Portada El primer diputado abiertamente gay de Guatemala: “Quiero creer que mi elección es fruto de un cambio”
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El primer diputado abiertamente gay de Guatemala: “Quiero creer que mi elección es fruto de un cambio”

Aldo Dávila (Ciudad de Guatemala, 1977), el primer candidato homosexual que alcanza un escaño en el Congreso guatemalteco, ha recorrido un camino cuando menos complicado en uno de los países más conservadores de América Latina. Llega al Legislativo con ideas firmes, sin haber tenido en ningún momento siquiera la duda de ocultar su preferencia sexual y habiendo entrado a la contienda ya como un activista reconocido del colectivo LGTBI en el país centroamericano. Nacido en el seno de una familia católica y solo por razones prácticas fue inscrito en el colegio evangélico Adonai, a muy corta distancia de su casa, en uno de los barrios populares de mayor raigambre de la capital.

Ser el mayor de tres hermanos, cuenta a EL PAÍS en su apartamento del centro histórico de la capital, complicó su definición ante el resto de la sociedad y tras quedar huérfano a los 14 años pasó a ser el principal sustento en su casa. Con la llegada de la adolescencia también se definió su inclinación. Fue, dice, el inicio de una etapa particularmente difícil. En el colegio, su director y los compañeros de estudios empezaron una campaña de acoso insufrible. A la homofobia su sumaron los prejuicios religiosos, el pecado, la amenaza del infierno y la angustia de fallarle a su madre y hermanos. En este acoso destacó siempre el director del colegio, cuyo nombre omite. Décadas después de haber abandonado el colegio, continuó la campaña para desprestigiarlo a través de las redes sociales. “Me sigue condenando al infierno, señalándome de sidoso. En 2015 decidí denunciarlo ante las autoridades y ahora tiene una orden de captura”, apunta el político del partido Winaq, fundado por la histórica líder indígena y Nobel de la Paz Rigoberta Menchú.

Como suele ser habitual en Guatemala, son las mujeres quienes abren brecha: en la actual legislatura, la diputada Sandra Morán Reyes se declaró lesbiana y feminista y ha mantenido una agenda de inclusión. De reconocimiento a la dignidad de las personas con preferencias sexuales diferentes, pero también por los sectores tradicionalmente excluidos,como las poblaciones indígenas y los sobrevivientes de las masacres de la guerra. Reyes ganó su escaño impulsada por el partidoConvergencia, de tendencia socialdemócrata y con un fuerte componente de los pueblos indios. Pero Dávila es el primero en hacer campaña hablando abiertamente de su preferencia sexual.

El ya diputado electo se ha convertido en un pionero en un país en el que la homofobia sigue siendo común en el día a día. En Guatemala, dice, lo que no se conoce se agrede. Los fríos datos parecen darle la razón: en lo que va del año, el colectivo LGTBI ha sufrido crímenes de odio como nunca antes. Casos como el de José, en Huehuetenango (norte, frontera con México), asesinado y en cuyo cadáver escribieron oprobios con una navaja, o el del crimen de dos lesbianas en El Progreso (este), en cuyos cuerpos —amarrados uno junto al otro— también se escribieron mensajes de odio. Crímenes de otra era en muchos otros países de la región y que en el caso guatemalteco permanecen aún como una constante.

Con todo y el machismo imperante, su victoria en la carrera por un puesto en el Parlamento —a mediados de junio— es un importante paso, también en el terreno de lo simbólico, hacia una sociedad más tolerante. “Quiero creer que el escaño ganado es por tolerancia, por respeto, por aceptación… También tiene que ver con la unidad de la diversidad sexual: me atrevo a decir que la mayoría de votos con los que gané provienen de ahí. Pero también de gente que conoce y reconoce mi lucha contra la corrupción y la impunidad. Gente que vio en mí más allá del gay para encontrar a alguien dispuesto a luchar por una Guatemala mejor”.

Desde el Legislativo, subraya, Dávila también luchará por una mayor inclusión de la mujer en la administración pública, otra de las grandes asignaturas pendientes: en la próxima legislatura la representación femenina quedará reducida al 20% de los escaños. Y eso, cuando en el padrón electoral hay mayoría de mujeres. “Estamos en un país donde las mujeres están en clara desventaja. Tienen menos acceso a la educación, a la salud, al trabajo y a la justicia… Es algo que tenemos que erradicar. En nuestra agenda está el promover el respeto a los derechos integrales de la mujer y el incentivarlas a participar en política”.

Será un trabajo arduo, con una batería de propuestas que no se limitarán a trabajar por el colectivo gay. “Mi agenda es la de los derechos humanos de las poblaciones históricamente excluidas —juventud, mujer, pueblos indígenas, personas con discapacidades, personas que viven con VIH— y, obviamente, la de la diversidad sexual”, añade en conversación con EL PAÍS. Principios de acción a los que se suma otros dos vectores que orientarán su tarea parlamentaria: la lucha contra la corrupción y la batalla sin tregua contra la impunidad.

“En lo que se refiere a la diversidad sexual, mis prioridades serán la ley de identidad de género y la penalización a los discursos de crímenes de odio, porque para que se ejecute un crimen tiene que existir previamente ese discurso. [Además] hay otras que considero vitales, como la de protección a las niñas abusadas sexualmente, que deberán tener un acompañamiento pleno de parte del Estado durante su embarazo y garantizarles que puedan seguir con sus estudios después del alumbramiento”, dice con convicción y seguridad. Sobre el VIH, el congresista electo destaca que siempre recibió el tratamiento adecuado por parte de la sanidad pública: “22 años después de que fuera diagnosticado estoy indetectable: no estoy curado pero tampoco lo transmito y mi pareja está libre del virus”.

Pero la guía que regirá su carrera legislativa será, por encima de todo, “salir del Congreso con la frente en alto, como he llegado. Y demostrar que desde la diversidad sexual trabajamos por todas las personas. Que no llegué con la agenda gay”.

Una sociedad intolerante

Hasta mediados de junio, el Observatorio de crímenes violentos contra la diversidad sexual ha documentado hasta 12 casos de asesinatos atribuibles a la orientación de las víctimas en Guatemala, según informa a EL PAÍS el secretario general de la Red Nacional de Diversidad Sexual, Carlos Romero, que señala también que existe un subregistro atribuible a que no existe un patrón unificado para documentarlos.

El reto de construir una sociedad más tolerante es un reto complejo y de largo plazo. “No es tan simple. La exclusión el algo estructural y el Estado rehúye sistemáticamente su responsabilidad”, apunta Romero. “No existe de su parte un verdadero interés: cualquiera se siente con derecho a agredirnos, a disminuirnos, a volvernos invisibles”. Con todo, dice tratando de abrir una puerta a la esperanza, “hemos logrado pequeños avances y la juventud llega con criterios más tolerantes”.

El papel de las iglesias —católica y, más recientemente, evangélicas—, tan influyentes en Guatemala, tampoco ayuda a cambiar las cosas a la velocidad deseada. “El poder político es muy tradicional y, para poder sostenerse, tiende puentes con otros poderes igualmente tradicionales: el económico, el religioso y el de las familias tradicionales. Todo un frente articulado para anular cualquier esfuerzo de cambio”, cierra el responsable de la Red Nacional de Diversidad Sexual.

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