Portada Todo lo que nos quiso decir ‘Guardiaoriente’, un episodio de transición con esteroides
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Todo lo que nos quiso decir ‘Guardiaoriente’, un episodio de transición con esteroides

Jorah Mormont (Iain Glen) ha tardado poco más de un episodio en recorrer todo el camino desde Antigua hasta Rocadragón… sólo para decidir, antes de tener tiempo de deshacer las maletas, que donde realmente tiene que estar es más allá del Muro. Durante sus primeras temporadas, ‘Juego de Tronos’ era una serie en la que el camino importaba tanto o más que el destino. Tyrion Lannister (Peter Dinklage) fue apresado por parar en una posada mientras volvía del Castillo Negro, pero ahora mismo no tendría tiempo para esa clase de ralentizaciones: en su séptimo año en antena, los personajes anuncian cuál va a ser su siguiente destino y, por regla general, tardan menos de dos secuencias en llegar a él. Esa clase de aceleración del tiempo narrativo se nota especialmente en un episodio como ‘Guardiaoriente’, emparedado entre el explosivo clímax de la semana pasada y (suponemos) la gran traca final de las dos siguientes. Más que una transición, es un reajuste necesario para todas las piezas de esta potente maquinaria; la clase de reajuste que antes, en aquellas temporadas de diez episodios, habría necesitado un par de semanas para producirse. Pero ahora nadie tiene tiempo para la parsimonia: hay dragones y muertos vivientes, por si no te habías enterado.

A un nivel profundo, nada sucede realmente en ‘Guardiaoriente’, pero es una nada que no te deja un segundo de respiro. Sólo durante sus cinco últimos minutos, en los que Jon Nieve (Kit Harington) se encarga de ensamblar y liderar la boy band más extraña de todo Poniente, el guión de Dave Hill —autor también de ‘Hijos de la arpía’ y ‘Hogar’— nos informa de que los miembros de la Hermandad y Sandor Clegane (Rory McCann) han sido capturados en off, lo que da pie a una secuencia en la que un buen montón de personajes se dicen a la cara un buen montón de cosas (ey, ¿tú padre no intentó matar a mi pueblo?) a contrarreloj, pues el episodio tiene que acabar con el grupo salvaje cruzando al otro lado.

Quizá el mejor ejemplo de lo mucho que ‘Guardaoriente’ va con la lengua fuera lo encontramos en la capital: Tyrion desembarca y, pum, ya estamos en mitad de su encuentro subterráneo con Jaime (Nikolaj Coster-Waldau), que acaba más o menos un minuto después de que Ser Davos (Liam Cunningham) convenza a alguien a quien no ve en años de que vuelva con él al lugar de donde escapó. De hecho, el Caballero de la Cebolla ni siquiera necesita acabar su frase: Gendry (Joe Dempsie) ya le ha dicho que sí, y antes de que quiera darse cuenta ya se habrá hecho Mejor Amigo Para Siempre de Jon Nieve, su compadre bastardo.

Oh, sólo que Jon no es un bastardo. Porque ese es el delicioso secreto de este aparentemente rutinario episodio: soltar una bomba de neutrones sin que nadie se entere. La comentamos en un breve interludio y, después, pasamos a la verdadera carne dramática que ‘Juego de Tronos’ nos ha presentado esta semana.

BREVE INTERLUDIO: LA BOMBA

(Cualquiera podría pensar que “Sam —John Bradley— recoge sus cosas y renuncia al sacerdocio” es un buen resumen de la trama de Antigua, pero entonces estaría pasando por alto la asombrosa pieza de información que Elí/Gilly —Hannah Murray— lee en voz alta sin que ninguno de los dos caiga en la cuenta de su significado. Sí, es cierto que un viejo septón con monomanía perdió gran parte de su tiempo vital apuntando la clase de cosas que no merece la pena apuntar, pero esa escrupulosa fijación por los datos también lo llevó a dejar constancia de la anulación y posterior boda clandestina del príncipe Rhaegar Targaryen con una desconocida. Lo que significa, por supuesto, que el hijo que ambos engendraron, Jon, no es un bastardo, sino que está plenamente reconocido bajo las leyes de los Siete Reinos. Lo que lo convierte en un pretendiente al Trono de Hierro tan bueno como la que más. Esta bomba responde al patrón que la serie ha establecido respecto a todo lo que tiene que ver con el verdadero origen del hombre más triste de Poniente: informar antes a los espectadores que a los propios personajes. Aunque, a tenor de cómo acaricia a ese dragón, es muy posible que la iluminación acabe llegándoles más pronto que tarde)

LA VERDADERA CARNE DRAMÁTICA

‘Guardiaoriente’ ha enfrentado a sus cuatro personajes femeninos más importantes con una faceta de sí mismas que hubieran preferido seguir negándose. En el caso de Daenerys (Emilia Clarke), Sansa (Sophie Turner) y Arya (Maisie Williams), se trata de su lado más oscuro: la Madre de Dragones toma la clase de decisiones sobre el terreno que obligan a Tyrion a invocar la figura de su padre, la actual regente del Norte necesita que su alguien decodifique por ella una serie de deseos de poder ocultos dentro de lo más profundo de su ser, su hermana pequeña se ve obligada a considerar la posibilidad de que alguien de su propia familia la haya traicionado. Claro que tú yo sabemos que esta última parte es una elaborada treta de Meñique (Aidan Gillen) para precipitar una ruptura entre las Stark. Recuperar aquella carta que Sansa fue obligada a escribir bajo coacción durante la primera temporada es una forma muy astuta de atar cabos por parte de la serie, al igual que el inesperado regreso de Gendry. Toques como estos son los que nos recuerdan que el Maestre Martin tenía, después de todo, un plan muy detallado antes incluso de que HBO se fijara en su opus.

Terminamos con Cersei (Lena Headey), quien ha descubierto dentro de sí misma algo muy distinto a lo de sus enemigas: vida. Y, por tanto, esperanza. Su embarazo desafía frontalmente la profecía de Maggy, pero lo importante ahora es el cambio que la noticia ha provocado en su conducta: la reina ha pasado de insistir en su plan suicida contra los dragones a contemplar algunas opciones que pasen por aceptar aparentes alianzas, al más puro estilo de su padre. Y todo de una secuencia a otra, porque así es cómo se mueve ‘Guardiaoriente’. Quién sabe lo que sucederá cuando le traigan la cabeza de un zombi helado, pero lo único claro es que no será la misma Cersei desesperada y pesimista que conocimos al empezar la temporada. Cinco episodios después, ya podemos afirmar que los mejores papeles en este séptimo año de hielo y fuego, los que más matices e interesantes recovecos presentan, son los femeninos. En cuanto a los hombres… Bueno, siempre podrán formar improbables (y guiados por un inequívoco fan service) equipos de élite para cazar no-muertos en menos de cinco minutos.

¡Hasta el próximo martes!

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