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El madridismo de José Mourinho

Mourinho es un personaje crucial en la historia del Real Madrid porque le permitió mantener su identidad cuando era prácticamente imposible.

 

Mi entrega favorita de ‘El Reverso’ estuvo dedicada a la figura de Pat Riley, el legendario entrenador de la NBA. Durante una hora de radio, los periodistas Gonzalo Vázquez y Andrés Monje profundizaron en su filosofía y contrastaron la principal diferencia que le separa del resto de mentes pensantes de la liga: mientras que los demás optan por trazar estrategias especulativas que, en función del estado de las franquicias dominantes, eligen intervalos de tiempo para crecer e intervalos de tiempo para ganar, Riley nunca hace planes a largo plazo y se exige vencer en cualquier circunstancia, frente a cualquier oponente. Como el Real Madrid.

El programa explicaba sus porqués y me ayudó a descifrar el secreto de la vitrina del Bernabéu. Riley desprecia los proyectos basados en el desarrollo de jóvenes promesas porque piensa que optar por esa línea hace que justo eso, el desarrollo de potencial, se convierta en el eje deportivo de un equipo, supliendo lo que, en su opinión, debe prevalecer siempre: la obligación de ganar. Pues además juzga que sólo intentando ganar a toda costa se somete al jugador a ese grado de presión que va a tener que soportar cuando dispute la gran final del título -por tanto, sólo así se descubrirá si aspira o no a soportarla-, amén de que sentencia que el único modo de mejorar como competidor es, voilà, compitiendo. Según su teoría, jugando se depura la técnica, la táctica o el físico, pero sólo persiguiendo la victoria, se alcance o no, se potencian aquellos parámetros abstractos que definen al campeón. Porque para empezar, la derrota jamás puede normalizarse. Tiene que doler como la misma muerte. El anhelo de tocar la Copa es más bonito que la desesperación por conservar la vida. Pero también menos eficaz.

El Real Madrid cumplirá en marzo 116 años y, de forma consensuada, habrá sido el mejor del mundo en, más o menos, 10. Porque es muy difícil ser el mejor del mundo. De ahí que albergue tanto mérito haber creado una cultura que consigue que cada integrante del club, desde el primer futbolista hasta el último aficionado, se haya comportado como si de verdad fuese -o pudiese ser- el número uno durante las últimas seis décadas. Es ese orgullo, ese imperativo autoimpuesto, lo que prepara a los blancos para la gran victoria incluso cuando perder es lo razonable, lo rutinario y lo inevitable. Por esta manera suya de ser, lo peor que le puede ocurrir es acumular hambre, tenacidad y conocimiento para, cuando el líder se relaja, usurparle.

De ahí el incalculable valor de lo que hizo José Mourinho en su paso por España. Mourinho es un personaje crucial en la historia del Real Madrid porque le permitió mantener su identidad cuando era prácticamente imposible. Para el madridismo, enfrentarse al FC Barcelona de Pep Guardiola no era intentar resolver la raíz cuadrada de 11, sino obcecarse con dividir entre 0, pues, por su personalidad, no le bastaba con rapiñar triunfos yendo de tapado -que era lo único factible contra semejante rival-, sino que estaba forzado a implantar un día a día movido por el objetivo firme y creíble de arrebatarle al Barça de Xavi, Iniesta y Messi el rango de referencia mundial.

Mourinho era la única opción. Sólo él reunía los cinco requisitos indispensables para creer y transmitir que dicha misión entraba dentro de lo viable: el carácter para autoproclamarse ‘The Special One’, el orgullo para defender ese título como fuera, el talento para lograr victorias con peores recursos que su adversario, el carisma para convencer a fenómenos de que había que vivir como un equipo pequeño para poder ser el más grande y la inteligencia para concebir dos planes paralelos y convergentes que crecían a la vez pero saciaban necesidades (necesidades) muy distintas. Por un lado, el Real Madrid de los partidos contra el Barça; un equipo defensivo, reactivo y oscuro que, en la temporada 2012/13, labró un balance de 3 victorias, 2 empates y 1 derrota frente a los culés. Por el otro, el Real Madrid del resto del año; un equipo ofensivo, protagónico y espectacular que, en la campaña 2011/12, batió el récord de la Liga española con 100 puntos y 121 goles. En un compás de tiempo en el que el Barça lo tuvo todo, pero todo como, quizá, nadie antes lo había tenido en el fútbol, los blancos siguieron viviendo como si pudieran ser el mejor.

Cuatro años después del adiós de Mourinho, el museo del gigante ha hecho hueco a tres nuevas Champions Leagues. En una entrevista reciente, fiel a sí mismo, defendió su peso en estos triunfos argumentando que él hizo la parte más difícil del trabajo. No le faltó razón. Aunque nada brille tanto como el metal de un trofeo, su cosecha no desmerece a la de demasiados. El legado de José Mourinho no fue la Décima Copa de Europa, y eso le perseguirá siempre, pero me inclino a pensar que él, por sí mismo, constituyó un punto de inflexión trascendental que bajo ningún prisma tocaba en ese instante. De no ser por su labor descomunal, creo que Xavi, Iniesta, Guardiola y Messi lo habrían cambiado todo. Con certeza, hoy, Ramos, Modric, Zidane o Cristiano no serían lo que son. Y mantengo dudas sobre si, en el futuro, habría habido iguales vestidos de blanco. El legado de José Mourinho no fue la Décima Copa de Europa. Fue el Real Madrid. Vivo.