Portada Papá me lleva al taller y me folla el culo a pelo con su gran herramienta
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Papá me lleva al taller y me folla el culo a pelo con su gran herramienta

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Ven, que te voy a dar una sorpresa por tu dieciocho cumpleaños, pero con una condición, que no se lo digas a tu madre, ¿eh?“. Con esta frase de mi padre casi susurrada me desperté el día en que me hice hombre. No eran ni las siete de la mañana, casi no podía abrir los ojos y tenía las sábanas pegadas, literalmente, porque acababa de tener un sueño húmedo.

Mi padre se quedó mientras me vestía. Siempre solía ser el que me levantaba para ir al insti y allí se quedaba hasta que me ponía los vaqueros. Entre los dos había confianza entre chicos y no me importaba que me viera la chorra colgando, es más, muchas veces me había pillado haciéndome una pajilla, pero nada, abría la puerta, miraba, me dedicaba una sonrisa, me guiñaba un ojo cómplice y se marchaba.

Esa mañana me puse lo justo y me condujo al taller. Joder, ¿qué podía haber en el taller que fuera una sorpresa? ¿Quizá un descapotable de regalo? Me llevó hasta la mesa de herramientas y allí continuó con el misterio: “Te voy a enseñar una herramienta que no has visto nunca, pro esto que no salga de aquí“. Para mi sorpresa, mi padre se bajó la cremallera, se desabrochó el botón de los pantalones y me enseñó la polla toda tiesa. Hostia puta, seguro que en un par de añitos hasta le superaba, pero por ahora la tenía mucho más grande que la mía.

“¿Quieres chupársela a papá?” La verdad es que sí que quería, así que me agaché, me puse de rodillas y se la empecé a comer a boca llena. Siempre había tenido la ilusión de autofelarme mi propio rabo, pero ni la tenía lo suficientemente larga ni tanta flexibilidad como para lograrlo, por lo que chuparle la pija a mi padre era lo más cercano a comerme mi propio nabo. Estaba calentito y muy duro.

Le degusté alguna que otra gota preliminar de semen que se le escapó por la raja del cipote, estaba deliciosa, como mi lefa, venía de familia. Me levantó, me puso de espaldas contra la mesa de herramientas, elevó una de mis piernas encima dejándome el culito abierto y se acercó para susurrarme de nuevo: “Ahora vas a ver cómo trabaja papi en el taller“. Y sin más, con un gemido de gusto que dudo que mamá no hubiera escuchado arriba, me metió la tranca gorda por el ojete.

Desde que me coló la polla no paró de follarme. Desde luego mamá tenía que estar bien contenta por las noches con esa cacho herramienta. Ya le había dado de sí el coño a ella que ahora venía a por mi culito tierno e inmaculado, todo apretadito para echarse unos vicios. Puto cabrón. Sólo se separó de mí un instante para tumbarme en el suelo, abrirme de piernas y volver a penetrarme. Cuando estuvo del todo caliente, se sacó el rabo, pajeó duro y me echó toda la lefa encima gimiendo como un cerdo: “Sopla las velas hijo, sopla las velas“.

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