Portada Por qué nadie habla del look de Felipe VI
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Por qué nadie habla del look de Felipe VI

El único lujo estético que el Rey Felipe VI se ha permitido en sus tres años de reinado fue cambiar la ubicación del mensaje de Nochebuena. El salón del trono del Palacio Real de Madrid era muchísimo más agradecido para las cámaras y también blanco fácil de la crítica: tanto tapiz, tanto candelabro. Pero también un poquito de óxigeno (dorado) entre tanta normalidad. La bóveda de Tiépolo, la decoración que le encargaron a Velázquez, las consolas barrocas. Un poco de estética o, lo que es lo mismo, un poco de discurso. Quizá pensamos que el reinado se movería en otra dirección a partir de entonces. Pero no.

Visita Felipe VI Inglaterra estos pasados días y en las portadas solo aparece Letizia y sus tríceps –qué tríceps–, los Varelas y si el amarillo natilla es o no apropiado. Una primera de un diario gratuito del metro de Londres titulaba: ‘It’s tiara time!’. Y el Rey sin salir por ningún sitio. Ni siquiera por lucir brazo al sol o algo así. Sí, se ha hablado del discurso que dio, de su inglés impecable y, suponemos, eso debería ser lo bueno y correcto. Lo que importa. Pero esto es una monarquía, por favor. Si no hablamos de estilo, de referencias y de historia, ¿cuándo lo haremos entonces? ¿Cuándo toca divertirse?

Nuestro Rey consigue que su elección de estilo sea, a la vez, veneno y canela. Su principal baza es lo que le impide crecer. Porque Felipe es absolutamente correcto. Impecable en su acepción más académica: no hay faltas ni errores, no cabe el reproche. Pero la moda es moda, precisamente, porque pasó de ser necesidad a ser capricho, así que requiere siempre de un poco de alegría. Algún riesgo, algún concepto. Si la moda es un espejo, el suyo es opaco.

Repasemos sus elecciones en este último viaje institucional. Un traje azul (con largo de mangas y pantalón correctos, no demasiado apretado, americana de dos botones con solo una abrochado) con una corbata cercana al fucsia. Raya diplomática y zapatos con hebilla para sentarse con Theresa May. Esmoquin y white-tie adecuados, a la altura de Felipe de Edimburgo. Eso es mucho, eh. Su corbata con lunares pequeñitos, en cambio, no fue suficiente para competir con el traje cruzado de Carlos, en azul casi eléctrico, con corbata aguamarina, pañuelo en otro tono y estampado, con flor en el ojal. Durante el discurso llevó un pin con la bandera de España pero no cuenta como complemento. El mejor traje que se puso fue el de ’embajador’ español, en sentido metafórico.

Sin duda el gran acierto del Rey es su grooming. Ha mantenido un peinado a lo largo de los últimos años que, aun bastante producido, parece natural. Y luego está la barba. ¿Cuántas cosas has leído en RZ sobre las barbas? ¿Hace falta que te digamos de nuevo lo importante que es llevarla bien si decides llevarla? Pues la suya lo resume todo: habría que darle un premio al barbero. O a él mismo si se la cuida tanto y tan bien. Lanza un mensaje poderoso de atención y cuidado, de edad bien llevada, de corrección. A veces se la quita y nosotros decimos NO. Con ella, mejor. Pero incluso eso es también su debilidad porque toda la información está ahí; Felipe VI no tiene ningún otro argumento de moda y belleza. Todo el esfuerzo está junto a la boca, todo el mensaje en una barba. Gran barba.

Lejos queda el príncipe que tenía relaciones amorosas imposibles (y las que no sabremos), el joven con trajes a cuadros y los cuellos de la camisa un poco más grandes de lo normal, los pantalones de campana que lucía en las fotos con las infantas. De un tiempo a esta parte, todo muere en sentido común. Una encuesta que tradicionalmente realiza la revista Paris Match sobre las casas reales europeas sitúa a nuestro Rey en el primer lugar de la lista. Por encima de los príncipes ingleses, quizá los más queridos y mediáticos. Y si lo ha conseguido no habrá sido por las americanas cruzadas ni por los zapatos raros; todo su encanto reside en la normalidad. En cómo ha intentado ser más transparente, en la apertura institucional que ha promovido, también en cómo se ha comportado con todo el follón de su cuñado, por qué no. Pero la cotidianidad triunfa. El traje azul o gris, la corbata que a veces es estampada (¡uh!) y a veces repite, las chaquetas de tweed con vaqueros, los jerseys para el domingo por la mañana y las camisas a rayas para ir al cine a ver Deadpool. No nos sorprende pero, parece, sí que gusta.

 

Sus “rivales” europeos más peligrosos serían los nobles con buena percha que, normalmente, llevan un poco más allá las cuestiones de estilo. Carlos Felipe de SueciaHaakon de Noruega, el Rey Felipe de Bélgica (su pelo y su barba canosos son también sus principales armas), los hermanos Guillermo y Enrique de InglaterraKyril de Bulgaria (que es otro nivel y con six pack), quizá Luis de Liechtenstein. ¿Cuenta Andrea Casiraghi? Aunque la mayoría aparecen más en las cubiertas de los barcos o con polos apretados que con trajes inspiradores; a veces, muchas veces, decimos estilo cuando queremos decir anécdota.

Bien mirado, quizá nuestro Felipe no esté reconocido como icono de estilo global pero ganaría muchas batallas en un duelo individual contra el resto de reyes y príncipes. ¿No será que hemos sobrevalorado a Guillermo y Kate y ya no vemos más allá? Nos cegó aquel Alexander McQueen.

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