintas, pese a que luego nos pasamos el resto del día afirmando que cada uno debe actuar en libertad. Hoy le ha tocado al festival de la canción -como si a alguien le importase-, mañana puede ser cualquier otro asunto. ‘¿Recuerdan cuando twitter era un glorioso campo de ideas, buen rollo y amistad a distancia?’, afirman los viejos del lugar. Como si eso hubiese existido en algún momento. Como si el paso del tiempo no hiciese que dulcificásemos los recuerdos para creer que, antes, las cosas eran mejor. Los hombres eran más guapos -¡lo eran!-, las comidas más saludables y puede que incluso los penes más grandes. Sí, o escribo pene o reviento, ¿qué pasa? Ya saben la libertad individual no tiene fronteras. Ni vergüenzas.

Despertar un domingo rodeado de polémicas es, posiblemente, lo mejor que podía pasarnos. La evolución social en estado puro. Saberse acompañado sin haber sacado ni un pie fuera del nórdico. Sentir el calor de la respiración ajena, el abrazo de la opinión sesgada, las caricias del mensaje directo. Todo con una mano y una pantalla brillante. Ni bajar a la calle. Ni sonreír a los desconocidos. Luego nos quejamos de que nos deshumaniza, ¡pero qué calentito se está en el sofá! Renunciar a la manta es ya un acto de fe. Los que nacimos sin saber qué era eso del ciberespacio sentimos como algo se va marchitando poco a poco. Mi mundo en desaparición. La culpa es nuestra, no se olviden. Le cogimos muy rápido el gusto a los avances y nos olvidamos de prestar un poco más de atención a los que estaban llegando. De haberlo hecho, nos encontraríamos con otras cosas. ¿Mejores? Seguramente. La ventaja de fabular, que todo sabe siempre mejor cuando no existe. ¿Se han dado cuenta de que he escrito pene en el párrafo anterior? Lo repito por si hay alguien leyendo en diagonal.

Cada vez que acudo a la red social del pajarito para decir que se nos ha ido de las manos un tema y ya deberíamos dejarlo descansar -¡por favor, respetemos los ritmos de internet!-, alguien me comenta, raudo y veloz, que hay veces que yo insisto en otros temas y ellos no dicen nada al respecto. ¡Cómo si yo les tapase la boca virtual para que no opinasen! Twitter se ha convertido en un espacio donde lanzar nuestra opinión aunque a nadie le interese -hacerlo en voz alta es mucho más arriesgado-, mear contra el viento, meterse en lodazales y quejarse. Fundamentalmente, quejarse. Twittear sobre el bochorno que nos provoca la política ejerce un sentimiento liberador que nos hace sentir mejores. En realidad, no estamos haciendo nada por cambiar la situación, pero, oiga, que yo eso lo dije en twitter. Lo mismo ocurre cuando vemos un ‘Salvados’ o visionamos un documental sobre un situación problemática a través de Netflix. Podríamos haber optado por ‘GH VIP’ y no lo hemos hecho, ergo, somos mejores personas que la media. Así funciona el cerebro humano. Así funcionan las redes sociales. Así funcionan los penes. Ah, no, que ahora no toca.

Hablar de todo esto mientras un jovenzuelo en ropa interior ilustra la cabecera del texto es arriesgado. Incluso temerario. Lo descalifica todo antes de empezar. No iba a quedarme yo libre de contradicciones. Diría que lo hago por un mero aspecto comercial, sabedor de que nadie pincha en los enlaces que no llevan un reclamo sexual en forma de imagen. Algo que, como todo el mundo conoce, no puede ser más verdad. Pero la realidad es que lo hago porque me gusta. Podría frenarme y optar por cosas que no fuesen tan obvias, tan marca de la casa -dense una vuelta por mi instagram-. También sería mucho más aburrido. Piensen que los hago por ustedes, queridos lectores. Para que se entretengan, se exciten y, si no les gusta, se quejen. Ay, la queja, qué mal recibida es pero qué bien sienta la jodía. ¿He dicho pene? Venga, va, me callo.

Fuente:  El Hombre Confuso