Portada El vaciador de HUEVOS
Relatos gay

El vaciador de HUEVOS

Desde el inicio de la semana me la pasé deseando que llegara el viernes, prestando la mínima atención a todo lo que sucedía a mi alrededor en el colegio. Era la primera vez que mi mejor amigo se quedaba completamente sólo en casa por todo un fin de semana y habíamos hecho planes para aprovecharlo al máximo.

A pesar de que hubiera preferido pasar los dos días a solas con él, no me molestó que invitara a dos amigos más, mientras más gente había más divertido sería aquel fin de semana.

Mario y yo habíamos sido amigos desde que tenía memoria, inseparables desde el primer grado, incluso nuestros cumpleaños caían la misma semana y siempre que podíamos lo celebrábamos juntos como los mejores amigos que éramos.

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Pero no había sido hasta hace unos meses, cuando ambos cumplimos quince años, que empecé a mirarlo con otros ojos. Claramente la adolescencia le había asentado de maravilla. En un corto tiempo había pasado de ser un chiquillo regordete y bajito a ser un muchacho fornido de espaldas anchas y piernas largas. Más de una vez habíamos hablado de su increíble transformación y de lo poco que yo había cambiado a comparación de él. Mi cuerpo aún seguía teniendo la misma forma de siempre, ni gordo ni delgado, de una altura promedio para mis quince años y con las mismas nalgas grandes y regordetas por las que siempre había sufrido bromas desde que era pequeño, ningún cambio extraordinario como el de Mario.

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No estaba seguro si la transformación que había sufrido su cuerpo era la causante de que ahora lo mirara con otros ojos, o era sólo parte de mi edad. Lo cierto es que desde hace unos meses su sola presencia tenía un efecto diferente en mí. El suave aroma de su piel me hacía querer estar siempre a su lado, lo más cerca posible de él. Desde entonces nos volvimos aún más inseparables, lo que hizo que empezara a tener sentimientos por él.

Debo admitir que nunca se me había ocurrido pensar que yo podría ser gay. Hasta ese momento había llevado una vida normal como cualquier muchacho, con enamoradas y agarres normales de la edad, nada extraño que pudiera indicar mi inclinación por personas del mismo sexo.

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Pero Mario me hizo darme cuenta de que tal vez había una parte de mí que ni yo mismo conocía bien. Desde que empecé a sentir esa atracción por él, empecé a fijarme también en su cuerpo, en la forma de sus brazos y en el discreto paquete que se ocultaba entre sus piernas. Cada que tenía oportunidad lo visitaba en su casa y no perdía detalle de su cuerpo cuando se cambiaba de ropa o se daba una ducha.

Pero aquello también despertó mi curiosidad por otros hombres, no sólo por Mario, lo que hizo que mi forma de actuar cambiara con algunos de mis amigos, especialmente con los bien parecidos.

Poco a poco empecé a disfrutar más de los juegos morbosos que a veces se desataban entre los hombres de mi salón, disfrutando tal vez más de lo debido cuando alguien me agarraba las nalgas o me restregaba su paquete en son de broma.

Gracias a Mario, mis gustos empezaron a cambiar, pero aún no era lo suficientemente valiente como para intentar algo con él o con alguien más, a pesar de que las hormonas y la morbosidad recorrían mi cuerpo cada hora del día.

Por fin, luego de una eterna semana, llegó el viernes por la tarde y desbordando de emoción llegué a casa de Mario, cargando sólo una pequeña mochila en mi espalda.

―¡Dani! Eres el último en llegar ―me saludó Mario, abriendo la puerta de par en par para dejarme pasar.

Apenas entré a la casa me encontré con Raúl y Rafa, cada uno con su respectiva mochila colgando de sus hombros.

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―Tardón ―gritó Raúl a manera de saludo, con una sonrisa en los labios.

―Hey ―dijo Rafa amistosamente, levantando la mano como saludo.

Con una enorme sonrisa en los labios me acerqué hacia ambos y los saludé estrechando sus manos en forma diferente. Con Raúl el trato era más relajado y confianzudo, mientras que con Rafa era más amical y respetuoso, principalmente porque no nos conocíamos mucho en ese entonces.

Raúl era un compañero del colegio y nos conocíamos desde hace varios años, casi tantos como con Mario, siempre andábamos en grupo durante las horas de clase y participábamos juntos en casi todos los proyectos que nos dejaban. Éramos muy buenos amigos.

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Con Raúl me pasaba algo muy extraño, a pesar de que él era muy bien parecido, alto y con músculos por todas partes, algo raro para alguien de quince años, no me sentía atraído por él y sólo lo venía como un amigo, nunca se me ocurrió pensar en él de alguna otra forma, por más que tuviera el cuerpazo que tenía. Él era una extraña excepción para mí.

Por otro lado Rafa siempre me había parecido atractivo. Tenía uno de esos rostros cuadrados sexys y una ligera barba que cubría de extremo a extremo su rostro, sin ser exagerada. Su mirada era dulce y cada vez que sonreía se le hacían dos hoyuelos en sus mejillas. Su cuerpo era fornido, sin llegar a ser musculoso, lo suficiente para que se le viera un pecho marcado cada vez que usaba una camiseta pegada.

Al igual que mis otros amigos, Rafa también era más alto que yo, lo que me convertía en el más pequeño en aquella casa.

Rafa era el vecino de Mario y uno de sus mejores amigos, después de mí claro. Era mayor que nosotros por casi tres años y se encontraba postulando a la universidad es por ello que no lo conocía muy bien, ya que sólo lo veía las veces que venía a visitar a Mario.

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― ¿Trajiste lo que te pedimos? ―le preguntó Mario a Rafa, y de inmediato todos nos volvimos hacia él.

― ¡Por supuesto! ―exclamó Rafa sacando abriendo su mochila y enseñándonos la dos botellas de Vodka que llevaba escondidas.

― ¡Excelente! Pero debemos hacer que dure ―intervino Raúl, tomando una de las botellas y sacándola de la mochila―. Empecemos con la mitad de esta botella esta noche.

Todos accedimos con enormes sonrisas en nuestros rostros y de inmediato fuimos corriendo hacia la cocina a preparar todo para la gran bomba que nos íbamos a dar para empezar bien aquel glorioso fin de semana.

Por horas y horas conversamos y nos reímos, tomando y fumando en la azotea de la casa de Mario, echados uno contra otro, cubiertos por una enorme manta que dejaba solo al descubierto nuestros brazos y cabezas.

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Por más que intenté acercarme a Mario para echarme a su lado, las circunstancias no lo permitieron y termine apachurrado entre Rafa y Raúl, quienes por ser más altos que yo, tenían la manta tan arriba que sólo mi cabeza quedaba al descubierto.

―… Ya Mario, ¡te toca! ―exclamó Raúl, pasándole el vaso de licor a mi amigo.

El calor de la situación, el licor en mi sangre y la proximidad de aquellos cuerpos que me apachurraban, me tenían sumamente agitado, intentando en todo momento ocultar la erección que empezaba a asomarse en mis pantalones.

Gracias a que mi concentración se encontraba enfocada en tratar de controlar mis hormonas, no había escuchado la pregunta que ahora circulaba al grupo. Sólo volví a prestar atención cuando escuché el nombre de mi amigo.

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―Pues… sí… si me la han chupado ―contestó Mario, y de inmediato la sangre se me subió a la cabeza. En otro momento tal vez mi primer pensamiento hubiera  de reclamo, ya que siendo su mejor amigo Mario debió había haberme contado a mi primero, pero debido a la calentura del momento en lo único que pude pensar fue en su pene duro y jugoso y en una boca subiendo y bajando sobre él.

Esta demás decir que aquellos pensamientos no ayudaron en mi tarea de controlar mis hormonas.

― ¡Cuenta! ¡Cuenta! ¿Quién fue? ¿Fue Sofía? ¡Cuenta! ― insistió Raúl, claramente emocionado.

―No, no… claro que no ―respondió Mario de inmediato―. Fue una flaca en la boda de mi primo. Estábamos tan borrachos que termino chupándomela en el jardín trasero.

―Wowww ―exclamó Raúl extasiado.

Mi mente seguía volando sin control, imaginándome como se vería el pene de Mario en completa erección. Muchas veces lo había visto desnudo, pero nunca en todo su esplendor, pero a juzgar por sus medidas estando flácido, debía ser un tremendo garrote al encontrarse erecto.

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En un torpe intento por acomodarme el pene, que gracias a la erección que me habían causado mis pensamientos estaba apretándose contra mi bóxer, deslicé mi mano por debajo de la manta que cubría mi cuerpo, pero a causa de que me encontraba medio borracho no medí mis movimientos y en lugar de llevar mi mano a mi pene, me topé con el pedazo de carne duro y caliente que se encontraba ajustado entre las piernas de Rafa.

A pesar de que fue sólo un segundo, pude sentir perfectamente sus dimensiones, su dureza y su calentura. Tal vez no era extraño pensar que alguien de la contextura de Rafa pudiera tener un pene como ese, pero igual me dejó sorprendido.

De inmediato retiré mi mano y me volvió instintivamente hacia Rafa, encontrándome con su rostro sorprendido, mirándome de forma extraña.

―Lo siento ―susurré lo suficientemente fuerte para que pudiera escucharme sin que los demás se dieran cuenta.

Rafa sonrió pícaramente y luego asintió con la cabeza.

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Todos continuamos conversando pero por más que intentaba concentrarme en lo que hablábamos, no podía sacar de mi mente aquel bulto duro y caliente que acababa de tocar. Mi corazón palpitaba fuerte y sentía calor por todo mi cuerpo al saber que se encontraba tan cerca de mí, a sólo unos centímetros. Mis manos me picaban, quería tocarlo de nuevo, quería sentir su calor y conocer su forma, su textura. Mis hormonas estaban fuera de control.

Me la pasé callado por un buen rato más, tratando de que no se notara mi excitación, hasta que ya bien entrada la noche poco a poco empezaron a quedarse dormidos uno por uno, dejando pronto el lugar en completo silencio.

Pero a pesar de que me encontraba mareado y cansado, no podía conciliar el sueño. Mi sangre seguía hirviendo y no me dejaba descansar. En lo único que podía pensar era en aquel Rafa y en su pedazo de carne caliente, acostado junto a mí.

Por un largo rato me quedé inmóvil, en silencio, pensando… maquinando una forma de volver a tocarlo sin que se diera cuenta… tal vez haciéndome el dormido podía darme vuelta y rozarlo de alguna forma… algo tenía que ocurrírseme.

De pronto Rafa empezó a moverse, girando su cuerpo hacia la izquierda, hacia donde me encontraba, y entonces pude sentir nuevamente aquel pedazo de carne, esta vez apretado contra mi pierna derecha.

A pesar de que había pasado mucho tiempo, el pene de Rafa seguía tan duro y caliente como lo recordaba

La sangre en mis venas empezó a correr con más fuerza y sentí mi cabeza a punto de explotar de calentura. Lentamente empecé a mover con sutileza mi pierna derecha, sobándola lo más discretamente posible contra su paquete, tratando de sentirlo mejor, de descifrar su forma, su tamaño, pero sabía que eso no sería suficiente… tenía que tocarlo.

Disimuladamente volví la mirada hacia el rostro de Rafa para asegurarme de que se encontrara durmiendo y luego moví lentamente mi mano hasta mi pierna, extendiendo primero un dedo hacia aquel paquete caliente.

Con suavidad empecé a acariciarlo, presionando poco a poco, cada vez más fuerte para sentir su dureza, dándole miradas de vez en cuando al rostro de Rafa para asegurarme de que siguiera dormido.

Luego de un minuto ya tenía cuadro dedos acariciando el paquete, apretándolo suave, sintiéndolo palpitar, moverse de vez en cuando, reaccionando a mis caricias.

Entonces la calentura tomó control de mi cuerpo y sin importarme nada deslicé mi mano hasta el botón del pantalón de Rafa y empecé a desabrocharlo, luego con sumo cuidado empecé a arrastra el cierre hacia abajo hasta que su pantalón quedó lo suficientemente abierto para que yo pudiera meter mi mano completa entre su ropa interior.

Sin perder tiempo, respiré profundo un par de veces y luego hundí mi mano dentro de su bóxer, encontrándome piel a piel con aquel pedazo de carne duro y caliente, liberándolo de la prisión que lo mantenía apretado.

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Mi corazón latía con fiereza, deseando con todas mis fuerzas que aquella manta no estuviera sobre nuestros cuerpos para poder ver aquel enorme pene en toda su gloria. Pero sabía que eso era muy arriesgado, así que sólo me conformé con acariciarlo y masturbarlo bajo la manta, mojando mi mano con el líquido viscoso que salía de él.

Una vez más volví la mirada hacia Rafa para asegurarme de que siguiera dormido, pero esta vez me encontré con sus ojos bien abiertos, mirándome con un brillo de excitación en su rostro.

De inmediato retiré mi mano, soltando bruscamente su pene, con el rostro rojo de vergüenza y sin saber que decir.

―Tranquilo ―susurró Rafa, mirando discretamente el cuerpo de nuestros amigos profundamente dormidos―. Sigue si quieres.

Sus palabras provocaron que mi corazón diera un brinco y sin esperar que repitiera sus palabras volví a hundir mi mano en su entrepierna, sobando y masturbándolo con firmeza esta vez, disfrutando sin miedos de aquel enorme pene caliente y jugoso.

Por un largo rato lo masturbé, sobando cada rincón de su piel con mis dedos, embadurnando toda mi mano con sus líquidos, con su calor.

Entonces Rafa sin decir una palabra y con una evidente duda en su rostro, estiró su mano hasta mi entrepierna y me sujetó el pene con torpeza, agarrándolo fuerte y sobándolo un par de veces de arriba abajo. Luego volvió a quitar su mano.

Aquel gesto hizo que pusiera más empeño en mi trabajo, empezando a realizar una masturbación más rápida, intercalando mis dos manos.

Pero cuando hube alcanzado un ritmo acelerado en la masturbación, Rafa colocó su mano sobre la mía para detenerme y luego se acercó hasta mi oído.

―Chúpamela ―me dijo y sus palabras hicieron que mi estómago diera vueltas.

El morbo de la situación me decía que lo haga, que me deslizara debajo de la manta y me metiera aquel pedazo de carne en la boca, pero no estaba seguro de eso. Nunca había hecho algo así antes… era la primera vez que tocaba el pene de otro hombre y que lo masturbaba… no estaba seguro si estaba listo para hacer algo más que eso.

―No sé ―contesté dudoso.

―Ya pues… chúpamela… un ratito aunque sea ―suplicó.

Al escucharlo suplicar de la forma en que lo hizo, inmediatamente el morbo sobrepasó a la razón y asentí suavemente con la cabeza.

Respiré profundo un par de veces y luego me metí debajo de la manta, deslizándome suavemente hacia abajo, con una mano aferrada en su pene para no perder el camino.

Entonces pude sentir su aroma fuerte, ese olor a sexo y a hombre que en algún momento pensé era repulsivo y que en ese momento me parecía increíblemente atrayente.

Sin poder contenerme más, apreté con mi mano derecha su pene y acerqué mi boca a la punta. El cuerpo de Rafa se estremeció al sentir mi aliento contra su glande y pude sentir a su pene endurecerse más, si es que eso era posible.

―¿Están despiertos?

La voz de Mario me sobresaltó, haciéndome entrar en pánico.

De inmediato solté el pene de Rafa y me deslicé a mi sitio, haciéndome el dormido al instante.

―¿Qué hay? ―escuché responder a Rafa y luego sentí a Raúl moverse.

―Me cago de frio… hay que entrar ―dijo Mario y sin esperar respuesta empezó a ponerse de pie y a levantar la manta de sobre nuestros cuerpos.

―Aquí está bien ―replicó Rafa, pero ya era tarde para hacer cambiar de opinión a Mario.

―Sí… entremos ―escuché decir a Raúl con voz somnolienta.

Sin decir una palabra me puse de pie, ocultando con mis manos mi erección y observando de reojo como Rafa se arreglaba su pantalón disimuladamente.

Aún medio dormidos los cuatro entramos en la casa, directo a las habitaciones.

―Rafa y Raúl duerman allá ―ordenó Mario con los ojos entre cerrados, señalando la habitación de al fondo del pasillo―. Dani y yo dormiremos aquí ―continuó señalando su habitación.

Raúl obedeció de inmediato y de lejos lo vi desplomarse sobre la cama. Rafa, por otro lado, caminó lentamente y sin ganas hacia la habitación, volviéndose cada cinco segundos a mirarme, con el fuego aún encendido en sus ojos.

Resignado y algo asustado por lo cerca que estuve de ser descubierto, me eché en la cama junto a Mario y pronto me quedé dormido, arrepintiéndome de lo que acababa de hacer y pensando preocupado que pasaría al siguiente día, cuando tenga que volver a ver a Rafa.

 

Los rayos del sol del mediodía, colándose por la ventana de la habitación de Mario, lograron hacer que abriera los ojos. Me sentía confundido por todo lo que había sucedido la noche anterior y tenía un dolor de cabeza terrible.

Mario ya se encontraba de pie, cambiado y listo para salir.

―¡Oye dormilón! ¡Te apuras o te dejamos! ―dijo y luego salió de su habitación.

Me tomó un momento recordar que teníamos planes de ir a la playa esa tarde, aunque realmente no tenía muchas ganas de salir con el dolor de cabeza que sentía.

A duras penas me puse de pie, me dio un baño rápido y me alisté, caminando con temor de encontrarme a Rafa por los pasillos de la casa, pero no sucedió.

Cuando estuve listo bajé las escaleras y los encontré a los tres listos y esperándome.

―Hey… sorry por la demora ―me disculpé y pasé la mirada por todos, incluyendo a Rafa, quien me miró como si nada hubiera sucedido la noche anterior.

Durante el camino a la playa y todo el rato que estuvimos allá, Rafa no mostró señas de estar molesto o avergonzado, me trató amicalmente como siempre lo hacía, como si realmente nada hubiera sucedido.

Ya al atardecer, cansados y hambrientos regresamos a la casa, pedimos un par de pizzas y nos pusimos a mirar videos por internet, sentados alrededor de la computadora de Mario.

―Me dijeron que Sara subió un video en ropa de baño en su cuenta de youtube ―dijo Raúl, moviendo su banco hacia el frente y empezando a teclear el nombre del video en la computadora.

―No man… así no se llama ―le corrigió Mario, moviendo su banco junto al de Raul, dejándonos a Rafa y a mí detrás de ellos, mirando lo que escribían en la computadora.

Mis ojos se movían de arriba abajo, enfocados en el monitor, cuando de pronto una mano me sujetó por la cintura, aferrándose con fuerza a ella.

Sin saber que decir me volví discretamente hacia Rafa y me encontré con su mirada encendida, como había estado la noche anterior.

Discretamente intenté hacerle gestos para que me soltara, ya que era muy peligroso estando tan cerca de mis amigos, pero él simplemente colocó un dedo sobre sus labios indicándome que me mantenga callado.

Entonces su mano empezó a deslizarse hacia abajo, recorriendo suavemente mi nalga derecha. De inmediato mi sangre empezó a arder nuevamente en mis venas y el calor subió a mi cabeza.

Lentamente pero con firmeza, Rafa empezó a apretarme las nalgas con sus manos, moviéndolas de un lado, de arriba abajo, apachurrándolas, moviéndolas, disfrutando de su regordeta forma como si estuviéramos solos en esa habitación.

Mi respiración empezó a agitarse al sentir como me tocaba. Era la primera vez que un hombre me acariciaba de esa forma, con toda la intención de disfrutar de mis nalgas y no sólo por broma. Era indescriptible la sensación que me producía sentir sus manos acariciándome con firmeza, apretándome a veces hasta bruscamente.

Entonces, al parecer insatisfecho con lo que hacía, empezó a presionar uno de sus dedos entre mis nalgas, abriéndolas por sobre el short que llevaba puesto para que su dedo pudiera entrar más.

La sensación era extraña pero excitante. Su dedo apretaba con fuerza entre mis nalgas pero sin llegar a tocar mi agujero, luchando para hacerse paso entre los fornidos cachetes que se lo impedían.

― Esta bien rica la Sara, ¿no? ―preguntó Raúl volviéndose a nosotros, cortando de improviso nuestro clandestino juego.

―Sí, sí… esta buenaza ―dijo Rafa, acercándose más a la pantalla y apretando su paquete caliente y duro contra mi nalgas mientras lo hacía.

―Sí… ―susurré, incapaz de decir algo más.

Todo aquello me estaba volviendo loco. Rafa me excitaba demasiado pero no tenía un momento a solas para poder hacer algo más que tocarnos… A pesar de que no estaba seguro de que es lo que haría o me dejaría hacer si me encontraba a solas con Rafa, tenía mucha curiosidad de averiguarlo.

Ya entrada la noche, luego de un día de resaca, juegos y playa, nuestros cuerpos ya pedían descanso, así que todos coincidimos que ya era momento de ir a dormir.

―Hey Mario ―dijo Rafa, llamando la atención de todos ―Quiero cambiar de compañero de cuarto… Raúl mucho se mueve cuando duerme.

―¡No es verdad! ―se quejó Raúl de inmediato.

―No te das cuenta, pero sí lo haces.

―Yo también me muevo cuando duermo ―dijo Mario, insinuando que no podría dormir con él tampoco.

―Yo no me muevo ―intervine de pronto, con el corazón palpitando fuerte en mi pecho.

―Bueno entonces tu duerme con Rafa ―sugirió Mario, mirándome para buscar mi aprobación.

Mi estómago empezó a dar vueltas y por un momento temí no poder contestar normalmente.

―Ya pues, no hay problema ―dije al fin, conteniendo la emoción que me embargaba.

Mario hizo un gesto de aceptación con sus manos y luego se dirigió a su habitación, seguido de cerca por Raúl.

Entonces me volví hacia Rafa y pude ver el fuego nuevamente en sus ojos. Con el corazón saliéndome por la boca caminé rápidamente al cuarto, seguido de cerca por Rafa, quien cerró la puerta luego de entrar.

―¿Le pondrás seguro? ―pregunté tranquilamente, tratando de mantener la calma.

―No, primero quiero esperar a que se duerman, no se les vaya a ocurrir entrar y encuentren la puerta con llave.

Sin saber que más decir, asentí con la cabeza y luego me eché sobre la cama, moviéndome a un lado para darle espacio a Rafa, quien se acercó en silencio y se recostó junto a mí.

Ambos nos quedamos en silencio, sin saber que decir o hacer. Aún podíamos escuchar las voces de Raúl y Mario del otro lado de la puerta, por lo que no era prudente empezar a hacer algo, a pesar de que ambos nos moríamos de ganas.

Luego de un largo rato de agobiante espera, por fin dejamos de oír voces y todo se quedó en completo silencio en la casa.

Con mucho cuidado y en silencio, Rafa se dirigió hacia la puerta y le puso el seguro, luego se volvió hacia mí, con una mano sobre su paquete.

Sin perder tiempo me acerqué hacia él y me puse de rodillas, restregando mi rostro contra su paquete, sintiéndolo grande y duro dentro de sus pantalones.

Ahora no había nada que me detuviera, me iba a meter aquel enorme pene en la boca.

Con la sangre ardiendo, empecé a desabrocharle el pantalón y luego tire de él hasta que cayó al suelo, dejando a la vista un bóxer negro con un tremendo bulto húmedo y caliente en la entrepierna.

Con desesperación empecé a restregar mi rostro contra aquel bulto, sintiéndolo caliente y húmedo, pidiendo a gritos que lo liberase.

Antes de proceder a hacer algo más, volví la mirada hacia Rafa y pude observar la súplica en sus ojos.

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―Chúpamela ―susurró

Con cuidado metí mi mano dentro de su bóxer y liberé su pene, sujetándolo fuerte con mis manos.

Tal como lo imaginaba, aquel pedazo de carne era esplendido. Su tronco erguido, apuntando hacia el cielo era grueso y venoso, duro como una piedra. El glande era rosado y brillante, húmedo por el líquido viscoso que brotaba de él.

Lo observé por un largo rato, apreciando cada una de sus venas, de las pecas que adornaban el tronco. Nunca había visto un pene tan grande en vivo y en directo, fácilmente debía medir 19 cm o tal vez más. Era un hermoso espécimen.

Con lentitud y con la mirada clavada en los ojos de Rafa, acerqué mis labios a la brillante cabeza y los posé sobre ella por un segundo, sintiendo al cuerpo de Rafa temblar por el contacto. Luego saqué lentamente mi lengua y la posé también sobre el glande, moviéndola suavemente sobre él, dando vueltas suaves, dibujando círculos sobre la brillante cabeza.

Entonces, sin darle tiempo a recuperarse, me metí todo lo que pude de ella en la boca, sintiendo su sabor agrio y su calor intenso invadirme por dentro.

Era una sensación increíble tener aquel falo enorme, duro y caliente dentro de mi boca, sentirlo palpitar mientras mis labios recorrían el tronco de arriba abajo.

Por un largo rato subí y baje, recorriendo con mi boca y mi lengua todo el tronco, mojando cada rincón de aquel enorme pene, disfrutando de su sabor y su textura.

Rafa se mordía los labios y tenía los ojos cerrados, tan fuerte que era difícil saber si lo estaba disfrutando o si le estaba haciendo daño. Podía escuchar su respiración agitada, sus gemidos ahogados dentro de su boca. Era difícil saber quién lo estaba disfrutando más, si él o yo.

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Sin querer perderme de nada, dejé por un momento el tronco de lado y me deslicé entre sus testículos, pasando la lengua por alrededor de ellos, succionándolos suavemente uno a uno, saboreando y dando pequeñas mordidas que hacían saltar a Rafa.

No sé exactamente cuánto tiempo estuve chupándosela, pero si fue mucho tiempo igual no me pareció el suficiente.

De un momento a otro Rafa colocó su mano sobre mi cabeza para detenerme y luego me sujetó de los brazos para que me pusiera de pie.

Con suma rapidez se deshizo de los pantalones que aún tenía enredado en sus pies y de un jalón me dio vuelta, apretando con fuerza su pene entre mis nalgas, como si quisiera penetrarme con la ropa puesta, envolviéndome con sus brazos fuertes y restregándome contra su pecho.

Pero a pesar de que me encantaba sentir su pene entre mis nalgas, había algo más que yo quería experimentar, algo que tampoco nunca había hecho y que me moría de curiosidad por hacer.

Sin decir una palabra me libere de su abrazo y me di vuelta nuevamente, quedando frente a frente con él.

Rafa me quedó mirando sin entender bien lo que quería, pero con sus manos no dejaba de acariciar mis nalgas.

Entonces empecé a acercarme hacia su rostro, dispuesto a probar lo que era besar a un hombre, pero apenas él se dio cuenta de mis intenciones me detuvo, poniendo su mano contra mi pecho para alejarme.

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―No, no… eso no. Yo no soy maricón ―dijo y dio un paso hacia atrás.

Me quedé en silencio por un segundo, tratando de decidir cómo reaccionar. A mi parecer yo tampoco me sentía un maricón, al menos no hasta que él lo mencionó.

―ja ja ―me reí fingidamente y luego también di un paso atrás ―Felizmente que lo dijiste, estábamos a punto de hacer algo de maricones ―continué y a pesar de que intenté no sonar resentido, fue imposible ocultarlo en mi voz.

Sin decir una palabra más me di media vuelta y me dirigí hacia la cama, acostándome de costado, mirando a la pared, dándole la espalda para no tener que verle la cara.

Rafa se quedó de pie por un largo rato, seguramente sin saber qué hacer con su erección, con las ganas que tenía de seguir. Luego escuché que se volvió a poner su pantalón y se recostó al otro extremo de la cama, dejando varios centímetros entre nosotros.

Por un largo rato no hubo más que silencio entre nosotros, pero ninguno podía dormir, no después de lo que habíamos estado a punto de hacer.

No podía negar que la calentura me comía por dentro, que me moría de ganas por seguir chupándole el pene, pero mi orgullo estaba herido y de ninguna manera iba a ser el que dé el primer paso.

Cuando ya el sueño empezaba a ganarme, sentí que Rafa empezó a moverse hacia mí, poco a poco, hasta que pude sentir su cuerpo contra el mío. Como me encontraba de espaldas hacia él, mis nalgas quedaron expuestas y a pesar de lo que me había dicho, él no dudo en empezar a tocarlas, a manosearlas como lo había hecho temprano.

No estaba seguro si Rafa pensaba que me encontraba dormido o no, pero al parecer le daba igual, ya que me toqueteaba sin ningún pudor.

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Luego de unos segundos, cansado de sentir a mi pantalón de por medio, paso su mano por enfrente y empezó a desabrochar mi pantalón y luego a tirar de él suavemente, dejándome sólo en mi bóxer plomo.

Sin perder tiempo empezó a toquetear mis nalgas nuevamente, pasando su mano por entre la tela, haciendo que sintiera por primera vez sus manos piel con piel.

Mi sangre hervía al sentir sus manos acariciando mi trasero, pero por alguna razón continué sin moverme, pretendiendo que me encontraba dormido, aunque ambos sabíamos que no era así.

Entonces Rafa empezó a moverse nuevamente sobre la cama y luego sentí que suavemente empezó a deslizar mi bóxer hacia abajo, dejando por primera vez mis nalgas al descubierto, provocándome un estremecimiento en todo mi cuerpo.

Entonces pude sentir el picor de su barba contra espalda baja y luego sentí su rostro barbudo deslizarse por mi nalga derecha y luego por la izquierda, moviéndose de arriba abajo, provocándome una inexplicable sensación al sentir aquella barba picante contra la suave piel de mis nalgas.

Sin querer perderme detalles de aquella sensación, me giré sobre mi brazo derecho, quedando ahora totalmente boca abajo, dejando mis nalgas al aire y a completa disposición de mi amante barbudo.

La respiración de Rafa se aceleró al verme hacer ese movimiento y de inmediato le lanzó nuevamente hacia mis nalgas, esta vez lamiendo y dando pequeños mordiscos en cada centímetro de ellas, mientras las apretaba y sobaba con sus manos fuertes.

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Ya me encontraba en la gloría, con el pene a punto de explotar, cuando Rafa colocó una mano en cada nalga y las abrió suavemente, soltando un suave soplo que llegó hasta mi ano y me hizo suspirar de excitación.

Y entonces acercó sus labios y empezó a besar entre mis nalgas, dando pequeños mordiscos que me llevaban a la gloria y me hacía morderme los labios para evitar gemir. Luego pude sentir su lengua húmeda buscar entre mis nalgas, abriéndose paso entre ellas hasta llegar a mi ano, provocando que mi cuerpo se estremeciera sin control por unos segundos.

Nunca había sentido una sensación como esa. Se sentía tan rico, tan íntimo. Ya no podía más con la calentura, parecía que iba a explotar.

Rafa empezó a mover su lengua de un lado a otro, de arriba abajo, presionando y presionando hasta que poco a poco logró ingresar, provocándome un suspiro sonoro que fui incapaz de controlar.

Entonces se detuvo y lo sentí moverse nuevamente sobre la cama. Luego sentí aquel enorme pedazo de carne duro y caliente restregándose contra mis nalgas, pasando entre ellas, una y otra vez, mojándome aún más el orificio con sus líquidos.

―Relajate ―lo escuché suspirar y luego recostó su cuerpo contra mi espalda, aprisionándome con su peso, mientras que con su mano dirigía su pene a la entrada de mi ano.

Entonces una sensación de pánico me invadió cuando me di cuenta de que estaba a punto de penetrarme.

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Rafa presionó su enorme pene contra la entrada de mi ano y de inmediato el dolor me hizo saltar y de un rápido movimiento me di vuelta, quedando ahora boca arriba.

―Lo siento… lo siento… ― si disculpó al ver mi rostro de dolor.

Toda la excitación que había estado sintiendo se extinguió de inmediato al sentir aquel agudo dolor en mi trasero.

―Duele ―alcancé a decir, tratando de aguantar las ganas que tenía de gritar.

Entonces Rafa de un salto se puso de pie y corrió hasta donde se encontraba su pantalón, tirado sobre el suelo, y luego regresó con una sonrisa en el rostro.

―¿Qué es eso? ―pregunté aún adolorido.

―Lubricante y condones ―dijo, enseñándome los dos paquetes que llevaba en la mano.

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―¿Cuándo los compraste?

―Hoy en la playa, mientras estaba bañándose. Pensé que podíamos necesitarlos.

Me quedé observándolo por un momento, sin saber si sonreír o enojarme porque lo que había estado planeando.

Entonces recordé sus palabras.

―Esas son cosas de maricones, ¿o no?

El rostro de Rafa decayó por un momento al escuchar mis palabras, pero no lucía enojado, sólo confundido, dudoso de cómo reaccionar.

Entonces, sin dejar que dijera algo más, se acercó hacia mí y me clavó un beso en los labios, torpe y bruto, pero tierno.

Dispuesto a aprovechar el momento, lo envolví con mis brazos para no dejarlo ir y contesté a su beso, tratando de hacer que se relajara, que se dejara llevar. Poco a poco Rafa empezó a agarrarle el gusto, poco a poco sus labios y los míos empezaron a moverme al mismo ritmo, sincronizados, como si hubieran estado hechos para estar juntos.

Luego de un largo y fogoso beso, ambos nos separamos, quedándonos en silencio, mirándonos sin saber bien que decir luego de eso.

―Entonces… ¿eres maricón también?

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Rafa sonrió divertido

―Lo siento… no debí decir eso ―se disculpó y se lanzó nuevamente hacia mí, besándome más apasionadamente esta vez, sujetando mi rostro con sus manos mientras me acariciaba las mejillas.

Luego de una larga sesión de besos, mi sangre empezó a arder nuevamente, elevando mi excitación y haciendo que me decidiera a darlo todo esa noche.

―Muy bien ―dije, mirándolo a los ojos ―. Intentemos de nuevo.

La sonrisa de Rafa fue suficiente como respuesta.

Con suavidad me recostó boca abajo y empezó a jugar con su lengua entre mis nalgas nuevamente, hasta que estuve completamente húmedo, luego se puso el condón y empezó a embadurnarse el pene con lubricante, continuando luego con mi ano.

―¿Listo? ―preguntó.

Con la cara roja de excitación, respiré profundo un par de veces y luego asentí con la mirada.

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Nuevamente Rafa recostó su cuerpo sobre mi espalda y pude sentir su pene abriéndose paso entre mis nalgas de nuevo, como fierro caliente.

―Relájate… déjalo entrar ―susurró y luego empezó a presionar suavemente, metiendo y sacando, moviéndose con ligereza y en un ritmo muy lento, lo suficiente para no hacerme daño.

Poco a poco sentí a la cabeza de su pene hacerse paso dentro de mí, venciendo toda resistencia que mi esfínter le ponía. El dolor empezó a hacerse más agudo pero su pene parecía entrar con mayor facilidad gracias al lubricante.

―Espera, espera… me duele… ―exclamé cuando ya no pude aguantar más ―… espera un momento… no lo saques.

Rafa se quedó inmóvil por un momento, con su pene a medio entrar.

El dolor era agudo pero parecía empezar a desvanecerse a medida que mi ano se acostumbraba al tamaño de aquel enorme pene.

Luego de un momento más y sin esperar a que yo le dijera nada, Rafa reanudó el suave vaivén, metiendo y sacando su duro pene de mi adolorido ano.

Por varios minutos, su pene entró y salió, cada vez ingresando más y más hasta que por fin pude sentir su abdomen chocar contra mis nalgas.

―¿Entró todo? ―pregunté incrédulo, aguantando las ganas que tenía de gritar y llorar por el dolor.

―Sí ―contestó él casi sin voz, con los ojos desorbitados y mordiéndose los labios para no gritar.

Entonces Rafa empezó a aumentar el ritmo y la velocidad, incrementando las sensaciones que me producía. A medida que la metía y la sacaba con mayor rapidez el dolor empezaba a transformarse en algo más, una sensación rica y relajante que ahora empezaba a hacerme suspirar.

―¿Te gusta? ―me preguntó, susurrando en mi oído.

―Me encanta… ―contesté borracho de placer.

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Entonces Rafa la sacó de un solo golpe y con sus brazos me tomó de la cintura hasta colocarme en cuatro patas, con la cabeza inclinada sobre la cama y el trasero levantado, listo para recibir a su pene.

―Siempre he querido hacer esta pose ―susurró y sin aviso me la metió nuevamente de uno solo, haciéndome ver estrellas por la mezcla de dolor y placer que me produjo.

Cegado por la pasión y el morbo, Rafa empezó a penetrarme fuerte y rápido, provocando un sonido fuerte cuando su abdomen chocaba con mis nalgas, haciendo aún más excitante aquella posición.

Su pene entraba y salía a toda velocidad. Mis nalgas sonaban contra su abdomen, mezclándose con el sonido de los gemidos que intentaba ahogar contra la cama.

Por un momento Rafa empezó a darme nalgadas mientras me penetraba, haciendo que sonara los golpes por toda la habitación.

―Hey… recuerda que no estábamos solos ―le resondré y de inmediato se detuvo, sacándome nuevamente su pene de mi trasero.

―Recuestate boca arriba y pon tus piernas sobre mis hombros ―me ordenó.

Obediente y sumiso, hice lo que me dijo y cuando me tuvo a su mercer me la volvió a meter sin avisar.

Podía sentir perfectamente como cada centímetro de su enorme pene entraba dentro de mí, podía sentirlo salir y entrar, acariciando las paredes de mi ano y provocándome sensaciones que nunca habia sentido antes y que me estaban facinando.

Rafa me penetró por varios minutos más en esa pose hasta que lo sentí convulsionar y explor dentro de mí. Su pene se estremeció dentro de mi ano y pude sentir perfectamente cada uno de sus disparos.

Una vez que terminó, cayó rendido sobre mí, sudando y respirando agitado.

―No me la saques aún ―le pedí, deseoso de seguir sintiéndolo dentro de mí.

Por unos minutos más nos quedamos recostados, tratando de recuperar el aliento.

―¿Te hice daño? ―preguntó luego de un largo rato de silencio.

―No, estuvo muy bien ―contesté, sin querer contarle el dolor que sentí al inicio.

Rafa sonrió y me volvió a besar, luego sacó su pene de mí y se recostó a mi lado, pasando su brazo por detrás de mi cabeza para que me recostara con él.

Con mi cabeza sobre su pecho, y el recuerdo de su pene en mi trasero, me di cuenta de que realmente había disfrutado todo eso y que me había estado perdiendo de muchos increíbles placeres por estar con las personas equivocadas.

 

Rafa me penetró dos veces más aquella noche. Intentamos todas las poses que habíamos visto en películas y videos porno y al final acordamos que no sería la última vez que lo haríamos y que la próxima vez no tendríamos que escondernos de nadie para disfrutar de nuestros cuerpos… Rafa y yo hemos sido novios desde entonces.

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