Portada » “Mi pastor me explicó lo aberrante que era ser homosexual
Hombres

“Mi pastor me explicó lo aberrante que era ser homosexual

En este relato un hombre cuenta el drama que sufrió cuando, a pesar de su fervor religioso, descubrió que era gay

Hace casi 21 años nací en un hogar cristiano de tradición, fiel al Dios de la Biblia. Un hogar con unos valores preestablecidos que seguí fielmente. Fui creciendo en la fe cristiana, iba 5 veces a la semana a la iglesia, estaba en células de oración, asistía a los cultos de los miércoles y domingos, a las reuniones de jóvenes y a los encuentros de líderes. En mi vida, aparentemente todo estaba bien, era un estudiante destacado, un buen deportista y, por supuesto, el líder que más destacaba en mis grupos de adolescentes y de jóvenes en la iglesia. Todo el mundo se hacía grandes expectativas conmigo, añoraban verme convertido en el gran profesional, en el gran líder espiritual, en el gran deportista, sin embargo, había algo que no dejaba que mi vida fuera plena, algo que hacía que no me sintiera bien conmigo mismo, algo que hacía que me señalara y me sintiera culpable.

Desde mis 8 o 9 años descubrí que me atraían los hombres. Esto se volvió mi infierno personal, esa fue la “cruz” que tuve que cargar por un largo tiempo. Desde esa edad inicié mi lucha personal por cambiar, oraba tres veces al día, leía la Biblia la misma cantidad de veces, iba a la iglesia lo que más podía, para así sacar de mi cabeza tan “terrible abominación” y hasta decía para mis adentros “mejor me suicido, pues prefiero irme al infierno viviendo una corta vida de pecado, que irme después de desagradar a Dios toda mi vida”.

Así fui creciendo, inseguro, con mil temores, escondiéndome por miedo, tanto a desagradar a Dios, como a derribar el ídolo en el que me habían convertido mis padres, mis familiares, mis pastores, etc. Me daba pánico tener que contarles y que se sintieran decepcionados, que tuvieran que renunciar a todas las expectativas que se habían hecho conmigo. A los doce años decidí contarle a quien fue como un padre para mí por mucho tiempo, mi pastor de adolescentes, a quien recuerdo con gran cariño, con él inicié un proceso para “corregir mi pecado”, para abandonar esa “vida de depravación sexual” que me habían hecho creer que llevábamos los homosexuales.

Mi pastor me hizo un plan de oración, un plan de estudio bíblico, nos reuníamos constantemente y me explicaba las áreas del ser humano que afectaba el homosexualismo, y lo aberrante que era, pues afectaba la naturaleza misma del ser humano. Sé que no lo hizo jamás en mal plan, realmente creía que era lo mejor y que me estaba ayudando. Las liberaciones y las autoliberaciones, que en palabras más conocidas son los famosos exorcismos, fueron el pan de cada día, pues mi comportamiento era atribuido a una legión demoníaca llamada Jezabel. Pero ahí seguía yo, sintiendo que nada funcionaba, sintiendo que era el peor de los pecadores, hasta llegué a pensar que era el antiCristo.

Un día, mi pastor me aconsejó que les contara a mis padres, pues para tratar mi “problema” se requería apoyo familiar, porque había sido generado por una disfuncionalidad familiar. Llegó el día en que le conté a mi padre. Habíamos discutido fuertemente, porque me había dado a entender que era una carga para él, eso me ofendió y me dolió en el alma, así que estuve llorando desconsoladamente por largo rato, hasta que él me buscó, por alguna razón sentí que era el momento propicio para contarle, así que, con lágrimas en los ojos, le dije: “papá, soy gay y quiero que me ayuden a cambiar”.

Mi padre desesperado y con lágrimas en sus ojos también, trató de tranquilizarme y me dijo que todo estaba bien, que Dios nos iba a ayudar a que yo cambiara. Sin embargo, lo que había sido tranquilidad se convirtió en un infierno con los días, pues yo era un joven muy independiente, acostumbrado a no necesitar controles para tener una vida sana y ordenada, pero, de repente, ellos me controlaban la hora de dormir y a las 10 de la noche desconectaban el internet para que yo no me viera tentado a conocer hombres, ni mucho menos a ver pornografía, me controlaban mi hora de salida, de llegada, quisieron empezar a recurrir conmigo a lugares que nunca habían ido, como lo fueron las canchas de básquet, pues en los 7 años previos que llevaba jugando básquet, jamás se habían animado a ir a un partido, fue solo hasta que su hijo les confesó ser “marica”, que se animaron a ir, para poder controlar qué hacía y qué no.

La vida en casa se me volvió un infierno, sobretodo porque ya toda mi familia paterna, donde abundan pastores y pastoras, se había dado cuenta y todos querían opinar y aconsejarme. Una de mis tías, quien tiene una fundación para “rehabilitar homosexuales”, fue la principal aliada de mis padres en este proceso. Las liberaciones se hicieron más constantes. De mi parte puse lo que más pude para el supuesto cambio, me metía en ayunos de una semana yo solo, encerrado en una finca sin comida, orando lo que más podía, leyendo la Biblia y sintiendo que era muy malo, porque, aunque hacía todo para que Dios me escuchara, mis esfuerzos eran inútiles y nunca recibía una respuesta de su parte.

Inseguro de mí mismo, seguía andando por el mundo, sintiéndome como la peor basura que hubiese pisado la tierra. Llegué a la universidad y cuando vi que no era el único que padecía de esta “enfermedad”, y que, de hecho, era más común de lo que pensaba. Cuando vi que ser homosexual no significa ser promiscuo, que no significa ser un pedófilo, que no significa ser una abominación, empecé a repensar mi forma de ver el mundo, hasta que llegué a un punto en el que tuve que tomar una decisión, o seguía aceptando la condenación bíblica y torturándome toda la vida por algo que no puedo cambiar, o iniciaba un proceso de replantearme todas mis estructuras mentales y me aceptaba tal cual soy. Evidentemente opté por la segunda opción. Fue un proceso muy difícil, pues por mucho tiempo el “temor al fuego eterno” no me permitía descansar, pues la religión había sido todo lo que había conocido durante toda mi vida.

La decisión que tomé, sin embargo, fue la más acertada, que no la más fácil, porque evidentemente el ambiente en casa se volvió mucho más tenso, los alegatos eran constantes, me convertí en el punto de conversación principal de toda la familia, porque, aunque abiertamente no había reconocido haberme “rendido” en mi lucha, por mi conducta era lógico que lo había hecho. De esa manera, los chismes, las mentiras se volvieron constantes, diciendo que me habían visto en X sitio, haciendo Y cosas, y mis padres, que por el hecho de que yo fuera gay ya creían que era capaz de hacer cuanta perversión les contaran, dejaban de hablarme por largos periodos de tiempo, por la tristeza que les generaba pensarme en esa “vida de pecado”. Hasta que un día, hace casi diez meses, me vi forzado a dejar la casa de mis padres.

A mis padres no los juzgo, nunca lo he hecho, comprendo que siempre han creído que Dios me puede cambiar, y sé que solo buscan lo mejor para mí. Sin embargo, no han sido mi único reto, hoy asumo mi condición sexual, consciente de que esta confesión pública puede hacer que los prejuicios que reinan en el medio en el que laboro, hagan que mi volumen de trabajo se vea considerablemente disminuido, sin embargo, no es justo, ni conveniente tener que seguir andando como un ladrón cuando quiero estar o compartir con alguna persona, pues no considero que sea un delincuente o un pecador.

Mi invitación hoy es que a asumamos nuestra realidad, a que no permitamos que los prejuicios nublen nuestra razón, ni a que sigamos intentando agradar a los demás, sacrificando nuestra propia felicidad. Además, a que sigamos luchando por la reivindicación de nuestros derechos, pues, si bien ya se ha avanzado mucho, el camino que queda aún es largo.