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La increíble historia de George Lazenby, el James Bond con peor suerte

Escena pre-créditos: Queanbeyan, Australia

“Yo era un chico de campo, con 22 años, cuando me llevé a una muchacha que realmente me gustaba a ver ‘Dr. No’. Antes de entrar, pensaba que tenía como un 90% de posibilidades con ella. A la salida, creo que tendría un 20%. Porque ahí estaba ese tío que consigue a cualquier chica que quiere, mata a todo el que se interpone en su camino… Dios, yo quería ser ese tío. Y allí es donde empezó todo”.

—George Lazenby en 2012

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Tokio, Japón

En 1966, las ventas de las novelas de Ian Fleming se dispararon hasta alcanzar los siete millones de ejemplares, ‘Operación Trueno’ necesitó sólo unas semanas para convertirse en la película más taquillera del año y la Licensing Corporation of America amasaba más de $100.000.000 en productos relacionados con la franquicia, dando origen al fenómeno cultural que conocemos como Bondmania. Pese a que un artículo de Variety (citado en ‘Some Kind of Hero: The Remarkable History of the James Bond Films’, de Matthew Field) hablara de Sean Connery como un “astuto negociador” que ya había pedido algún aumento, lo cierto es que los productores Harry Saltzman y Albert “Cubby” Broccoli eran los que, a la hora de la verdad, se repartían la parte más sustanciosa del pastel, algo de lo que el actor era perfectamente consciente. Sus sinsabores salariales pasaron, no obstante, a segundo plano cuando el equipo habitual de Eon Films se trasladó a Tokio para rodar la entrega anual de la franquicia, ‘Sólo se vive dos veces’ (1967).

En Japón, Bond era más grande que los Beatles y, por tanto, que Jesucristo. Connery no tardó en darse cuenta de que iba a ser literalmente imposible para él moverse con libertad por las calles de la capital: en una ocasión, una masa enfervorecida perdió tanto el control que la estrella llegó al hall de su hotel con la camisa completamente hecha jirones. Fue entonces cuando entendió que 007 le estaba consumiendo. La frenética velocidad con la que Eon entregaba las películas a los cines significaba, en la práctica, que Connery se pasaba de promoción todo el tiempo que no estaba rodando, y todo para que ese pedante de Broccoli se llenara aún más los bolsillos.

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El actor llegó a odiar con tal intensidad al hombre que lo había descubierto seis años atrás que se negó a trabajar cuando él estuviese presente en el set. Durante la post-producción de ‘Sólo se vive dos veces’, ya era un secreto a voces que Sean Connery iba a devolver su licencia para matar. La pregunta era, por tanto, si la Bondmania podría sobrevivir al escocés que obligó a Fleming a cambiar de opinión sobre el lugar de nacimiento de su hijo literario. Broccoli lo tenía claro: “No creo que Bond se vuelva passé”, declaró en aquellos días convulsos. “No más que Sherlock Holmes o Tarzán”. La mención a iconos de la cultura popular que habían sido encarnados en la gran pantalla por más de un actor no parece casual. ¿James Bond era el personaje o era la persona? ¿Qué fue lo que hizo que el mundo se enamorara de un agente secreto?

Londres, Inglaterra

La versión oficial para Eon era que Bond, James Bond ya existía antes de encarnarse en Connery, Sean Connery, luego también podría existir después de él. Cubby Broccoli ya había empezado oficialmente los cástings para buscar al próximo agente secreto cuando creyó reconocer al tipo que se estaba cortando el pelo a su lado, en su barbería de confianza. George Lazenby, un antiguo vendedor de coches usados, tenía 27 años cuando empezó a trabajar como modelo para anuncios publicitarios. Broccoli lo había visto en uno de chocolate Big Fry y, por alguna razón, pensó que tenía posibilidades. Por su parte, Lazenby llevaba enamorado del personaje desde que vio la primera película. Siempre dijo que se mudó a Londres por una chica, pero realmente lo hizo para poder parecerse a ese tío que, desde la pantalla de su cine local, le robó una novia y capturó para siempre su imaginación. “Cuando surgió el tema de Bond”, recordó más adelante, “todo apuntaba a que me lo iban a dar a mí, porque yo lo quería más que cualquier otro. No había otra cosa en mi cabeza, día y noche, aparte de conseguir ese papel”.

El único problema era que, dejando a un lado los anuncios de chocolate, Lazenby no tenía experiencia previa como actor. Peter R. Hunt, montador habitual de la saga, acababa de ser ascendido a director por Hartzman/Broccoli y, según recordó en una entrevista de 1995, ya estaba cansado de buscar sosias de Connery cuando un supermodelo australiano entró por la puerta, presentándose a sí mismo, con total naturalidad, como James Bond. En realidad, Lazenby llevaba calculando ese golpe de efecto desde que un amigo suyo lo obligase a ir a una cita a ciegas con la agente de cásting Maggie Abbott, a quien Cubby había encargado que le diese el mensaje. “Cuando me dijo que el papel en cuestión era James Bond”, explicó Lazenby, “casi me caigo de la silla”. Su devoción era tal que ya tenía el reloj (un Rolex Submariner del 65), pero le faltaba el traje. De modo que se pateó toda Saville Row hasta que encontró lo que buscaba: un dos piezas que hubiera sido encargado y rechazado por Sean Connery. Según el experto en 007 Matthew Field, Lazenby comprobó que “le sentaba como una Excalibur de sastre”. Así fue como se presentó a la audición, donde ni siquiera esperó a que fuera su turno: simplemente subió las escaleras y se presentó como Bond ante los productores. Le llamaron para volver a la mañana siguiente, pues el director quería hablar con él persona. Había algo en lo que Lazenby les había contado a Saltzman y Broccoli que no acababa de convencer a Hunt: todas esas películas que había hecho en países como Checoslovaquia y Hong Kong… ¿existían realmente, o sólo se había inventado una experiencia previa como actor en lugares que nadie iba a comprobar? Lazenby, pillado con la guardia baja, le confesó al cineasta que la segunda opción era cierta. Y entonces, Hunt se empezó a partir de risa. Si George Lazenby había conseguido engañar a los cerebros tras la franquicia Bond, a las dos personas más inteligentes que él jamás había conocido, entonces George Lazenby era un gran actor. Además del nuevo 007.

Mürren, Suiza

Publicada en 1963, ‘On Her Majesty’s Secret Service’ era la novela que todos los fans del personaje atesoraban. En ‘The Observer’, Maurice Richardsonindicó que Fleming había practicado una “deliberada reformulación moral” con Bond, que de repente había dejado de ser un asesino misógino para convertirse en un leal siervo de la corona que, finalmente, encontraba el amor (y la tragedia) en brazos de la condesa Tracy di Vicenzo, el primer personaje femenino de la saga capaz de sublimar el arquetipo de “Chica Bond”. Por tanto, era una oportunidad excelente para que las películas se rebooteasen a sí mismas con otro mascarón de proa, aunque Lazenby nunca lo tuvo exactamente fácil. Cuando llegó la hora de hacer sus primeras pruebas de cámara en los estudios Pinewood, el debutante se dio cuenta de que ni siquiera tenía un camerino. Todo el equipo lo trataba como si fuese simplemente el doble de luces de Michael GambonJohn Richardson o quien demonios hubiese fichado ya Eon para sustituir a Connery.

En total, el proceso de pre-producción se extendió a lo largo de cuatro meses, en los que Broccoli y Saltzman no pararon de someter a su nuevo fichaje a todo tipo de desafíos: ¿podía nadar, bucear, montar a caballo, fumar y beber tan bien como el anterior? Los productores incluso enviaron a una chica a su apartamento, pues no estaban del todo seguros acerca de la sexualidad de este modelo masculino. “Creo que acabaron bastante convencidos de que era hetero”, bromeó décadas más tarde en el documental ‘Everything or Nothing’ (2012).

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Por fin, el 21 de octubre de 1968 dio comienzo el rodaje de ‘007 al servicio secreto de Su Majestad’, concebida desde el principio como una celebración del mito bondiano. Los créditos (acompañados, como no podía ser de otro modo, por una partitura de John Barry) incluyen escenas de todas las películas anteriores, generando así una ilusión de continuidad que, sin embargo, el guión de Richard Maibaum rompe con un chiste durante su mismísimo prólogo, en el que Lazenby musita un “Esto nunca le pasó al otro tipo” tras ver cómo se le escapa un sicario. Hunt sobrecompensó los temores de Eon respecto a su nuevo actor con un sobrecogedor gran angular, el mejor villano posible —Telly Savalas, sacándole todo el partido a ese Blofeld que Donald Pleasence no supo explotar en ‘Sólo se vive dos veces—, localizaciones tan alucinantes como Piz Gloria y una trama deliciosamente pop que, por primera vez, incorporaba a las Chicas Bond a su propia lógica interna, pero también le concedía a la Tracy de Diana Rigg (de moda en aquel momento por su trabajo en ‘Los vengadores’) el lugar de privilegio que le corresponde. Idolatrada por cineastas como Christopher Nolan o Steven Soderbergh, ‘007 al servicio secreto de Su Majestad’ es, en muchos sentidos, la película Bond definitiva.

También fue un auténtico calvario para George Lazenby, que nunca se sintió realmente cómodo dentro de su ciclópea producción. Gran parte de la culpa la tuvo Hunt, quien al parecer decidió aislar a su protagonista del resto del equipo (en su cabeza, 007 era un solitario) y ni siquiera tuvo la deferencia de hablar con él directamente, sino que todas las indicaciones se hacían a través de un asistente. Además, su condición de actor no profesional obligó al director a utilizar una aproximación algo heterodoxa a las escenas más dramáticas: por ejemplo, obligar a Lazenby a presentarse en el set a primera hora de la mañana y tenerlo ensayando su reacción al asesinato de Tracy hasta última de la tarde, para poder así obtener un primer plano de él realmente desesperado, exhausto, miserable. Aunque Hunt negó más tarde que nada de esto fuera cierto —de hecho, su química con el actor fue, según su versión, tan buena estaba dispuesto a dirigirlo en la siguiente entrega—, lo cierto es que algo debió ocurrirle al nuevo Bond durante el rodaje de ‘007 al servicio secreto de Su Majestad’, pues no se esperó a que terminara para comunicarle a Broccoli y Saltzman su decisión de no volver a interpretar el papel nunca más.

Essex, Inglaterra

Lezenby no confesó lo que ocurrió realmente hasta varias décadas más tarde. Si bien las primeras semanas de rodaje fueron coser, cantar, ligar con todo el mundo, hacerse a la idea de que sus problemas económicos eran historia y coleccionar invitaciones para absolutamente todas las fiestas celebradas en la Europa continental, algo se rompió cuando entró en una tienda de armas y el dependiente insistió en regalarle una Lüger, ya que esa era la pistola de James Bond. Lazenby se encontró a sí mismo bebiendo más de la cuenta, disparando su arma durante las pausas de rodaje y dándole vueltas a la incómoda idea de que, quizá, había vendido su integridad a unos superproductores que jamás lo respetarían. Cuando conoció a Ronan O’Rahilly, el empresario irlandés que fundó Radio Caroline, el núcleo de esa idea alcanzó masa crítica, provocando una reacción mental en cadena.

O’Rahilly ya era un gigante de la escena contracultural británica para entonces. Su leyenda: el tipo que pasó de tener su propio club en el Soho a montar su propio sello discográfico, sólo para descubrir que dos grandes multinacionales (EMI y Decca) ostentaban el monopolio sobre lo que sonaba en la BBC y que, por tanto, tendría que montar su propio maldita radio si quería que sus artistas se escuchasen. Compró un barco, el M.V. Caroline, y zarpó desde Essex hasta aguas internacionales para poder emitir lo que le diese la gana, convirtiéndose de facto en el santo patrón del movimiento de las radios piratas. Lazenby decidió contratarlo como su agente, y básicamente su primer consejo fue que se bajase de la franquicia de Eon. Las razones que le dio resonaron la cabeza del actor como un disparo de su Lüger: James Bond no estaba en sincronía con los tiempos, sino que representaba exactamente lo opuesto. La década de los setenta, le explicó O’Rahilly, se abría camino como un ciclón de amor libre y colores psicodélicos, de modo que no podía seguir siendo el poster boy del gobierno, de la represión, de la violencia institucional. La palabra clave ahora era el paz. 007, por supuesto, representaba la guerra.

En aquel momento, Lazenby no se dio cuenta de cómo una figura anti-establishment como Ronan O’Rahilly lo estaba utilizando para avanzar en su agenda política. La gente no quiere ver a James Bond nunca más, le decía mientras lo atiborraba de LSD. El futuro es ‘Easy Rider’ (Dennis Hopper, 1969). El futuro es el movimiento hippie. ¿Pretendes seguir ligando con esos trajes y ese corte de pelo? Pareces un poli, George. Prueba un poco de esto, George. Tras el proceso de contraprogramación revolucionaria digno de SPECTRE, Lazenby se presentó al estreno londinense de ‘Al servicio secreto de Su Majestad’ como recién salido de Woodstock. Broccoli y Saltzman estaban furiosos, pero aún no habían escuchado lo que su estrella tenía que contarles a los reporteros: que Bond era un bruto, que ya forma parte de su pasado, que nunca más iba a relacionarse con él… “La paz”, afirmó en la alfombra roja del Odeon de Leicester Square. “Ese es el mensaje ahora”.

Diana Rigg no hizo muy buenas migas con él en el set, pero fue esta decisión de abandonar la saga lo que acabó colmando la paciencia de la actriz. “Realmente no puedo hablar de lo que está pasando en la cabeza de George”, le contó a Gene Siskel durante una entrevista, “así que sólo puedo hablar de mi reacción. Creo que es un movimiento de lo más estúpido (…) No puedo seguir transigiendo en su obsesión consigo mismo. Es completa, increíble y puñeteramente imposible”.

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Poco después del estreno de la película, Los Angeles Times publicó una entrevista con Lazenby. “Fíjate en la música pop y aprende lo que va a suceder. Muchos cineastas no lo hacen, y por eso no están en la onda (…) Estoy terriblemente impresionado con Dennis Hopper. Me gustaría trabajar para él. También me gustan Arthur PennJohn Schlesinger y Peter Yates. Lo que voy a hacer es buscar un gran director primero y un buen guión después. Mientras tanto, se acabó Bond. Me ganaba mejor la vida haciendo anuncios”.

Nunca trabajó con ninguno de esos directores, claro. Su siguiente película fue ‘Universal Soldier’ (Cy Endfield, 1972), un ataque frontal a todo lo que 007 representaba, en la que Lazenby interpretaba a un mercenario en rebelión contra los gobiernos que intentan mancillar su karma. El actor la defendió ante la prensa australiana como “anti-armas y anti-Bond (…) una comedia sin argumento. Sólo es una serie de situaciones que mantienen el público entretenido, la clase de película que se está haciendo ahora en Europa”. Por su parte, Sean Connery llegó a un acuerdo con Eon Productions para volver a ponerse el esmoquin una vez más en ‘Diamantes para la eternidad’ (Guy Hamilton, 1971), a cambio de libertad total para elegir su siguiente proyecto. Que acabó siendo ‘La ofensa’ (1973), un thriller de Sidney Lumet y un billetedirecto hacia el respeto de la crítica internacional. En cuanto a Lazenby… Bueno, admitió estar en la ruina cuando aceptó una oferta para volar hasta Hong Kong y aparecer en la nueva producción de Bruce Lee para la Golden Harvest. Sólo que la superestrella de las artes marciales murió durante la noche anterior a su reunión, así que Lazenby acabó aceptando 10.000 dólares por aparecer en películas protagonizadas por alguno de sus dobles. Poco después, el actor tuvo que volverse a Australia e invertir lo que le quedaba en inmuebles y bienes raíces, que debe de ser la cosa menos hippie de la historia.

Epílogo: Mónaco

“Me encontraba en una fiesta cuando Roman Polanski me dijo: “Este es George, el actor redundante”. Y tuve que buscar lo que significaba “redundante”, pero realmente sentí… Pensé que no me querían en ningún sitio. Durante un largo periodo de tiempo, no supe quién era. Quería ser James Bond, pero no pude vivir a la manera de James Bond”.

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