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Once consejos gays para que sigas siendo heterosexual

Ser un hombre heterosexual es bonito, ya lo creo que sí. No tienes que dar explicaciones de tu vida privada a la familia ni confesarle nunca a nadie con temor o solemnidad: “el problema es que a mí me gustan las mujeres”. Puedes tocarle las nalgas a un amigo o sentarte sobre sus piernas en el asiento del ómnibus sin complejos (de ambos). Tienes derecho a ser todo lo promiscuo que te dé la gana o para lo cual te alcance el dinero, y hasta muy posiblemente te aplaudirán por ello. En fin, una verdadera felicidad que me gustaría de todo corazón que pudieras conservar por siempre.

Los varones heterosexuales poseen, además, otras innumerables ventajas que debieran tratar de defender hasta con las uñas —mejor con los puños, que es más heroico—. Un grupo de ellos, por ejemplo, suelen proceder como sementales en serie que preñan a una mujer hoy y a otra mañana, para luego tranquilizar sus conciencias con ese falaz lugar común de que madre hay una sola y padre es cualquiera. Otros pueden ser también machistas, violentos, groseros, egoístas, abusadores, buscapleitos, escandalosos, exhibicionistas, pedófilos, violadores, sin que nadie jamás les cuestione o relacione tales conductas depredadoras con ninguna pérfida patología cuya causa presunta sería su (des)orientación sexual.

Por supuesto, también hay masculinidades menos nocivas y hasta muy positivas en este patrón. Hay esposos y padres modelos, trabajadores ejemplares y hasta intelectuales, enfermeros y artistas excelentes, de una heterosexualidad a toda prueba. Incluso no son pocos los que tienen un amigo gay o varios —muchos con sinceridad, otros como si cumplieran una cuota para poder decir que no son homofóbicos— y a veces hasta los reconocemos por eso, como si fuera un gran mérito.

Eso no quita, por cierto, que todavía muchas veces la mayoría de los heterosexuales tengan el buen tino para darse cuenta de que las personas lesbianas, gays, bisexuales o transexuales, con demasiada frecuencia solemos exagerar en eso de la discriminación y la homofobia, o queremos ir muy deprisa en superarlas, o somos incapaces de comprender de que hay asuntos mucho más importantes y serios y trascendentes y urgentes, como la actualización del modelo económico cubano, la implementación de los lineamientos del VI Congreso del Partido, el bloqueo norteamericano, las agresiones del imperialismo, en fin, cualquiera de esas grandes metas colectivas —y en ocasiones algunas que podrían parecernos inclusive bastante epidérmicas o circunstanciales— ante las cuales nuestras pequeñas e insignificantes vidas particulares, nuestras “preferencias” sexuales ya toleradas lo suficiente gracias a su magnánima paciencia y comprensión, nuestros más íntimos sentimientos, realizaciones y derechos como seres humanos, pueden —sencillamente— esperar.

Es por ese motivo que me siento en el deber de intentar ayudar a mis compatriotas del género masculino que son heterosexuales —fundamentalmente a los que habitan en La Habana, aunque determinados aspectos seguro funcionarán también en el resto del país, y quién sabe si en otras latitudes—, mediante algunas modestas recomendaciones prácticas que quizás podrían servirles —al menos coyunturalmente, mientras la ciencia heterosexual descubre si la homosexualidad es innata, genética, sociocultural, aprendida, política o viral— para que jamás corran el riesgo de perder esa tan elevada condición que, al parecer, la humanidad tanto necesita proteger de nosotros, los gays.

Aquí, los empíricos y humildes consejos de alguien que conoce y ha sido testigo de numerosas conductas heterosexuales de alto riesgo:

1.   Si vas por la calle, trata de no cruzar la vista con otro hombre; y en caso de que ello ocurra, no la sostengas mucho tiempo. Pero sobre todo, NUNCA te des vuelta para mirarlo otra vez después de sobrepasarle.

2.   Evita cualquier tipo de baño público, incluyendo los de las terminales de transportación colectiva, centros comerciales, estadios, cines y teatros; en caso de extrema necesidad, cuando ya estés en el urinario mantén la vista al frente, sin desviarla a los lados, ni siquiera con el rabillo del ojo. Ah, y no leas los grafitis obscenos en las puertas del retrete.

3.   Cuando vayas solo al cine, no te sientes en las filas más apartadas de los pisos superiores o en las más próximas a la pantalla. Si entras a una sala donde las películas no son de estreno y te percatas de que el público es exclusivamente masculino, huye inmediatamente.

4.   Bájate enseguida del ómnibus repleto donde “sin querer” te pegaste a los glúteos de otro hombre, este lo sintió y permaneció inmóvil sin ponerte mala cara, y a ti —para colmo— te excitó su proximidad (En el caso de que fueras tú a quien le rozaran el trasero y llegara a gustarte, entonces muy probablemente la única escapatoria a tu destino sería lanzarte debajo de las ruedas del mismo vehículo o del siguiente, pero no te lo recomiendo).

5.   Ten cuidado con tu apariencia física y el gimnasio: si te enamoras de tu propia figura, casi siempre terminarás admirando otra mejor que la tuya. Bajo ningún concepto cedas a la tentación de toquetear los potentes músculos de tu colega de ejercicios, para apreciar cuánto volumen ganó en el último mes; si él te lo pidiera, cierra los ojos, pálpalo, y piensa solamente en lo fuerte que está, y no en lo buenísimo que se ha puesto.

6.   No cambies camino por vereda, sobre todo si esta última es algún trillo o sendero apartado que frecuentan hombres solitarios. En caso de que obligatoriamente debas atravesar por sitios oscuros o andar por ciertas calles de madrugada, jamás te detengas y le preguntes a un extraño: “¿Qué haces, dando una vuelta?” o “¿Esperas a alguien?”

7.   Aprende a conformarte con el sexo que te proporciona tu pareja heterosexual. Resulta muy feo eso de salir por ahí a procurar ciertos favores con otros hombres, y luego querer librarte del cargo de conciencia con la socorrida frase de “¡Ay, si mi mujer me hiciera o me dejara hacer esto o aquello, yo no estaría aquí”!

8.   Asegúrate de tener la certeza interior, o sea, convéncete a ti mismo cueste lo que cueste, de que vas a las obras del grupo de Teatro El Público solamente porque le fascinan a tu novia o a tu esposa. Trata de no ir solo, sin que ella lo sepa, o con tus amigos varones: pues ya sabes que siempre hay hermosos desnudos masculinos y verlos puede crear hábito.

9.   Muérdete la lengua si te entran ganas de gritar ¡Bravo! en medio de una escena de ballet. Solamente al finalizar el acto o la función, aplaude de manera moderada, con palmadas enérgicas y viriles. Si no crees poder conseguirlo, no vayas. (Esto sirve también para los conciertos de las divas y los cantantes de moda)

10.               Concéntrate en el juego de béisbol, y no te fijes en ninguno de los peloteros (válido para cualquier deporte, pero más todavía en los casos de la natación y los clavados).

Y como recordatorio adicional, una adaptación libérrima de un precepto clásico del cine y la literatura cubanos, que no podía faltar:

11.               Si hay chocolate en la heladería Coppelia, no pidas fresa. O al menos opta por una ensalada mixta (Por suerte, el macho metrosexual —otro hombre nuevo— ya puede degustar todos los sabores, depilar su cuerpo, entresacar las cejas, lucir aretes, teñir su pelo, vestir de rosado y hasta enseñar el c…)

Espero, pues, les resulten útiles estas sanas advertencias. Son completamente gratuitas, y ni siquiera tienen que darme las gracias. Pero si no las siguen al pie de la letra, no me responsabilizo con los resultados. Suerte y que tengan una larga vida feliz y heterosexual.