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La fama latente

Me encontraba anoche en una bonita celebración cuando saltó el nombre. El mismo que salta en casi todas las reuniones, y eso que, a estas alturas, es un nombre que interesa más bien poco. Rápidamente, se concentró un reducido círculo -tampoco exageremos lo que no es- para narrar sus propias aventuras y, sobre todo, desventuras, con el susodicho. Nada le hubiese gustado más que saber, claro, que había alguien hablando de él a esas horas de la noche. ¡Cómo es el ego! Pero no, la cosa no llegó a mayores. No es la primera vez que me encuentro en una situación parecida y con el mismo nombre. La fascinación del misterio, la hermandad del dolor común. ¿Quién no ha pasado por algo parecido en alguna ocasión? Pura naturaleza humana. Y no, no insistan, no revelaré el nombre. Podría ser cualquiera. Incluso ese que están pensando. ¡Qué importa!

Más allá de las trascendencias momentáneas, divertidísimas cuando uno lleva varias cervezas de más, sí me quedó un run-run -¡un besi Ada Colau!- que ha despertado otra vez conmigo. La fama latente. El qué dicen de nosotros cuando no estamos presentes. Lo que nos precede incluso cuando no vamos ni a asistir. Algo imposible de controlar pero a lo que deberíamos prestar mucha atención. ¿Qué opinará la gente del hombre confuso cuando creen que no ando cerca? Curiosidad malsana, lo sé. En realidad, siempre es mejor no saberlo. Cruzar los dedos y actuar en consecuencia. Tratar de evitar ser recordado como ese autor que suplica en privado por una mísera reseña y desaparece en cuanto ve que no va a conseguir nada jugoso. Como esa estrella virtual en decadencia -por mucho que sea un concepto más que atractivo- que se sirve de sus conocidos para desecharlos a los pocos meses. ‘¡Cómo no lo vieron venir!’. Ay, las veces que hemos sido nosotros los crédulos…

Anoche, en pleno fulgor de la celebración, le toqué el hombro a un conocido -a traición, lo reconozco- y me presenté. Es algo que hago pocas veces, pero uno tiene que arriesgarse a sí mismo. El pobre, en pleno shock por la sorpresa -juego con mucha ventaja, lo reconozco-, me confesó que había hablado muchas veces de mí con amigos y que siempre se habían preguntado cómo era capaz de escribir tanto. Nada que no pueda hacer cualquier persona con un portátil y necesidad económica, ya lo adelanto. Con todo, que esa sea la fama que permanece, me tranquiliza. Claro que habrá otras, esas que no pueden contarse delante del interesado, pero no es un mal comienzo. A todos nos gustaría ser invisibles por un día para colarnos en el vestuario de los chicos -o de las chicas, cada uno que haga lo que quiera-. Tantos siglos y seguimos cayendo en la curiosidad. Qué poco evolucionamos. Y qué mal.

 

FUENTE:   El Hombre Confuso

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