Portada ‘Llega de noche’ ofrece demasiada atmósfera… y muy poca sustancia
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‘Llega de noche’ ofrece demasiada atmósfera… y muy poca sustancia

Al indie norteamericano moderno se le podrán reprochar muchas cosas, pero jamás su capacidad para fabricar sus propios mitos y leyendas. Por ejemplo, la de Trey Edward Shults, el guionista, operador de cámara y actor ocasional que pasó de servir como chico para todo en tres rodajes de Terrence Malick —‘El árbol de la vida’ (2011), ‘Voyage of Time’ (2016) y ‘Song to Song’ (2017)— a dirigir la aclamada ‘Krisha’ (2015), una pieza de cámara inspirada en un cortometraje previo protagonizado por su propia tía (amén de otros miembros de su familia). Tras hacerse con el Gran Premio del Jurado y el Premio del Público en el festival SXSW, la opera prima de Shults fue distribuida en su país por A24, lo que equivale más o menos a un pase dorado para el club de los cineastas mimados por la crítica. Todos los ojos estaban, por tanto, fijos en su segundo largometraje, presentado está vez en el Overlook Film Festival, pues A24 quería mandar un mensaje muy diáfano desde el principio: el tipo de aquel drama familiar autobiográfico se había pasado al terror, con toda la intención de ocupar esa dulce casilla que, en años anteriores, había elevado a propuestas como ‘It Follows’ (2014), ‘La Bruja’ (2015) y ‘Crudo’ (2016). En otras palabras: ‘Llega de noche’ nos llegó preconfigurada, desde su primer teaser, como la Película de Terror Seria y Cool del Año.

La realidad está muy por debajo de tales expectativas. Para empezar, Shults no parece haberse propuesto una inmersión con todas las consecuencias en el género, sino que simplemente utiliza una premisa post-apocalíptica más cercana a la ciencia-ficción para colocar las piezas de un drama familiar no demasiado alejado de la órbita de ‘Krishna’, si bien tocado por la paranoia y una aproximación psicológica a los personajes aún más retorcida. ‘Llega de noche’ espera al final del primer acto para colocar todas sus cartas encima de la mesa: en lugar de documentar uno de los recursos más socorridos del cine vírico (el periplo de los protagonistas por un camino lleno de peligros potenciales), Shults prefiere dejar la mayor parte de ese viaje en off para centrarse, por la vía de la elipsis, en lo que realmente le interesa. Esta es una película definida antes por la estasis que por los estallidos de violencia, más preocupada por construir una atmósfera inquietante y casi irrespirable en su malsana rutina que por observar cómo prende esa mecha al llegar a su inevitable clímax. Joel Edgerton (también productor) destaca como patriarca no abiertamente terrible en esa olla a presión que él llama hogar, regida por una serie de normas que, quizá, vayan más allá del deber en su obsesiva autopreservación.

 

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