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Hombre heterosexual busca sexo (no homo) con hombre heterosexual

 

Penes. La vida del varón joven siempre está poblada de penes. El propio y el de otros. Es una curiosidad que siempre está ahí: nos tocamos, nos medimos, exhibimos lo que tenemos, observamos lo que esconden otros e incluso echamos mano de él —del propio y del ajeno— si el contexto invita.

Quedar con amigos en alguna casa para ver porno y masturbarse en grupo. Jugar a sodomizar —fingiendo— a algún compañero de equipo en los vestuarios del polideportivo. Orinarse unos a otros en las duchas o matar las horas en verano montando ‘ circle jerks‘ en mitad de algún descampado. Todas estas son escenas más o menos frecuentes en la vida de cualquier adolescente. Y a nadie le choca: lo vemos como un juego, un rito de paso; cosas de chicos estrechando lazos y explorando su masculinidad.

Piensa ahora en el mismo tipo de juegos, pero cambia a los adolescentes granudos por gente más crecidita. Si esas mismas prácticas se dieran en la edad adulta, ¿cómo las conceptualizarías?

El homoerotismo como forma de adhesión heterosexual

En su libro Guyland: The Perilous World Where Boys Become Men, el sociólogo Michael Kimmerl retrata los encuentros homoeróticos entre jóvenes como prácticas propias del proceso de desarrollo del hombre heterosexual.

Basta husmear por las secciones de contactos de revistas para toparse con una curiosa realidad: hombres jóvenes que se identifican como heterosexuales y que buscan contactos sexuales con otros hombres…

Los chavales quedan para beber, miran porno juntos, hablan de pussy, se pelean de broma —disfrutando del contacto físico—, hacen chistes sobre la homosexualidad como la peor de las lacras y, mientras, quizás, se dan tobitas en la cola —los unos a otros— o juegan a recolectar su semen en una galleta —que uno de ellos se tendrá que comer—. Sucede de la manera más normal del mundo, porque, a sus ojos, ahí no hay nada sexual.

Según Kimmerl, esas formas de contacto homoerótico se van abandonando a medida que el hombre centra su atención en los estudios o el trabajo, en la familia, o en una vida cooperativa con otra persona. Sin embargo, basta husmear por las secciones de contactos de revistas o los chats eróticos de las televisiones para toparse con una curiosa realidad: hombres jóvenes que se identifican como heterosexuales y que buscan contactos sexuales con otros hombres… heterosexuales. ¿Contradicción?

Veamos algunos ejemplos:

Chico hetero borracho y cachondo… ¿Hay por ahí algún chico hetero que quiera correrse? La cosa va así. Salí a beber y a bailar, tenía esperanza de enrollarme con una chica, pero no ha cuajado. Estoy pedo, caliente, mirando porno. ¿Hay algún chico hetero al que le apetezca venir a masturbarse mientras vemos porno?

Chico hetero quiere probar mamada esta noche… Tengo novia, pero hoy estoy solo en casa. Veo porno y me gusta cuando las mujeres chupan pollas grandes. He estado pensando en ello, y creo que me gustaría chupar una. No me atraen los chicos, así que preferiría no tener que mirarte mucho. Sólo chupar tu polla. ¡Pero esto es sólo para hoy porque estoy cachondo! Soy caucásico y prefiero caucásico.

Hetero para chicos hetero. Chico heterosexual busca chico heterosual para tener encuentros ocasionales. Soy discreto y busco rollos que vayan más allá de una noche.

300$ en efectivo si eres hetero y atractivo. ¿Eres hetero, atractivo y estás sin un duro? ¿Tienes menos de 30 y eres un tipo cool? ¿Te gusta ver porno y hablar de coños? Estás de suerte. 300 dólares para ti cada vez que quedemos. Busco a alguien honestamente hetero. Yo soy un bro mayormente hetero, relajado y guapo.

Existe un espacio social en el que la acción sexual entre hombres que se declaran heterosexuales no es un mito

Lo que acabas de leer son anuncios reales sacados de la sección de “contactos casuales” de Craiglist Los Angeles. Forman parte del material de trabajo recopilado por Jane Ward como parte de un proyecto de investigación que acaba de resumir en forma de libro.

En No Gay, Ward se sumerge en un espacio social en el que la acción sexual entre hombres que se declaran heterosexuales no es un mito, sino una realidad frecuente, y la autora se pregunta: ¿pueden ser estas prácticas un síntoma de una heteroflexibilidad masculina que estamos negando?

Lo cierto es que existe una doble moral. Una chica puede besar a otra chica, o tener una aventura lésbica, y seguir declarándose heterosexual. Nadie lo pondrá en duda. La gente lo interpreta como una forma de llamar la atención del sexo contrario, o un deseo pasajero de explorar otras opciones. Pero, ¿y el hombre?

¿Puede el hombre gozar de esa misma “fluidez” o sigue rigiendo esa lógica apisonadora según la cual “quien se come un rabo” es, aunque diga lo contrario, gay?

Para contestar a esas preguntas, Ward explora el mundo de los rituales de paso y las novatadas en fraternidades y ambientes militares, nos habla del sexo “contextual” entre marinos y Hells Angels, deelephants walks y círculos de masturbación, se sumerge en las páginas de contactos “no gais”, y nos recuerda la tradición del down-low entre las comunidades latina y afroamericana y la cultura del ‘ tearoom trade‘ y el ‘cottaging‘ en espacios públicos.

A través de esos ejemplos, la autora trata de demostrar que el contacto sexual entre personas del mismo sexo ha sido, históricamente, una parte integral de la identificación heterosexual del hombre —particularmente entre los hombres blancos—, y a partir de ahí elabora una conclusión que puede descolocar a más de uno: los hombres heterosexuales pueden tener contactos homosexuales en maneras heterosexuales.

Y es más, de forma contraintuitiva, esos contactos sexuales entre hombres que se declaran heterosexuales pueden suponer una forma de autentificación heterosexual y de afirmación de los privilegios que esa identificación conlleva.

Las prácticas ‘homo-no-homo’ entre adultos podrían ser no más que la repetición de aquellos juegos hetero-masculinos entre amigos en los que participamos en la pubertad.

Es decir, en la medida en que se relacionan “entre heteros”, estas prácticas no tienen por qué constituir indicio ninguno de homosexualidad tapada, sino que a menudo apuntalan la identidad genérica, sexual y racial de estos individuos como hombres heterosexuales y blancos, a través de un rechazo verbal claro, hipermasculino y misógino de la cultura queer.

En el fondo, argumenta Ward, esas prácticas homo-no-homo entre adultos no son más que la repetición de aquellos juegos en los que participamos en la pubertad.   Prácticas que no son vistas como sexuales a pesar del roce, sino que buscan la vinculación afectiva entre bros. Y si eso implica tragarse un pene para demostrar que uno es muy hombre y muy hetero —la autora habla de hiperheterosexualidad—, pues se traga.

Junto a esa necesidad de generar vínculos y alianzas “entre iguales”, Ward apunta también a lo que llama la narrativa de la restricción, un recurso justificativo que enlaza con ese “final de la masculinidad social tradicional” que denuncian autores como Philip Zimbardo al hablar del hombre acorralado frente al creciente empoderamiento de la mujer.

“Bueno, preferiría tener sexo con una mujer, pero no hay mujeres disponibles, o las mujeres se han vuelto tan complicadas…”, comenta la autora como ejemplo típico de ese razonamiento.

Bisexualidad masculina: el último tabú

Entre las críticas que está recibiendo No Gay se cuentan aquellas que señalan la invisibilización de la realidad bisexual que parece hacer la autora. Ward se defiende aludiendo a la manera en la que estos hombres heteros enmarcan sus actividades recurriendo a expresiones misóginas y homófobas.

 Desde mi punto de vista, bi es una identificación queer. Así que no puedo ver por qué tendría que considerar como bisexuales a estos hombres que se identifican como hetero, que no muestran ningún interés en identificarse como bi y que están completamente volcados en la heteronormatividad“, escribe la autora.

Lo cierto es que se trata de un debate que vuelve a estar presente en los medios gracias, en parte, a Cara Delevingne.

En un reciente artículo para Vogue, Rob Haskell aludía al interés romántico-sexual de Cara por las mujeres como “una fase pasajera”, y ella tuvo que salir a decir que no, que su bisexualidad no es pasajera.

Es una situación conocida. El mundo aún no está convencido de que la bisexualidad —y particularmente la bisexualidad masculina— sea algo real. La orientación sexual no es una elección, pero las acciones sexuales sí. Y a ojos de una mayoría, la bisexualidad sigue siendo una cuestión de elección y el hombre que se declara bi no es más que un gay reprimido.

Según un estudio del Williams Institute publicado en 2009, el 3,1 por ciento de los adultos norteamericanos se identifican como bisexuales, frente a un 2,5 por ciento que se identifican como gais o lesbianas

La ‘bifobia’ está a la orden del día, incluso dentro del colectivo de gais y lesbianas. Y eso a pesar de unos números que indican que se trata de una realidad mucho más frecuente de lo que podría parecer.

Según un estudio del Williams Institute publicado en 2009, el 3,1 por ciento de los adultos norteamericanos se identifican como bisexuales, frente a un 2,5 por ciento que se identifican como gais o lesbianas. De acuerdo a un sondeo realizado por Pew Research en 2013, sólo un 28 por ciento de la gente que se identifica como bisexual habla abiertamente sobre su condición por miedo a sentir rechazo. A la luz de estos datos, la Comisión de Derechos Humanos de San Francisco llegó a hablar de “una mayoría invisible” necesitada de apoyo y recursos.

Por suerte, los tiempos están cambiando, y aunque libros como el de Ward prefieran dejar la bisexualidad de lado, diversos estudios recientes realizados entre estudiantes demuestran que cada vez más gente joven rechaza las limitaciones del género y la orientación sexual como realidades binarias.

Heterosexualidad fluida, bisexualidad, pansexualidad… Quizás lo mejor sería aceptar que la sexualidad y la identificación genérica son temas mucho más complejos y cargados de matices de lo que nos han hecho creer, sin necesidad de compartimentarlo todo.

Como dice Delevingne en sus redes sociales: “STOP LABELLING, START LIVING”.

El mundo aún no está convencido de que la bisexualidad —y particularmente la bisexualidad masculina— sea algo real

 

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