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Manifiesto contra los mensajes de voz de WhatsApp

Skynet no nació en Los Ángeles (el 29 de agosto de 1997, a las 2:14 AM) ni en las oficinas de Cupertino ni siquiera en Sanxenxo. Skynet nació aquel día en que a los ingenieros informáticos de WhatsApp se les ocurrió añadir la opción push to talk, comienzos del 2013. No fue un día un guay.

“Todos pertenecemos a todos”

Seré claro: odio los mensajes de voz. No puedo con esta plaga que poco a poco (despacito) está tomando las trincheras de lo que antes era paz y silencio y esa “lunita” tan silente, ni tampoco sé ni entiendo quién y por qué empezó a usar sin escrúpulos ni medida esta nueva forma de socialización pocha  —qué narices: sí lo sé, claro que lo sé. Creo fueron las madres (así, grosso modo, como una masa uniforme y cuqui) las que dieron salida a este medio de comunicarse absolutamente absurdo y antinatural: ¿algo menos sexy que esos hombrecillos paseando por Fuencarral grabando un mensaje de voz con el trasto pegado a la barbilla? ¿Hablando a nadie?

Una plaga que ya es una invasión. Y es que según cita la propia empresa fundada por Jan Koum en 2009, cada día se envían más de 200 millones de mensajes de voz  (¡doscientos millones!). La cantidad asusta pero asusta aún más si lo comparas con el número de fotografías que se comparten diariamente: 3,3 millones. Porca miseria. Y yo me pregunto: ¿pero en serio tenéis tanto de lo que hablar?

“¿Puede decirse algo sobre nada?”

Cito a la propia WhatsApp Inc, que forma parte de la familia de empresas de Facebook desde el 2014: “La función de Mensajería de voz enriquece la experiencia de mensajería y puedes confiar en esta función para entregar mensajes importantes y urgentes. Por eso, los mensajes de voz se descargan de forma automática”.

¿Lo habéis leído vosotros también, no? Lo dice claramente: “mensajes importantes y urgentes”. ¿Qué narices hay de urgente en la lista de la compra, la sagrada comunión de la hija de Bisbal, lo que os diga esta semana —“queridos Acuarios”— Esperanza Gracia, ese hotelito en el norte o tus dudas entre terminar la última temporada de ‘Girls’ o intentarlo (otra vez) con ‘The Americans’? Lee mis labios: No. Es. Urgente.

Así que mi día a día ha mutado en una ridícula rutina: suena el móvil. Mensaje de voz. Móvil en la oreja. Lo escucho. Contesto “ok” o “guay” o 💃. Dejo el móvil sobre la mesa. Mensaje de voz. Y así, todo el Santo día.

“Si uno es diferente se ve condenado a la soledad”

He hablado largo y tendido (armado de paciencia y amontillados) con un par de simpatizantes del malvado mensaje de voz. Queremos saber. Queremos conocer de verdad los porqués de esta afición que tiene tanto de onanismo digital y de fatiga disfrazada cifrada en mp3. La respuesta, casi al unísono, tiene tanta lógica que asusta: “A mi ya no me gusta que me llamen… ¿y si no me apetece hablar? Con el mensaje de voz elijo cuándo escucho y puedo pensar qué digo, tranquilamente”. Mátame, camión. En fin, que quizá sea yo el carcamal y ya para qué conversar cuando puedes mandar telegramas, pero sigo pensando como Aldous Huxley en ‘Un mundo feliz’ (suyas son, por cierto, cada una de las sentencias que encabezan cada párrafo): “Es idiota escribir cuando no hay nada que decir”.

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