Portada La última perversión sexual: prohibido el desodorante
Actualidad Sexualidad

La última perversión sexual: prohibido el desodorante

Revista Zero

Hubo un tiempo, cuando las glaciaciones, en el que fui un gordito feliz. Un gay cachondo y tarambana, con mi cintura de fritanga y mi papada cariñosa, sin más preocupaciones que comer gratinado y, si acaso, echar una canita al aire si los astros me eran propicios. Pero un día, de tanto ver anuncios de Hugo Boss y aquellos maromazos como bucaneros de Marsella, me puse a dieta. Me sumí en un delirio de acelgas y fitness y tres meses después, como por ósmosis, Jane Fonda y yo éramos apenas un único ser.

Me convertí entonces en un homosexual enciclopédico: musculitos de zángano, barba de jeque dubaití, camisetas rumbosas. De puro cliché, incluso me compré pastillas de Omega 3, que son una juerga para los triglicéridos. Y quinoa. Y guantes de entrenar con rejilla. Con rejilla. Y una cámara para selfies. Y aquello fue como dispararme en la sien a sangre fría. El principio del fin.

Atrincherado en mis nuevas medidas de revista, subí varios peldaños de la pirámide gay; comencé a alternar con los especímenes más cotizados de la carnicería homosexual. Me invitaban a fiestas de mucho pedigrí y pepinos en el gin-tonic, me sacudían a mensajes en sofisticadísimas apps dedicadas al fornicio, me guiñaban un ojo aquí o me pedían el teléfono allá. Y yo, que soy impresionable de más -y de Zamora, que da flojera-, caí en la puñetera trampa.

He aquí una ley inexorable, tan inexorable como lo de la gravitación universal: los tipos de belleza hasta el exceso acaban haciendo aguas por todas las costuras. Yo mismo lo he sufrido en carne propia, engorilándome con hombres de piel maravillosa y acento sureño, como sinfonías, que resultaron un fraude.

Sin entrar en trasuntos turbios, ni tampoco en detalles groseros, valga este resumen de mis descalabros amorosos de los últimos tiempos. Están el actor aquel de cierta fama que abusaba de prácticas extremas en los quehaceres de la cama. Y el bailarín que me prohibió usar desodorante. El más normal, vive Dios, tenía un trabajo digno y me invitaba a cenar en locales chic, a sitios de esos a los que va Terelu. Pero resultó vivir en un apartamento que escondía un terrible secreto: hacía algunos años el anterior inquilino había aparecido muerto en el salón, con una soga al cuello y tal. La noticia incluso saltó a los mass media, pues la policía nunca tuvo claro si aquello pudo ser un asesinato y andaban aún a la gresca con las autopsias. Y a mí las autopsias -y los fantasmas- siempre me dieron mucho coraje. Hubo también por ahí un actorzuelo porno (vade retro), un brasileño (y a mí los cariocas me han dado muy mala vida), un tipo que vivía en Orcasitas (ahí me pudo el orgullo de clase) y un votante de un partido político que tengo vetado por ética y estética de aquí a la eternidad.

¿Lo peor de todo? Que la culpa es mía y sólo mía. Mea culpa, que dicen los catedráticos. Pero se acabó. Me he dado no más que este verano para bajarme de este tren de vida errática y dislocada. Juro que desde el 1 de septiembre, Dios mediante, dejaré de ser un bon vivant y no pondré el ojo en tipejos con retraso madurativo. Y en 2018, si todo va bien, me desposaré con un príncipe azul. Bueno, con un príncipe. Azul o verde, lo mismo da. O con alguien. Lo que sea, mientras sea homínido. Lo juro por mi séptima costilla.

Fuente: Cortesía Javier Cid

Mercedes-Benz