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Lobos de mar en Canadá

Lobos de mar

Los lobos grises se han adaptado al ecosistema costero de la Columbia Británica: nadan de isla en isla y viven de lo que encuentran en la playa

Lobos de mar

Curiosidad de lobo

Este lobo hizo una pausa mientras devoraba huevas de arenque para investigar un objeto medio sumergido en el agua: la cámara de un fotógrafo.

Foto: Ian McAllister, Pacific World

Lobos de mar
Rain wolves of the BC Coast live on a diverse diet. They are smaller than timber wolves.

Cachorros preparados

Los cachorros quedan al cuidado de familiares en puntos de encuentro, y sus padres les llevan alimento hasta que tienen edad suficiente para cazar –y rebuscar por la playa– con el resto de la manada. Los lobos de litoral pueden llegar a obtener del mar hasta el 90% de su alimento.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Devorando un león marino

Una manada de lobos isleños devora los despojos de un león marino. Los lobos no pueden cazar leones marinos ni focas dentro del agua, pero nadan para atraparlos en las rocas a las que se encaraman. A diferencia de los lobos de interior, los de litoral no dependen de los ciervos para comer, aunque los cazan si son abundantes.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Hábitat reducido

Hubo una época en que los lobos de litoral, de menor talla que sus parientes del interior, vagaban por buena parte de la costa Oeste de América del Norte. Hoy solo se encuentran en la Columbia Británica y el sudoeste de Alaska.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Adaptados a la marea

Las mareas dictan los hábitos alimentarios de los lobos de litoral en las islas de la Columbia Británica. ¿Qué manjares arrastrarán hasta la orilla? Las pozas intermareales ofrecen cangrejos, almejas, percebes y otras exquisiteces. Una ballena muerta puede dar de comer a toda una familia de lobos durante una semana.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Naturaleza prístina, aunque amenazada

Los lobos de litoral viven en una paz casi absoluta rodeados de un paisaje virgen…por ahora. En el 60% de la fronda primaria del Bosque Lluvioso del Gran Oso se permite la tala, y las grandes compañías energéticas quieren que enormes buques cisterna de petróleo y gas pasen por los sinuosos canales de esta costa.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Perfectamente camuflado

Un lobo se camufla entre las ramas de los cedros. Los científicos han demostrado que las islas más grandes tienen más probabilidades de albergar logos de litoral, aunque otro factor clave es la longitud de la línea costera, rica en vida marina.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Perfeccionando la pesca

Desgarbado y vacilante, un lobo joven perfecciona sus habilidades de pesca. A diferencia de los osos negros y pardos, más expertos, los lobos pescan en arroyos poco profundos. Después de atrapar el salmón con la boca, lo sujetan con sus garras antes de devorarlo.

Foto: Paul Nicklen

Lobos de mar

Una dieta basada en el salmón

Los lobos pueden engullir salmones enteros, pero a menudo se conforman solo con los nutritivos sesos. Según el biólogo Chris Darimont, los salmones ofrecen más proteínas y grasas que los ciervos, y además no cocean.

Foto: Paul Nicklen

“Qué, ¿crees que habrá suerte?”, me grita Ian McAllister. Estamos en un islote mi­núsculo, a 13 kilómetros al oeste de la Columbia Británica continental. Arbolada y ventosa, es una de las miles de islas que puntean este litoral tempestuoso, poco más que un rosario de rocas ocupadas por focas entre esta provincia canadiense y Japón. El viento de abril se lleva mi pesimista respuesta, y además McAllister –ecologista, fotógrafo, susurrador de lobos– ya ha decidido quedarse. Se sienta sobre el cordón de maderas de deriva que señala el nivel de la pleamar y yo lo emulo. Ante nosotros, una barra mareal de guijarros de varios cientos de metros de longitud conecta un islote con otro. Instalados en nuestros nidos de maderas blanqueadas, escudriñamos las píceas de Sitka y los cedros que tapizan la otra isla, el sargazo vesiculoso y las zosteras. Y, sin más, llega nuestro golpe de suerte.

Un lobo flaco como un palo sale de entre los arbustos y baja hasta la playa que tenemos en­frente. Hociquea las zosteras. Posa la pata sobre algo y lo rasga con los dientes; quizás un salmón muerto. Aparece entonces un segundo lobo. Ambos se tocan los hocicos, giran hacia la barra de guijarros y empiezan a vadear las pozas intermareales en dirección a nosotros.

En nuestro imaginario colectivo, los lobos corren veloces por la tundra persiguiendo caribúes, caminan entre los árboles del Oeste americano o acechan ovejas que se han perdido de la manada. Cazan ciervos, alces, rebecos blancos, caribúes, cualquier animal que corra sobre pezuñas. Y es cierto que en tierra firme, a un tiro de piedra de donde nos hallamos, viven así. Pero aquí no. En la costa abierta de la Columbia Británica hay lobos que no han visto un alce o un rebeco blanco en varias generaciones. Algunos tal vez no hayan visto jamás un ciervo.

Desde hace décadas los titulares de la prensa de todo el Oeste americano han «aullado» lo suyo: han informado de todo acerca de los lobos, sus retornos, sus retrocesos, el debate sobre si conviene gestionarlos y cómo hacerlo. Los han estudiado, descrito, vilipendiado, ensalzado. Cualquiera diría que a estas alturas deberíamos conocerlos a la perfección. Pero aparte de Homo sapiens, pocos mamíferos hay más adaptables y más diversos en sus hábitats que Canis lupus. Y estos lobos de la costa de la Columbia Britá­nica tienen todos los visos de ser un caso único.

En la costa abierta de la Columbia Británica hay lobos que no han visto un alce o un rebeco blanco en varias generaciones. Algunos tal vez no hayan visto jamás un ciervo

Chris Darimont, de la Raincoast Conservation Foundation, lleva más de diez años dibujando un retrato detallado del lobo de litoral, al que denomina «el mamífero marino más reciente de Canadá». Más reciente para la ciencia, claro.

A medio camino del puente de tierra que une las islas, nuestra pareja de «mamíferos pseudomarinos» queda bien a la vista. El ejemplar de la derecha tiene el pelaje prácticamente cano. «Una hembra alfa», me dice McAllister. El pelo del rostro es ya una pelusilla rala, como la de un peluche raído. Sus ojos son inexpresivos, como dos botones redondos. El otro lobo, un macho alfa, es un Adonis: leonado, con un esponjoso manto de puntas negras. Los dos llegan a nuestra playa. Cada vez más cerca. Cada vez más grandes. Por fin la matriarca se detiene. Levanta la vista. Escupe un gruñido hosco, hostil, y desaparece playa arriba.

Adonis levanta la cabeza, se endereza, me traspasa con sus ojos ambarinos… y avanza. Lento, seguro, osado. Haciendo caso omiso de McAllister, viene directo hacia mí.

La mayoría de los canadienses no sabría decir gran cosa sobre la remota costa de la Columbia Británica. La isla de Vancouver marca el límite sur; las grandes islas de Haida Gwaii (o islas de la Reina Carlota) constituyen el límite occidental, y el sudeste de Alaska delimita el norte. En medio, expuesta a la furia del Pacífico, se dibuja esta costa. En línea recta son 400 kilómetros, pero los glaciares tallaron en ella fiordos profundos durante la última glaciación, dando como resultado un litoral abrupto y laberíntico, como una puntilla de encaje. Está bañado por corrientes oceánicas tan gélidas como ricas en plancton, sustento de una extraordinaria abundancia de fauna marina (ballenas, aves, salmones, leones marinos, focas) y terrestre (grizzlies y osos negros, sin olvidar la variante blanca, el fantástico oso de Kermode, u oso espíritu). Un manto neblinoso de bosque lluvioso templado de coníferas lo cubre todo, desde la mismísima orilla hasta las cumbres de las montañas Costeras. Tapiza unos 65.000 kilómetros cuadrados –una vez y media la superficie de Suiza– y es una de las mayores extensiones de su género que aún quedan en el planeta. Es el Bosque Lluvioso del Gran Oso.

A principios de la década de 2000 Ian Mc­­Allister y el biólogo canadiense Paul Paquet quedaron intrigados al observar, en la parte continental –no en las islas–, a unos lobos de litoral devorando salmones. Con apoyo de las tribus in­­­dígenas locales encargaron una investigación al doctorando Chris Darimont, que ciñó su estudio a una zona de la costa central perteneciente a la tribu heiltsuk: una tercera parte del área es agua y las dos restantes, muy escarpadas y prácticamente sin red viaria, están cubiertas de im­­ponentes cedros y píceas de Sitka. Darimont y Paquet se saltaron el típico paso de tomar muestras de sangre y pelo directamente del animal.

«Recogimos caca», me dice Darimont. Excrementos de lobo, quiere decir, además de pelo, auténticas bibliotecas de información sobre su territorio, su sexo, su dieta, su genética y otras variables. «Los lobos defecan con intención, no al azar como los ciervos», me explica. Sus glándulas anales añaden a los excrementos unos depósitos grasos que hacen las veces de mensajes para sus congéneres. Les gusta dejar sus re­cados a la vista, sobre todo en cruces de caminos, donde la misiva llega al doble de lectores.

Después de diez años, infinitos chistes sobre cacas y unos 5.000 kilómetros y 7.000 muestras (esterilizadas, lavadas, embolsadas, etiquetadas y almacenadas en el sótano de la madre de Darimont), las heces empezaron a hablar.

Los datos correspondientes a los lobos de litoral que viven en el continente ponían en cifras lo que muchos lugareños ya sabían: que los lobos comen salmónEn la época de desove, estos peces constituyen el 25% de su dieta.

La sorpresa llegó al analizar el resto de los datos. Darimont y Paquet habían supuesto que los lobos de litoral que viven en las islas eran, simplemente, lobos normales que se movían entre los islotes y el continente, desplazándose cada vez que liquidaban los ciervos de la zona. Pero los datos revelaron que a veces esos lobos pasan su vida entera en las islas exteriores, donde no hay salmones que remonten ríos ni demasiados ciervos (a veces ninguno en absoluto). Son individuos que suelen aparearse con otros lobos isleños, no con los que se alimentan de salmones. Y viven de lo que encuentran en la playa. Mastican percebes. Engullen las pegajosas huevas que los arenques dejan sobre las algas. Se dan un banquete cuando la marea arrastra a tierra una ballena muerta. Nadan hasta mar abierto y se encaraman con agilidad a las rocas para darse un festín de focas que toman el sol. «Hasta el 90 % de la dieta de estos lobos puede salir directamente del mar», describe Darimont.

Lo más extraordinario son sus habilidades natatorias. Con frecuencia nadan distancias kilométricas para pasar de una isla a otra.
Paquet afirma que este tipo de lobo de litoral no es una anomalía, sino un vestigio. «Es casi seguro que en su día hubo lobos como estos en las costas del estado de Washington, pero el ser humano los aniquiló. Todavía los hay en algunas islas del sudeste de Alaska, pero son objeto de una caza intensiva.» La Columbia Británica autoriza la caza de lobos casi sin restricciones, pero la combinación de un bosque inmenso sin apenas carreteras, la baja densidad de población humana y la titularidad de la costa en manos de las naciones indígenas canadienses ofrece a los lobos del Gran Oso unas posibilidades de supervivencia muy halagüeñas en comparación con las de los lobos del sudeste de Alaska.

Pese a estas ventajas, y pese a la impresio­nante capacidad de adaptación de los lobos, sus perspectivas de futuro están cambiando.
Un polémico proyecto energético llamado Northern Gateway Pipelines planea tender un oleoducto de doble tubería desde las arenas bituminosas de Alberta hasta una nueva terminal en un fiordo de la costa norte de la provincia, cruzando las montañas Costeras. Con las tuberías funcionando a pleno rendimiento, cada día podría haber un petrolero salvando el peligroso paso entre el laberinto de islas. Al mismo tiempo hay en proyecto múltiples terminales de ex­­portación del gas natural licuado extraído de los campos de fracking canadienses, lo que se traduciría en una mayor presencia de petroleros en esas aguas.

El fantasma del vertido de crudo del Exxon Valdez de 1989 en la bahía del Príncipe Guillermo todavía obsesiona a muchos habitantes de estas costas. El año pasado, en una infrecuente manifestación de consenso, decenas de tribus de las naciones indígenas expresaron oficialmente su oposición contra el proyecto Northern Gateway. ¿Tendrán peso suficiente para frenarlo? «Nuestras tribus dirigen el destino de nuestras tierras desde tiempos inmemoriales –declara Jessie Housty, joven integrante del Consejo Tribal Heiltsuk que despliega una oposición activa contra el proyecto–. Northern Gateway no puede acabar con 10.000 años o más de tutela sobre el territorio.» No obstante, en momentos como este, con las amenazas que se ciernen sobre este lugar, un litoral tan ancestral como abrupto puede parecer muy frágil.

El lobo macho acecha, cada vez más cerca. Cada vez más grande. Miro a McAllister. Su expresión es de impasibilidad. ¿Ha traído el espray de pimienta? No lo creo. Repaso mentalmente lo que sé sobre los lobos. ¿Hay que mirarlos a los ojos o no? Ahora el lobo está muy cerca, a apenas seis metros de mí, y sigue acercándose. Mirándome fijamente. Fijamente.

Entonces, como surgido de las olas, un tercer lobo sale de detrás de la madera de deriva y se planta directamente ante mí: una versión más joven y más rojiza de Adonis. Frota la mejilla contra la del macho con gemidos eufóricos, hocicándole el rostro desde abajo en una exuberante demostración de afecto. Adonis me traspasa con la mirada un instante más antes de girarse para saludar al jubiloso jovenzuelo, que camina hacia el agua y se tumba en la arena. Mientras lo observo, el macho alfa desaparece. Y de pronto reaparece a mi izquierda, a sotavento, sobre el madero en el que estoy sentada. Se me corta la respiración. Husmea el aire. Me taladra con la mirada. De repente pierde todo interés en nuestra conversación. Baja a la playa, se tiende junto a su hijo y contempla el océano Pacífico, gris y salvaje, su fuente de alimento.

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