Portada La guerra secreta con microondas que te ‘fríen’ el oído
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La guerra secreta con microondas que te ‘fríen’ el oído

Cualquiera que haya viajado en los últimos 50 años a La Habana ha tenido que pasar a su lado. La embajada de Estados Unidos en Cuba es un feo mazacote de hormigón y acero plantado en medio del Malecón, un edificio gris y de estilo brutalista que contrasta de forma singular con las bellas construcciones de estilo colonial situadas apenas un par de manzanas más allá. Este lugar ha sido durante las últimas semanas uno de los escenarios de un episodio sumamente extraño, el último capítulo de una lucha silenciosa que lleva librándose desde hace décadas entre los servicios de espionaje rusos y americanos, para los que la Guerra Fría es tan solo un capítulo más en una batalla cuyo resultado está todavía por decidir.

Desde hace meses la embajada americana en Cuba está sometida a un misterioso asedio en forma de ondas de alta potencia, inaudibles e indetectables pero con serias consecuencias para la salud. Hasta el momento, 21 empleados consulares han sufrido «lesiones graves como consecuencias de estos ataques de naturaleza sónica», declaró el viernes un funcionario del Departamento de Estado a la BBC, a los que hay que añadir un mínimo de cinco diplomáticos canadienses. El problema es que no tienen la menor idea de cómo se han ejecutado: «No sabemos los medios, los métodos o cómo se están llevando a cabo». Entre las consecuencias se cuentan «malestar en los oídos, pérdida de audición, mareos, dolores de cabeza, fatiga, trastornos cognitivos y dificultad para dormir», según los propios servicios médicos de la legación. Al principio todo parecía casual, pero a medida que se iban sucediendo los síntomas e iban cayendo uno tras otro todos los empleados diplomáticos, los servicios de contraespionaje se dieron cuenta de que se trataba de un nuevo lance de una partida muy vieja que ya casi nadie recordaba y que se viene jugando desde 1976, nada menos.

En ese año, en Moscú, a muchos miles de kilómetros de La Habana, la legación consular americana empezaba a sufrir una serie de desconcertantes molestias. Estados Unidos y la URSS, los dos antiguos aliados de la II Guerra Mundial, ya se encontraban en plena Guerra Fría y la tensión, aunque soterrada, se disparaba por momentos. Una mañana de marzo de 1976, el embajador americano en Moscú, Walter Stoessel se levantó de su cama con una palpitación sorda latiendo en sus sienes. Desorientado y entre estallidos de dolor se acercó al baño y descubrió con pavor que tenía los ojos inyectados en sangre y que era incapaz de mantenerse en pie.

guerra con microondas

Las microondas pueden causar la muerte. Los rusos los llaman burlonamente “ataques musicales”.

A lo largo de las siguientes horas, docenas de empleados de la embajada comenzaron a mostrar signos de desorientación, dolor de cabeza, dificultad de coordinación y un largo etcétera. En un primer momento se pensó en un envenenamiento masivo o algún tipo de agente químico dispersado en el aire, pero a las pocas horas, las unidades técnicas de la CIA desplegadas con ellos dieron con el origen del problema: desde la décima planta de un edificio de apartamentos situado a apenas 100 metros, alguien estaba irradiando el edificio consular con un potentísimo haz de microondas, que afectaba sobre todo a su fachada oeste, entre las plantas tercera y octava. La CIA bautizó a esa poderosa onda como Moscow Signal, la Señal de Moscú, y se dieron cuenta de que tenían que hacer algo de inmediato si no querían ver diezmado a su cuerpo consular en cuestión de horas.

No era la primera vez que los rusos bombardeaban la legación con dispositivos electromagnéticos (lo venían haciendo con regularidad desde 1953, por lo menos) pero sí era la primera ocasión en la que la salud de los miembros consulares se veía afectada. La respuesta americana fue improvisar jaulas de Faraday para detener las ondas y cubrir los interiores del edificio con materiales que evitasen la señal. Una vez que sus empleados estuvieron protegidos tocaba pensar en como devolver a los soviéticos el golpe. Así fue como nació el Proyecto Pandora.

El Proyecto Pandora fue un producto de su época, un resabio de la paranoia que impregnaba la Guerra Fría en aquel momento. Con Pandora, los norteamericanos se planteaban cual podía ser el uso militar y de espionaje de las microondas y como podían utilizarlo a su favor. Para que se hagan una idea de por dónde iban los tiros en aquel entonces, el Proyecto MK Ultra que investigaba el control mental a través del uso de drogas como el LSD (entre otras lindezas) había sido definitivamente cancelado en 1973 después de más de una década de desarrollo, así que a nadie le parecía una chifladura la propuesta. Sin embargo, Pandora iba un paso más allá y pretendía, mediante el uso de haces de ondas dirigidos, conseguir nada menos que los objetivos de sus ataques oyesen voces en su cabeza, voces que le dijesen qué tenían que hacer. Así, tal cual lo leen.

Por supuesto, eso nos parece disparatado a día de hoy, pero en 1976 parecía una realidad más que necesaria. La mera posibilidad de conseguir que los lideres soviéticos empezasen a enloquecer, mientras voces misteriosas e invisibles le susurraban sugerencias en los oídos era demasiado tentadora. Debemos suponer, dado el tiempo transcurrido y que no hemos visto comportamientos extraños (más allá de lo habitual) en los líderes de naciones opuestas a los intereses americanos, que Pandora no llegó a buen fin y que jamás consiguió sus objetivos. Pero sin embargo sí que abrió otro melón muy interesante, el uso militar de las microondas.

La Señal de Moscú cesó abruptamente en 1979, coincidiendo con el cambio de edificio de la embajada americana en Moscú. Sin embargo ya era demasiado tarde para el pobre Walter Stoessel, que había fallecido de linfoma unos años antes en Estados Unidos. Si su muerte está o no relacionada con la Señal de Moscú es algo que todavía hoy da pie a intensos debates (la administración Nixon otorgó enormes compensaciones económicas a todos los afectados en su día, lo cual es muy significativo) pero en lo que todo el mundo parece estar de acuerdo es que su muerte, en todo caso, no habría sido intencionada, sino el efecto secundario de la prueba de una tecnología aún en pañales.

Durante muchas décadas, los ataques sónicos cayeron en el olvido, o al menos no fueron públicamente denunciados. Mientras que el desarrollo de artefactos de ultrasonidos para dispersar multitudes y como arma militar seguían avanzando en ambos bandos, el fin de la Guerra Fría parecía haber condenado estas prácticas de sabotaje diplomático a un lugar polvoriento en el baúl de la historia. «Las cosas ya no se hacen así», era el argumento que esgrimían todos. Y así fue hasta que hace apenas un mes, en La Habana. El gobierno norteamericano ha tenido que evacuar de urgencia a gran parte de su personal para evitar que corran la misma suerte que sus funcionarios de Moscú de hace 40 años.

guerra con microondas

La pregunta que se hace todo el mundo ahora mismo es ¿quién está detrás de estos nuevos ataques? ¿Cómo lo hacen, exactamente? Y sobre todo, ¿por qué? Los cubanos se han apresurado a negar cualquier posible implicación en el asunto y de hecho sus servicios secretos están colaborando con la CIA para tratar de determinar el origen del ataque y la identidad de sus responsables. Washington ha admitido públicamente esa ayuda, pero al mismo tiempo ha declarado que «el Gobierno de Cuba es responsable de todas las medidas para prevenir los ataques a nuestro personal diplomático y los ciudadanos estadounidenses en Cuba». Y pese a los mensajes de colaboración, Washington ha expulsado a 15 diplomáticos cubanos de Estados Unidos por «reciprocidad», así que no parece estar claro del todo el papel del régimen castrista en el asunto.

Lo interesante de esta nueva oleada es que los ataques no tienen lugar tan solo en el feo edificio de la embajada en el malecón, sino que se suceden en los lugares más insospechados: viviendas particulares, hoteles, restaurantes… a cualquier hora del día o de la noche. A diferencia de la Señal de Moscú, los encargados de seguridad norteamericanos no tienen manera de blindar todos los posibles escenarios donde sus diplomáticos pueden ser barridos por un haz de ondas. Lo único seguro es que todas sus victimas son funcionarios de la embajada (sobre todo espías, apuntan algunas fuentes), junto con todos aquellos que están demasiado cerca de ellos en el momento de la irradiación, como pueden atestiguar varios empleados de la embajada canadiense, que también se han visto afectados. Esto hace sospechar que un equipo humano pequeño, bien entrenado, con un dispositivo móvil fácilmente escamoteable y que se mueve con discreción es el responsable de los ataques, lo que convierte su captura en un auténtico rompecabezas para las autoridades cubanas.

Ese retrato robot ha hecho que todas las miradas se hayan dirigido de forma inmediata a los rusos. El gobierno de Vladimir Putin no mira con buenos ojos el progresivo deshielo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos (no olvidemos que la embajada norteamericana se reabrió en 2015, después de décadas sin representación en el país caribeño, más allá de una oficina de intereses comerciales), pues le privaría de su aliado más estable en la zona. Por supuesto, lo primero que ha hecho el gobierno ruso es negar la mayor «En lo que respecta a los intentos de ver cierto interés o una participación directa o indirecta de nuestro país en este asunto, es algo sin duda absolutamente absurdo», en palabras de María Zajárova, portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, que incluso bromea con la existencia de los ataques a los que llama «musicales», de forma burlona.

En estos momentos no podemos saber si los rusos tienen algo que ver o no, pero no resulta descabellado imaginarse a un equipo del SVR (el sucesor del KGB), viviendo cómodamente en la embajada rusa (territorio diplomático que no puede ser registrado por las autoridades locales), disfrutando de las playas, el sol y la hospitalidad caribeña de día. También es fácil imaginarse a ese mismo equipo saliendo discretamente de la legación al atardecer, con un pesado bulto en el maletero, con el que pueden provocar que una noche mágica se convierta en una auténtica pesadilla de dolor y desorientación. Y quizás la muerte, con tan solo girar el dial un par de pasos de más allá.

Un último detalle, para que aprecien todas las complejidades de este asunto. Tras su asedio sónico en Moscú, en 1979 los norteamericanos aceptaron mudarse a una nueva residencia para su embajada, mucho más grande, cómoda, lujosa y mejor situada que la que tenían con anterioridad. La nueva embajada estaba alejada de otros edificios y era imposible que se repitiese la penosa experiencia de los años anteriores. En lo que nadie cayó fue en que aquel inmueble había sido construido ex profeso por empresas y obreros soviéticos… coordinados por el KGB. De esa manera, antes ni siquiera de que un solo miembro de la legación pusiera un pie en ella, la nueva embajada estaba infestada de cámaras, micrófonos y detectores en todas y cada una de sus plantas. Tanto es así que aún décadas más tarde los servicios de contraespionaje siguen encontrando dispositivos, algunos ya obsoletos y desactivados por el tiempo, en los sitios más insospechados y la única recomendación que han podido hacer a una sucesión de desesperados embajadores es la de demoler todo el edificio y construir otro nuevo desde cero. Pero esa es otra historia…

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