Y si vuelvo como un delfín, ¿me escucharías entonces?

 

El cáncer, muchas veces, mata. Y lo hace aunque tú no quieras. Y lo hace porque la vida no siempre es como nos gustaría que fuera

Daniel Borrás @MrDanielBorras Ninguno de nosotros somos inmunes al dolor. Porque la enfermedad es algo que ocurre y la muerte algo que llega. Hablemos claro: la vida es bonita y complicada.

David Delfín no ha perdido una batalla contra nadie. ¿Contra quién demonios se pelea una enfermedad? ¿Contra el destino, contra un tumor al que le dibujamos una carita de villano? Se encontró con el suplicio de frente –el daño parece una lotería malvada– y su decisión, sí, fue luchar. Pero luchar contra el tiempo que le quedaba, contra sus cicatrices, contra las nubes que querían tapar su deseo y sus ganas. Vaya si tenía ganas. No era una batalla contra el cáncer porque no existen las batallas contra el cáncer: él peleó a puñetazo limpio contra las cosas que nadie quiere.

 

Tengo guardada en mi móvil la hora y 31 minutos de conversación que tuve la suerte de compartir con él el 31 de mayo de 2016. No sé si el número 31 significa algo; no entiendo la mística. Fue a las cinco de la tarde en un piso demasiado alto para no tener ascensor. Nos tomamos dos Coca-colas cada uno y él algún cigarrito también. Siempre le agradeceré su generosidad por querer contarme su historia, siempre agradeceré a Vogue que me dejara contarla tal cual quise hacerlo. Sin melancolía ni frases larguísimas ni titulares como ganchos. Solo sus palabras y su optimismo.

Me contó que se partió un diente como guiño a El Club de la Lucha, porque le encantó la película (el libro no lo había leído aún) y se sentía un poco así. “¿Qué te parece si titulas la entrevista ‘El club de la lucha’?”. “Me flipa”, le dije. Pero ya se sabe que no se titula con una película. Se quedó en ‘La Lucha’. Somos seres extraños y maravillosos: también me confesó que se separó los dientes cuando falleció su padre. Más cosas de dientes. Su conocido diastema, que muchos vieron como una frivolidad de moda, un capricho, un paripé de purpurina, simbolizaba la separación de ambos. Y nosotros juzgando a la gente y a la moda. No tenemos ni idea.

Habló de tumores, de grados, de fechas, de médicos y de rutinas. No decía cosas como ‘estoy malito’ ni se compadecía por nada. Ni siquiera intentó tapar sus heridas. De hecho, se fotografió las cicatrices que la cura había dejado en su cabeza. Es muy bonito crear belleza de cualquier cosa. Estamos aquí de paso y a la mayoría de nosotros no nos recordará nadie cuando nos hayamos ido así que, como decía Camus, quizá lo único que permanezca al final sea el arte. Arte de un costurón y unas flores. Qué bueno eso.

Esas fotografías las hizo su chico, Pablo, que tomaba café en un discreto segundo plano y apenas decía nada. Hace poco me escribió por Instagram para preguntarme por unas tazas de Dorothy Hafner que subí. “¿Dónde las has encontrado? A David le encantarán”, me dijo. ¿Sabéis lo que es el amor? El amor es ver una cosa y saber que a la otra persona le gustará. El amor son unas pocas palabras exactas.

Aquella tarde David me confesó que ahora tenía tiempo para hacer todo lo que antes se le escapaba. Exposiciones de Bourgeois y El Bosco, un montón de series de televisión, libros de Amélie Nothomb, cómo encontrar un taburete Duplex de Mariscal y las fotografías en los ascensores. Lo único que le preocupaba era seguir acariciándose los domingos por la mañana con su chico, seguir recibiendo en casa a sus amigos, preparar una exposición quizá. Me enseñó un editorial de moda que había hecho con Pablo. Estaba orgullosísimo y quería hacer más. Fue un diseñador de moda notable (más creador que modisto, más ideólogo que técnico) pero abarcaba mucho más. Yo llegué a comprarme una camiseta suya. Arte=capital.

Y en el minuto 49 de grabación le pregunté. –

Me sorprende que no hayamos hablado aún del miedo. Es como si no tuvieras.

-A mí me sorprende también. De momento no tengo miedo. Tengo una especie de espíritu de supervivencia.

No paro de pensar en todo lo que quiero hacer. Era consciente de la gravedad, consciente de que aquello era “una lucha real”. Pero su preocupación era cuántas cosas tenía por descubrir aún. Cuántos regalos podía hacerle a Pablo. Tantas piscinas por estrenar. La lucha es eso. No lo volví a ver. Nos enviamos, desde entonces, varios mensajes con cariños y canciones. Una de Prince titulada como su nombre que no conocía. Y si vuelvo como un delfín, ¿me escucharías entonces?”, dice la letra. Se emocionó. Yo más.

Uno no investiga ni descubre grandes tramas; vive bastante lejos de la batalla, el compromiso y las noticias de verdad. Lo único que tiene es la suerte de poder conocer historias maravillosas y contarlas después. Dejar quizá alguna pista para descubrir algo nuevo, explicar que detrás de la gente hay sentimientos porque eso es lo único que todos tenemos en común. Y soy consciente de que no hay ni rastro de poesía en el dolor, aunque muchas veces intentemos sublimarlo todo escribiendo. El cáncer, muchas veces, mata. Pero eso no quiere decir que esta historia no haya terminado bien. Las únicas historias que acaban mal son las que no hablan de amor.

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