Portada LA MUERTE DE UN HERMANO. LO VISIBLE Y LO INVISIBLE
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LA MUERTE DE UN HERMANO. LO VISIBLE Y LO INVISIBLE

MUERTE DE UN HERMANO
MUERTE DE UN HERMANO

Hace un par de semanas murió mi hermano mayor. La muerte siempre nos sorprende. Y nos sorprende porque vivimos como si la muerte no llegara nunca. El proyecto de un ser humano invariablemente queda trunco por más trivial que sea y, mientras esté consciente, tiene un mañana. Todos de alguna forma vamos a la cama y dormimos con cierta esperanza, esa de que veremos la luz del sol de nuevo. Incluso para los seres inconscientes que están en terapia intensiva y que se espera que mueran de un momento a otro. Mi hermano no vio la luz de nuevo.

He dejado correr los días para escribir estas líneas. No ha sido fácil.

En este momento me duele que no me duela. Me duele no haber construido nada con él. Y estar las horas rumiando eso de «pude haber hecho algo más». Es inútil.

¿Cómo es que alguien tan cercano puede ser el más desconocido de todos?

Nunca supe qué necesitaba. Cuáles eran sus proyectos, sus gustos, sus miedos.

Entonces todos los recuerdos me abofetean la cara

Viene a mí, la primera vez que se acercó de la forma más sincera, con el primer pago de su primer sueldo. Me dijo extendiéndome algunos billetes: «Toma. Esto es para ti». ¿Y qué hice yo? Arrojé el dinero, con mis seis añitos, al piso acompañado de un miserable: «Yo no te pedí limosna».

La muerte es un hecho único, ocurre una sola vez, no se repite. Es singular e individual, atañe a cada uno. Porque la muerte le pertenece a cada quien, como la vida.

Esa temporada cuando me golpeaba con frecuencia, por lo menos teníamos una relación. Era sencillo. Su altura, corpulencia y edad eran herramientas que podía utilizar para pegarme, intentar estrangularme o herirme con una lista más o menos regular de insultos (maricón-puto-joto, la santísima trinidad de la homofobia fraterna). A cambio, yo le devolvía chillidos, gritos, minutos larguísimos de miedo y de lágrimas los ríos. Lo que me viene a la mente es que, pude interpretarlo muy mal y que guardé por años un rencor indecible. Cuando con el tiempo yo le pagué con la misma moneda.

Hubo, desde la infancia, otros momentos más agradables. Cuando le dieron su beca en la secundaria. Al nacer sus hijos. Cuando supe lidiar con nuestro pasado. Cuando me preocupaba y pedía por él, porque fuera lo que fuera, era mi hermano.

La muerte es particular, es mi muerte, es general, social, plural, es tu muerte, nos ocurre a todos. Pero siempre esperas que le ocurra a alguien más, nunca a tu familia. Con los años esta ley nunca se cumple.

¿Qué hace un niño escribiendo poemas a la muerte de su abuela y dibujando un pájaro? Prendiendo velas por la madrina de su madre. Montando ofrendas por zutano o mengano. Y así con cada muerte. En vida te relacionas con las personas pero no basta. Después de muertas, gracias a la mente, tienes la oportunidad de seguir relacionándote y así hasta que se extingan los recuerdos. Luego, relacionarte a través de los olvidos es otra parte. Más no se queda ahí, en los sueños aparecen para comprobar que nos vivimos unos a los otros, más allá del apretón de manos o los abrazos. Y eso otro de repasarlos en cada aniversario luctuoso o día de muertos. Y las pesadillas se suman a la lista.

Si no pude pasar del rencor al perdón, para mí es un fracaso. Y esto también es inútil.

La muerte, según sea quien se muere, puede ser ajena, lejana. En ausencia del muerto es humor negro, chiste, puesta como mercancía para los medios de comunicación, o como un número. En presencia del muerto, es mirar, contemplar la agonía, ayudar, es un impacto emocional. Pude ser más hermano para mi hermano y amigo de mi hermano y no lo hice. Me duele que no me duela. «No te pelees con eso». Dijo mi amigo. Pero ¿cómo le hago? No sé a otros, a mí me duelen mis muertos.

Gusté tanto de los días en que me colaba en las cantinas siendo un niño, los billares, o el lupanar del pueblo. Mi hermano me enseñó que la vida era decadente en sí misma. Y me la mostró con la mayor crudeza. Eso sí, siempre con cigarros y alcohol. Porque la vida no lleva disfraz, nunca es hipócrita. Sí es alegre lo es, si es triste o estúpida de igual forma.Las sesiones de pornografía eran, creo yo, para hacerme más hombre o menos maricón, o menos puto, o menos joto. Como la vida ocurre una vez, mi hermano la vivía así. La vida de mi hermano nunca llevó rótulos. Se explicaba por sí misma. Los demás en cambio necesitábamos una aclaración, o varias, o todas.

Al día de hoy sigo pensando que para algunas personas hablar-acerca-de, o comunicarse-a-lo-bruto puede llegar a ser muy importante. Para otros, como mi hermano, las palabras son insuficientes. ¿Cómo explicas el dolor de un hueso que se rompe? ¿La infidelidad de tu esposa? ¿La falta de respiración en plena noche, cuando el resto de los cuerpos hunden y dilatan su vientre relleno de oxígeno, mientras el tuyo se extingue? ¿Cómo describes el momento de ver por primera vez a tu primer hija?

Hubo un día en que me golpeó. No supe qué hacer. Tomé toda su ropa y la arrojé a la calle. Y así pasaban uno a uno los coches sobre sus pertenencias. Mi madre me castigó después de eso.

En el hospital se desvaneció tras haber recibido el carro de choque por quince minutos. Resultó inútil. Fui el único que le vio morir.

Arrojaré todas esas estúpidas telarañas, esas culpas, esa tristeza, ese remordimiento. Se extinguirán. Como la ropa, como mi hermano, como yo algún día.

«Limosna» es un bien o un dinero que se da a un necesitado. No supe qué hacer. Yo no podía verme vulnerable ante ti. Pero no puedo hacerlo más. Lo seré cuando tenga que serlo.

Tu vida podría ser un bien que necesitaría en este momento. Y mi vida puede ser vulnerable, como la de todos. Cualquiera de las dos es inútil.

Mi hermano me dolerá como tenga que dolerme, o no dolerme, o empezar a dolerme, o dejar de dolerme. Estará lo que tenga qué estar. Así es y así será.

Descanse en paz.

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