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El Orgullo en Madrid no es reivindicativo (y no está mal)

 

  • Somos una de las celebraciones LGBT del mundo que más pasa del contenido político e institucional.

  • Los activistas se lamentan, con algo de razón: es cierto que al final el Orgullo Gay no es tan distinto a una Semana Santa.

  • Que una semana al año bandera multicolor se ondee única y exclusivamente en pos del desenfado es sano, porque también estamos reivindicando y celebrando que no ser heterosexual cada vez condena menos al oscurantismo o a la soledad.

Es un hecho no oficial desde hace tiempo: ni la Paloma, ni San Isidro. Las fiestas de Madrid son el Orgullo Gay. Este año, además, nuestra querida villa se convierte en capital del Orgullo Europeo y del Orgullo Mundial, lo que, dejando de lado que según la teoría de los conjuntos es un poco raro ese doblete, nos hace preguntarnos: ¿qué tiene nuestra manera de celebrar el Orgullo que nos ha situado en el mapa mundial del colectivo?

Pues digámoslo ya: somos una de las celebraciones LGBT del mundo que más pasa del contenido político e institucional. Si algo tenemos en España es nuestra capacidad para olvidar y, para bien y para mal, el desfile es una fiesta con todas las letras que prefiere no pensar que todavía en los años 80 los homosexuales estaban incluidos en la ley de vagos y maleantes. Hoy, treintaypico años más tarde, ni todas las hidroeléctricas de las presas construidas durante el franquismo generarían energía suficiente para tanto electroshock curativo.

 

Los activistas se lamentan, con algo de razón. Es cierto que al final el Orgullo Gay no es tan distinto a una Semana Santa: no importa que no creas, que no hayas ido a misa en tu vida y que blasfemes que, oye, qué impresionante la procesión de la Macarena.

Estos días habrá muchos en la millonada de personas que acuden a la marcha del Orgullo que se llevarían un sofoco si algún día su hijo le dice que es gay. Es el mismo compromiso que tuviste tú cuando te manifestaste en contra de la globalización y luego amueblaste tu casa de IKEA.

Habrá otros que irán a criticar, que también es muy español: mira ese, mira qué horror, pero cómo puede ser, esta imagen del colectivo no ayuda, es contraproducente…

Es por eso que el año pasado se organizaron contramanifestaciones para reivindicar un orgullo diferente y alternativo, que llevara el debate al poliamor y las desigualdades todavía existentes. Razón no les faltaba.

 

En los orgullos de San Francisco y Nueva York, el peso de la historia está muy presente: la lucha por los derechos, la era del sida, las batallas todavía pendientes. La diversión está, pero se lleva a las márgenes del caudal principal del desfile.

En Barcelona, al final, la celebración gay que se ha llevado el gato al agua es el Circuit: cuerpos perfectos, sexo, drogas y música techno. Una fiesta más endogámica.

Y luego está Madrid, pichi, para mantener su verbena arco iris, su botellón a gran escala, su mezcla intergeneracional e interideológica no muy meditada, que simplemente se arrima, no al sol que más calienta, sino a la fiesta que más anima.

En tiempos en que se defiende la pedagogía lúdica, en los que la sangre sin sangre también entra, creo que es importante no infravalorar el poder de que se asocie la diversidad sexual con la diversión, aunque sea un tema muy serio.

Es cierto que la lucha no debe ser solo eso, pero sí debe ser también eso, y que una semana al año su bandera se ondee única y exclusivamente en pos del desenfado sólo puede parecerme sano. Porque también estamos reivindicando y celebrando eso: que no ser heterosexual cada vez condena menos al oscurantismo o a la soledad.

Y porque es esencial que las próximas generaciones se recuerden en los hombros de sus padres viendo el Orgullo como algo que se espera de un año para otro y que hace famosa su cuidad en el mundo. Que les quede grabado que se lo pasaron pipa viendo señores con arneses de cuero y drag queens de plataformas infinitas. Que en el futuro, si un día ven personas así a su alrededor, les retrotraiga a un momento feliz, les genere una sonrisa entrañable y no el miedo a lo desconocido.

Y, sobre todo, que si algún día quieren ser exactamente eso, sepan que una semana al año otra gente saldrá a la calle a verlos y a festejarlos, pero ellos tendrán toda una vida entera para serlo y disfrutarlo. Feliz orgullo a todos.

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