Portada Maricón de provincias ajusta cuentas con su trágico pasado
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Maricón de provincias ajusta cuentas con su trágico pasado

En el desenlace del verano, agotados ya los chulazos playeros y la letanía orgiástica, vuelvo a la casa familiar como el hijo pródigo que nunca fui. Y si lo fui, qué sé yo, descarrilé demasiado pronto. En autocar de línea, pues derroché todos mis ahorros en las cosas del frenesí, desembarco en esta puta ciudad de provincias, al norte de todo, en la que fui tremendamente infeliz.

Aunque la piel todavía me huele a hombres y sal, llego al antiguo hogar sin más misión que comer caliente y comer bonito, rebozarme entre sábanas limpias, dormir hasta que agonicen los gallos, dejarme acurrucar por el amor de madre. Pero ni siquiera eso, el amor de mi madre, que es una catapulta de besos, me ahuyenta los recuerdos.

Es inevitable: como a Juvenal Urbino en ‘El amor en los tiempos del cólera’, el olor de las almendras amargas de esta ciudad me recuerda siempre el destino de mi infancia contrariada. Dicho con menos lirismo, así en crudo, a lo español: es poner un pie en este sitio de mierda y me entra taquicardia, herpes labial, botulismo, tos ferina… Y no agarro gonorrea porque el sexo, aquí en las tinieblas, es prohibitivo. Pero esta vez será distinto; voy a romper este mal fario que me trae por el mal traer desde que era un ternasco. Aunque tenga que volver, uno a uno, a los lugares que martirizaron mi adolescencia inmunda.

Decido empezar por el colegio, un espanto hoy consagrado a la Formación Profesional (que es el futuro de esta gloriosa nación de naciones -dado el éxito de nuestro gallinero de universidades en los ránkings mundiales-). Allí me masacraron, me zurraron, me humillaron, me hundieron en el fondo de los fondos. Y allí regreso para recomponer los pedacitos, como en aquella película de chica-de-éxito-en-Manhattan-regresa-a-Arkansas-para-cobrar-herencia-y-acaba-enamorándose-del-cowboy-garrulo-del-pueblo. Pues eso. Pero antes de llegar, un rosario de casualidades acaba con mi coche en el depósito de la grúa. 130 euros. Abortamos colegio.

Segunda parada: el único bar de ambiente que durante años, décadas quizá, templó gaitas y urgencias entre los maricones del lugar. Es, así a brocha gorda, un garito putrefacto del tamaño de mi sala de estar (y vive Dios que yo no vivo en Versalles), con un cuarto oscuro no más grande que mi bañera. Recuerdo las partidas de parchís del dueño con una pléyade de clientes octogenarios. Parchís. Octogenarios. Sobre la barra. Mon dieu. Como entonces yo todavía era un gay por desflorar, esclavo de mi terrible secreto, tuve que esconderme en los servicios durante horas, con popó en mis slips Abanderado, cada vez que un conocido visitaba aquel puto chiringuito donde sólo pinchaban a la alfeñique de Raffaella Carrà.

Dieciséis años después de mi última visita, vuelvo al bar. Callejeo por lugares que me son horriblemente familiares, estoy cerca, comienzan a sudarme las manos, salivo cosas, sopla viento de levante, al fin llego. En lugar del garito, en el mismo local me doy de bruces con una tienda que vende brebajes alquimistas, afeites purgantes, movidas laxantes. Herbolario Macondo, se llama. Manda huevos.

Ya solo me queda el parque amurallado, donde hacíamos cruising (también llamado cancaneo) los de mi calaña. Como en aquellos años de infortunios no había apps para el arrime sexual, ni móviles, ni lujuria, ni había ná, teníamos que conformarnos con dar un garbeo por esta arboleda para cazar trozo.

Solo Dios sabe el frío esquimal que pasé entre aquellas malezas rodeado ancianos, tullidos, pervertidos e indigentes intelectuales. Muchos, incluso, nos jugábamos la vida; varias veces tuve que huir a pedradas, y en una ocasión fui emboscado por tres canallas que me reventaron el bazo a patadas. Pero estoy aquí para romper este sortilegio de recuerdos, así que me persono en el puñetero parque. Y donde antes había falos e incertidumbre hoy han construido un hotel boutique.

Decepcionado, prisionero de una triste lección de Arqueología, vuelvo a casa. Así no hay quien ajuste cuentas pendientes. En el camino de regreso hago una parada técnica en el Herbolario Macondo. Pido algo para la gasística intestinal, también llamada flatulencias, y corro a por besos y gazpacho de mi madre. Curiosamente, la Historia no me pesa bajo los pies. Me siento poderosamente aliviado, ligero, libre de culpa. Soy el Oscar Wilde de la Meseta Norte. Y, qué cojones, he sobrevivido.

Fuente: Cortesía El Mundo