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Ser gay a los 40 años

 

Llevo 40 años siendo una caja. Desde el momento en que fui sólo papel aprisionado entre los rodillos de una máquina corrugadora hasta este instante en el que coloco las yemas de los dedos sobre el teclado de la computadora han pasado muchas cosas. El cartón de mi cara no es tan liso como un día lo fue y presenta de manera cada vez más evidente las líneas sobre las que el tiempo ha ido escribiendo su historia.

En 1985, cuando tenía diez años, sonaba con insistencia en la radio Forever young de Alphaville. La primera vez que la escuché fui seducido sólo por la melodía y entré en uno de esos arrebatos místicos que te hacen sentir que eres parte de un todo. Compré el disco y coloqué la aguja sobre los surcos del vinilo tantas veces que el acetato quedó inservible. Pero la letra de la canción, que para mí era un himno, se había ya instalado poderosamente en mí.

Forever young hablaba no sólo de ese ímpetu anárquico de luchar contra la dictadura del tiempo para permanecer por siempre joven sino que también reflejaba el temor de mi generación, cultivado con el miedo por películas como El día después o La última milla, a que de un momento a otro el mandamás de alguna nación poderosa oprimiese el botón rojo y soltase la bomba nuclear que lo aniquilaría todo.

Are you gonna drop the bomb or not? dice la canción. Así como ese fantasma que se desliza por el texto y amenaza con destruir los sueños juveniles por cumplir, a los diez años cargaba en mi interior con mi propia arma de destrucción masiva: la conciencia de ser diferente. Ser homosexual en un entorno que no me había preparado para ello convertían mi cabeza y mi corazón en proyectiles de carga nuclear múltiple. Mi temor principal era que por un evento incontrolable la energía reprimida que se acumulara con el paso de los años se liberase generando reacciones en cadena y olas expansivas que reducirían todo a ceniza, empezando por mis tradicionales padres.

Sin embargo con el tiempo aprendes que antes de lanzar la gran bomba debes hacer ensayos experimentales para medir tu poder y eliminar los daños.

Al inicio, pruebas subterráneas. Mis primeros besos, caricias y contactos con otros hombres se realizaron en la clandestinidad evitando así que el material radiactivo de mi personalidad contaminase la atmósfera. Tras ello, pruebas estratosféricas en lugares apartados de mi entorno habitual: vacaciones en sitios lejanos donde conocí gente como yo que me reveló que todos somos bombas a punto de estallar. A los 18 años me enamoré y tuve sexo en forma (ya les explicaré algún día qué significa eso) empezando así la fase de las pruebas atmosféricas: declarar tu amor, tomar de la mano o besar a quien quieres -y a quien no quieres también- en las calles.

Asumida tu homosexualidad tu energía vital lo desborda todo. Sin embargo, cuando creces y maduras, el mecanismo de tu reloj biológico amenaza con hacer estallar otras bombas.

Es entonces cuando confirmas que estás listo para explotar la ojiva en cualquier sitio y enfrentar tu propio Atolón de Mururoa. En mi caso no hubo ningún Hiroshima o Nagasaki. Había liberado tanta energía en el proceso de las pruebas que todo daño estuvo controlado. Ante una respuesta afirmativa a una simple pregunta de mis padres (¿eres gay?) en un momento totalmente chocante por antidramático, algunas capas geológicas familiares se movieron pero no se produjo ningún terremoto que ocasionase daños estructurales irreparables.

 

Asumida tu homosexualidad tu energía vital lo desborda todo. Sin embargo, cuando creces y maduras, el mecanismo de tu reloj biológico amenaza con hacer estallar otras bombas. Pasados los años han muerto amigos y familiares, por ejemplo. Con ello mi percepción del paso del tiempo como aire se transformó en la sensación de un sólido pesado como un bloque de concreto que podría hacer crack en cualquier momento. Es entonces cuando decides que debes devorar el mundo antes de que el tiempo se acabe. No quiero morir aún, imploras. Heaven can wait, we’re only watching the skies canta Alphaville.

Me he enamorado (y continúo haciéndolo) tantas veces que a mis cuarenta años estoy convencido de que el amor es una energía renovable. Mientras algunos se van, otros llegan. Pasados los 30, el amor y la sexualidad los vives de modo diferente. Aprendes a controlar ciertas pasiones y a desatar otras. Tu cuerpo y tu corazón dejan de ser repúblicas autónomas. Pasas de tener un cuerpo –visto como una impostura- a ser un cuerpo –y unir carne y alma-.

Desde hace muchos años la homosexualidad ha dejado de ser el eje de mi vida. Pero como enseñanza de ella aprendí a disfrutar el ser tan diferente como los demás. Defender mi forma de pensar sea cual sea y cuestionarlo todo hacen que me siga considerando material radiactivo. Las películas de la época post-atómica me enseñaron que las radiaciones producen monstruos gigantescos pero que no todos son tan peligrosos como aparentan. De mi parte puedo decir que no quiero morir sin sentir que sigo siendo Godzilla destruyendo y salvando su propio Tokio.

 

Ahora asumo que en cuestiones de amor, sexualidad, moral y dignidad no hay nada escrito salvo lo que redacta uno mismo aún cuando parezcan los textos de un demente. The music is played by the madman, reza Alphaville. Me he liberado de tantos prejuicios que mi forma de pensar se contrapone a muchos de los cimientos del sistema. Pero también he aprendido con serenidad que se puede convivir con la estructura que te rodea y, en todo caso, hacer labor de terrorismo desde dentro de ella.

“Es muy duro crecer sin un motivo”, dice la letra de Forever Young. Como en la canción, no quiero morir como un caballo que se desvanece poco a poco. Sigo acumulando mis razones. Mi cuerpo está cambiando. Gradualmente ha ido perdiendo la lozanía de la juventud para acercarse a la morbidez de la edad madura. A veces siento miedo cuando me pregunto a dónde se irá todo lo vivido cuando muera y no obtengo respuesta. Pero, en general, amo el paso del tiempo. Lo irónico del proceso de madurar es que adquieres la conciencia de que entre más creces, mayor jovialidad corre por tus venas.