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Relatos gay

Profanando un cuerpo masculino. Parte 1

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Como cada primer sábado del mes mis padres trabajan juntos en el turno nocturno del hospital de zona, haciendo que por ese día me quede a dormir en casa de mi tía, hermana de mi padre.

En la escuela donde cursaba mi primer año de bachillerato se escuchaba por todos los salones el sonido del timbre que indicaba el final del día escolar.

[15:55 hrs]

Camino sobre la orilla del pavimento, desde ahí logro ver una par de coches estacionados frente a la casa de mis tíos, al llegar toco el timbre, lo hago una vez, nadie sale, lo hago en un segunda ocasión sin tener resultado. A lo lejos logro escuchar risas, eran hombres, entre ellos seguramente sonaba la de Martín, mi tío esposo de la tía Aurora. Me doy cuenta que el timbre no suena lo suficientemente fuerte como para que dentro de la casa se percaten que hay alguien afuera. Cansado de esperar, lanzo sobre el portón mi mochila con los útiles dentro, luego me preparo para escalar.

Caminando por la cochera logro ver por la ventana el rostro de Martín, noto su semblante confundido mientras me ve acercándome a la puerta principal.

-¿Leopoldo, que haces aquí?- pregunta mientras abre la puerta dejándome entrar.

Desde el recibidor se escuchan voces, conversaciones de hombres, el sonido venia del jardín, eran aproximadamente unos cuatro señores jóvenes, como de la edad de mi tío, entre 30 y 35 años.

-¿No me diga que se le olvidó que día es hoy?- pregunto un poco enfadado. -¿Y mi tía, donde está ella, también lo ha olvidado?

Sé que en esa ocasión me comporté un poco grosero pero, ustedes ¿Cómo reaccionarían si llegan a una casa donde te quedarás a dormir y nadie te esté esperando?

-Qué te parece si subes a la recamara, te pones cómodo y usas la computadora mientras esperas a tu tía- dice mientras expide de sus labios un aroma a cerveza.

El reloj ya marcaban las 20:00 horas, comienzo a aburrirme, mi tía no llega, al menos la última visita se despide de mi tío y ahora él sube por las escaleras.

-Sabes- dice haciendo una gran pausa, se inclina hacia la pared utilizándola como sostén de su cuerpo, no parece estar bien, parece que ha bebido un poco más de lo deseado, el rostro refleja ansiedad, tristeza. -Tu tía no vendrá esta noche, hubo una discusión hace un par de días, está en casa de su mamá-

Al oírlo sentí una gran pena por él, recordé la manera en la que le reproché el que hubiera olvidado que vendría.

Experimenté el remordimiento.

-Leopoldo, tú no tienes la culpa, solo deja darme una ducha y enseguida te llevaré con ella-

Trataba de olvidar la pequeña metida de pata qué había hecho, navegaba en el internet viendo videos, revisando redes sociales, cuando un gran estruendo se apodero de la habitación.

-¡Leo, Leopoldo!- se escucha desde la habitación de la ducha.

Giro la perilla de la puerta, al hacerlo soy testigo de una escena poco inusual.

La cortina que divide el inodoro de la tina cuelga solo de un pliegue, el agua fluye de la regadera logrando caer el agua sobre el cuerpo recostado de mi tío, él aún con restos de shampoo extiende su mano en señal de ayuda. Me acerco, al llegar justo al costado de la tina me detengo en seco, el jabón aún reposa junto a su cuerpo, una pierna sale desde la bañera, su cabeza se apoya de las comisuras del recipiente, sus piernas velludas se encuentran separadas dejando indefenso y a la vista la hombría de mi tío, los testículos rosados y esponjosos como dos bombones de azúcar posaban sumergidos en parte por agua y espuma de jabón, se ven tan jugoso, apetitosos, dulces y a la vez épicos que, darían la impresión de ser propiedad de un antiguo guerrero griego, pero no, no es así, le pertenecen a Martín, mi tío.

-¿Qué habría hecho bien en los últimos días para qué, en este momento el destino o la vida me estuviera dedicando un maravilloso regalo?- me preguntaba mientras quedo inmóvil ante el efecto de su cuerpo húmedo dentro de la tina.

-Pero, no te quedes ahí parado, ven, ¡ayúdame!- dice mientras intenta levantarse por si mismo pero falla en el intento.

Doy un paso mientras me abalanzo para poder alcanzar los brazos de él, hago palanca con mi cuerpo tratando de hacerlo salir de la tina pero, también fallo en el intento, ahora trato de juntar sus piernas y sacarlas de la tina para que sea más fácil salir, al flexionarme, los ojos quedan frente a frente al de sus genitales, es imposible observarlos, se ven tan hermosos ahí húmedos sin conciencia, tanto que era imposible poder tocarlos, saborearlos, lamerlos pero, esta vez no podía ser posible tal cosa, era mi tío y lo respetaba.

Varios intentos después me encontraba ya con él de pie, con su brazo izquierdo rodeando mi cuello para impedir que callera de nuevo, con mucho esfuerzo lo traslado a su habitación donde se termina de desplomar ahora por fortuna sobre su cama pero boca abajo, dejando fuera de la cama sus piernas a partir de la rodilla y el brazo derecho.

En ese momento me sentía el más de los afortunados de los hombres, era acreedor de un fantástico paisaje, su espalada ancha resultado del trabajo duro que desempeña, sus dos glúteos pálidos sin asolear sobre salían de lo recto de su espalda baja donde desde ahí comenzaba un pequeño camino que atravesaba los glúteos y se perdían justo en el periné.

-Te pido una disculpa, pero creo que no podré llevarte con tu tía, estoy un poco cansado- logra decir mientras trata de incorporar su cuerpo a lo largo y ancho de la recamara. – ¿Puedes perdonarme?- pregunta después de dar vuelta en el colchón y dejar reposando su cuerpo con vista al techo.

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Tu amigo Mexicano Leopoldo Diga

Mercedes-Benz